Parquedad (o cómo morir en el intento)

Esquivar folletos requiere tácticas delicadas. Uno camina, tranquilo, por alguna avenida transitada y, de repente, ahí está: a veces un, a veces una, joven, con una pila de pequeños papeles de colores en la mano, que espera sonriendo que alguien acepte caer en sus garras. No le importa que la publicidad funcione, ni siquiera que lean de qué se trata; sólo necesita que, cada tanto, alguno de los transeúntes se ofrezca. Pero nadie lo hace: nadie, nunca, a menos que no tenga otra opción, acepta el folleto. Prefieren cruzar la calle, meterse por algún recoveco de un kiosco de diarios, toser en el momento exacto o escarbar en su nariz. Todo sea por evitar recibir aquellos pedazos de papel. Mi opción preferida es, siempre que sea posible, las manos-en-los-bolsillos. Es una cuestión de comodidad.

Ese día me fue imposible esquivarla, a aquella folletista. Caminaba sin muchas preocupaciones, sin un lugar donde llegar, cuando la divisé en la esquina. Apliqué mi técnica predilecta, pero completamente en vano: sonriente, en un movimiento que aún hoy me cuesta comprender, metió tres folletos en mis bolsillos. Se ve que tenía experiencia en el arte de obligar publicidades. El primero, sospechosamente blanco, prometía sesiones de tarot garantizadas en contra de futuros desamores; el segundo, azul, ofrecía mujeres limpias, jóvenes, depiladas y, en mayúsculas y en un tamaño de fuente superior, muy baratas. Arrugué y tiré ambos papeles en el cesto más cercano. No me hacían falta. El tercero, rojísimo, en cambio, gritaba algo interesante:

¿Deprimido? ¿Harto? ¿Solo? ¿Cansado de esta vida? ¿Necesitando una nueva salida, una nueva opción?

Podría haber respondido afirmativamente al menos tres de aquellas cinco preguntas. Continuaba en forma apocalíptica:

Vivimos en un mundo sin sueños, sin ambiciones ni sorpresas. Dominados por el miedo, dejamos pasar nuestros días por simple precaución, evitando todo riesgo, todo peligro. Vivimos esperando lo inevitable, lo que tanto tememos: morir. Vivimos muriendo.

¡Pero podemos, al menos nosotros, salir de este círculo! ¡Amigo! ¡Amiga! ¡Sabemos cómo! Diríjase al Centro para Estudios Mortíferos, y pregunte por nuestro afamado curso acelerado: “Cómo morir: ejes del fenómeno mortífero”.

¡Lo esperamos!

Doblé el papel por las puntas y lo guardé en el bolsillo de mi saco. Volví a leerlo unos metros más adelante. Gritaba algo interesante, sin dudas.

Esa noche, después de comer, boca arriba, acostado en mi cama de plaza y media, tuve que admitir que el título del curso me generaba una intriga enorme. Sobre todo aquello de los “ejes del fenómeno mortífero”. Lo recuerdo porque el acolchado picaba muchísimo. Cedí a la tentación y dejé que la publicidad hiciera su trabajo: decidí, ahí mismo, que a la mañana siguiente me dirigiría al Centro para Estudios Mortíferos, que por suerte quedaba a unas pocas cuadras de mi departamento, y me anotaría en el curso. Dormí muy bien, más allá del acolchado.

El Centro no era realmente lo que esperaba. Había soñado, la noche anterior, con una recepción muy espaciosa, llena de plantas, espejos y cuadros de pintores genéricos. Pero no, nada de eso; más bien, todo lo contrario: era una casucha, bastante venida a menos, inundada de humedad y de rajaduras en las paredes. Ni siquiera tenía el número reglamentario en la calle. La recepcionista no desentonaba en su contexto, por supuesto. Después de esperar unos veinte minutos sentado en lo que parecía un intento de sillón, me hizo llenar unos formularios y pagar por adelantado las tres únicas clases.

Ya no había escapatoria. Comenzaría la próxima semana.

Lección desambiguante

La intriga me carcomía. Había pasado una semana entera imaginando la primera clase, como sería el profesor, que tipo de gente asistiría, que textos tendría que comprar y tantas otras cosas insignificantes. Por fin, disfrutaba las tres cuadras hasta el Centro para Estudios Mortíferos. Llevaba, contento, mi cuaderno, una birome, y un lápiz, para las anotaciones de menor importancia. Estaba listo, concentrado. Quería aprender a salir del círculo, de una buena vez. Era en todo lo que podía pensar. El folleto seguía en mi bolsillo.

Mis ansias me hicieron llegar quince minutos temprano. Bueno, pensé, al menos así voy a tener tiempo de acomodarme en un buen asiento, cerca del pizarrón, pero no demasiado. Inquieto, pude analizar a cada uno de los alumnos que llegaban: ninguno destacable, excepto una rubia hermosa, alta, delgada, que parecía saber manipular todo a su alrededor. No entendía por qué razón alguien como ella asistiría a un curso así. Parecía feliz, sobre todo, cómoda en el cuerpo que le había tocado representar. Afortunada, esa era la palabra. No creí que necesitara las clases.

Analizándola estaba cuando finalmente entró el profesor. Otra vez la decepción: al igual que la recepcionista, no desentonaba en su contexto. Gordo, pelado, petiso e incómodo, sobre todo incómodo. Horrible. No escribió su nombre en el pizarrón. No quería que nos encariñáramos demasiado. No tenía el tiempo necesario.

Se aclaró la voz exageradamente para callarnos y, por fin, el curso comenzó de esta forma:

—Buenas tardes a todos. Bienvenidos al curso que va a cambiar la forma en la que viven. O, bueno, mejor dicho, la forma en la que mueren. Ya llegaremos a eso más tarde. Esta primera clase la dedicaremos entera y exclusivamente a la desambiguación con respecto a los objetivos de las próximas lecciones. Esto es porque tenemos, todos los años, un gran número de personas que se anotan por los motivos equivocados, esperando cosas que en realidad no son ni intentan serlo. Personalmente, culpo por este problema a unos folletos confusos, demasiado pretenciosos.

Palidecí.

—Como decía, esta clase va a ser puramente aclaratoria. Lo primero, primerísimo que deben saber es que no somos, ni seremos, una guía rápida para el cumplimiento efectivo del suicidio. Existen otros Centros que se ocupan de este tema. Así que, por favor, todos aquellos que se hayan inscripto con algún tipo de proyecto suicida en mente, les sugiero que se levanten y pidan un reembolso en recepción. No tengan vergüenza. Seremos discretos.

Todos miraron a sus costados. La chica rubia, que se había sentado al lado mío, me miró tristísima, casi desesperada. Transparente. Se levantó, recogió sus cosas y fue directo a la recepción. No volvimos a verla. Sonrío, el profesor, satisfecho, y continuó con su lección de muerte:

—Nunca falla, realmente. Por alguna razón, hay un gran porcentaje de personas que cree que podremos ayudarlos para ese tipo de cosas. Pero bueno… ¡qué se le va a hacer! ¿ayudarlos? ¡já! No, ya es tarde, ya se dieron por vencidos… En fin, superada ya esta advertencia harto necesaria, podemos empezar con nuestro planteo básico sobre el fenómeno mortífero. Lo que queremos es que ustedes sean los que planeen su muerte, cada uno de los detalles de su fenómeno mortífero particular, y que puedan vivir tranquilos sin esa duda monopolizándoles la cabeza.

Dio vuelta como pudo su inmensidad y dibujó dos lineas transversales en el pizarrón, dos ejes entrecruzados. Podía verlo perfectamente desde mi excelente posición. Me sentí envidiado por los últimos alumnos hasta que logré reconfortarme con un estridente y mental ¡qué se jodan! Procedió a explicar el gráfico:

—Lo que ven aquí es la clave, la llave, mejor dicho, de todo el curso. Si logran entender esto la primera vez, todo les será mucho más fácil y podrán exprimir al máximo lo que tenemos para enseñarles. Cállense, y escuchen.

Suspiró. Odiaba decir de memoria aquella explicación, y quería que nos enteráramos de ello.

—El centro del gráfico, el punto exacto en que ambas líneas se cruzan, esa es su muerte. A la línea horizontal se la identificará con la muerte-como-proceso, siendo el extremo izquierdo todas las muertes pasadas y el derecho las futuras que ustedes influenciarán; la línea vertical será, en cambio, identificada con la muerte-como-hito, siendo el extremo inferior el efecto en ustedes, como individuos, y el superior el efecto en la otredad. Tal vez les suene disparatado, en este momento, pero ya comprenderán. Este gráfico, estas dos lineas, estos cuatros extremos serán los que regirán sus vidas una vez que atiendan a las últimas dos lecciones. Los que puedan entender de qué modo funciona nuestro sistema y de qué modo aplicarlo a sus vidas, podrán salir del círculo, del temor a su muerte. Los demás, morirán como ratas. Sucios.
“Lo que planteamos es simple, en realidad, si escuchan como deben. Queremos formarlos para que mueran lo más cerca a su perfección posible, que todos los cabos de sus fenómenos mortíferos particulares queden anudados y sin fisuras visibles. Queremos que, sabiendo cómo morir, puedan disfrutar de su vida. Queremos que mueran en el intento.

Acentuaba con fuerza todas las S.

La media hora siguiente se derritió sobre temas nimios, como los métodos de pago –escasos–, el precio del libro de texto –excesivo–, la extensión de las clases –necesaria–, el régimen de asistencia –obligatorio– y de evaluación –inexistente–, y el respeto hacia la institución catedrática –infaltable–. Intenté comprender, en vez de escuchar aquella pérdida de tiempo, el gráfico que nos habían presentado. Aún no podía procesarlo del todo, por supuesto, pero no lo sentía inalcanzable. Tendría otra semana para pensarlo, hasta que fuera tiempo para la próxima lección.

Muerte-como-proceso

No pude evitar, en esos siete días, dar infinitas vueltas en la cama. No había forma alguna de que me sintiera a gusto entre las sabanas: me agobiaban, picaban, atrapaban. No podía escapar. Y lo peor era que esa imagen del pizarron verde, esa cruz, me atormentaba todo el día, toda la noche, todo el tiempo. No podía pensar en otra cosa que la muerte como proceso, o la muerte como hito, imaginando que podrían significar. Me preguntaba que habría querido decir el gordo asqueroso con lo de las muertes pasadas, y lo de las futuras influencias, y los hitos, y la perfección… ¡otredad!

Me estaba volviendo loco, en verdad. Perdía la cabeza. No dormí más de diez horas en esa semana. Apenas podía comer, por culpa de los pensamientos mortíferos, que me dejaban un gusto horrible en la boca. A monedas. Tuve que sobrevivir a sopas de níquel y fideos de cobre, sobre todo. Un asco.

Llegó otra vez el día en que debía atender a la clase. No caminé tranquilo, ni llevé demasiados útiles de estudio –pesaban demasiado-: corrí, en cambio, desesperado, unas horas antes que el Centro para Estudios Mortíferos abriera. Necesitaba que me explicaran, de una vez, que significaba lo que habían esbozado la clase anterior. Me era imposible continuar así.

Otra vez el profesor, todavía más nervioso que la lección pasada, dibujó el gráfico en el pizarrón. Hizo sólo el eje horizontal: ¡por fin!, pensé, ¡van explicarme lo de la muerte-como-proceso! Era un avance.

Ni siquiera esperó a que llegaran todos sus alumnos. Se lo veía ansioso, húmedo en cada uno de sus lugares sudables. Tosió de una forma desagradable y empezó, de nuevo:

—Veo que volvió la mayoría. Bien. Los que lleguen tarde no serán admitidos nuevamente en el Centro. Linda sorpresa se van a llevar, ¿eh? Se les devuelve el dinero, y listo. Tal vez debería haberlo aclarado la clase anterior… bueno, no importa, ya es tarde. Que se jodan, ¿no? Cierren la puerta. No perdamos más tiempo, que ya vengo atrasado.

Buscaba consenso. Lo consiguió, por supuesto, por pura inercia. Hasta aplaudieron, algunos. Yo sólo quería que explicara, de una buena vez.

—Bien. Todo listo. Podemos empezar. Hoy, como ven en el pizarrón, empezaremos a explicar el gráfico planteado la lección pasada, ocupándonos solamente del eje horizontal: muerte-como-proceso.Prepárense. Y anoten, sobre todo, que odio repetir.

Se lo notaba cada vez más agitado. ¿Era eso lo que lograban las enseñanzas del curso? ¿O era la grasa, el asco, que se exteriorizaba? Preferí convencerme de la segunda opción. No podía distraerme en ese momento.

—Como ya dije antes, el punto en la mitad del gráfico es el día exacto de su muerte. Desde allí, la linea se parte en dos extremos: a la siniestra, todas las muertes que sucedieron antes de la suya; a la diestra, todas las muertes que sucederán luego de que ya no existan. No es demasiado complicado, como ven.
“Planteamos, primero, que deben analizar todas y cada una de las muertes que le preceden a la suya particular. Es imposible hacerlo, lo sabemos, pero lo imponemos como un ideal. Necesitan, todos los días, investigar cómo, por qué, de que forma y en que contexto murió, como mínimo, una persona específica. Pueden visitar, por ejemplo, una casa de velatorios e interrogar discretamente a la familia del finado sobre sus condiciones mortíferas. O, también, leer los obituarios en los diarios, aunque la información sea mínima. Preferimos, sobre todo, que hagan trabajo de campo. Investiguen, ¡anímense! Sólo así sabrán que circunstancias evitar, que poses preferir, que situaciones explotar. Recolecten datos, aprendan de las muertes anteriores, y úsenlos para la suya. Planifiquen el contexto mortífero con que se sientan más cómodos y un cuarto del problema ya habrá desaparecido.

Me tenía absorto. El gordo no paraba de mirar su reloj.

—El otro cuarto es el inverso: la diestra de la línea representa cada una de las muertes futuras. ¿Qué significa esto? ¡Simple! Que no sólo deben preocuparse por procesar la información de todas las condiciones mortíferas anteriores y aplicarla para perfeccionar la suya, sino que, sobre todo, deben pensar en que ustedes mismos sentarán un precedente para otras, tal vez miles, muertes futuras. No pueden dejar de considerarse verdaderos ejemplos a seguir. No pueden olvidarse, nunca, de esta responsabilidad. Nunca. Que quede claro.
“Entre esos dos extremos, entre la información recolectada de las muertes pasadas y la precaución para con las futuras, está el punto exacto de su muerte.Este es el primero de los ejes que tendrán que empezar a construir, de a poco, por su cuenta. Nosotros solamente les damos las herramientas, y algún que otro ejemplo. El verdadero trabajo lo tienen ustedes: deben encontrar el equilibrio.

Estaba maravillado, en verdad. Intentaba tomar nota de todo lo que explicaba el profesor –que, por cierto, estaba llegando a niveles de nerviosismo inéditos–, escribir cada una de las variantes, de las implicaciones de su teoría, pero sin éxito alguno. Superaba mi capacidad de apunte. Tachaba, gráfico por gráfico, todo lo que intentaba escribir. Me tranquilicé al pensar que una vez queterminara el curso podría comprar el libro adecuado, autografiado y de tapas duras. Faltaba una clase, además.

Ni siquiera nos saludó, el gordo, cuando se fue. Nada. Dijo, jadeando: “espérenme un momento”, y nunca regresó. Todos se fueron levantando a medida que los relojes comenzaron a hacer presión en sus muñecas. Uno por uno, abandonaron la clase, olvidándose de lo que habían escuchado.

Yo fui el último.

Muerte-como-hito

Ya no tenía sentido quedarme en el departamento. Lo único que hacía era repasar los apuntes tachados y comer, cada tanto. Acampar los cuatro días que faltaban hasta la última clase me pareció la opción más sensata. Allí no correría ningún riesgo de pérdida clasal. Pensé en tomar otros cursos del Centro, pero para mi sorpresa, el de los ejes del fenómeno mortífero era el único disponible. Me sorprendió, en realidad, la poca actividad que exhibía el Centro durante la semana. Ni el gordoni la recepcionista aparecían. Había un candado.

Estaba completamente paranoico. ¿Cómo podía ser que nadie, ni una persona, apareciera en cuatro días? ¿Qué no les llegara ni una carta, ni una notificación, nada, a un Centro de esa magnitud? ¿Cómo era posible? Me parecía simplemente ilógico. Miraba, desde mis cartones, vigilaba a cada una de las personas que caminaban, tranquilas, hacia la casucha. Éste seguro es, pensaba, éste seguro viene a comprobar que el Centro es real. Y pasaba de largo. Fueron días complicados. Olía realmente mal, pero eso era lo de menos.

Hasta que, de repente, fue el día de la clase final y todo se normalizó otra vez. Mi paranoia era infundada. Llegó primero la recepcionista, que parecía haber envejecido muchísimo en las últimas tres semanas, y sacó el candado como si fuera algo de lo más normal. La odiaba, no se por qué, con toda mi alma. Me esforzaba por detestarla, aunque no habíamos cruzados más de cinco frases. El profesor no aparecía, aún cuando los alumnos sobrevivientes esperábamos sentados en la única aula del edificio.

Pasaron diez minutos, media hora, cuarenta y cinco, cincuenta… ¡y nada! Ningún gordo en ninguna parte. A la reemplazante no le hizo falta presentarse: todos la habíamos saludado en la entrada. Tomaría las riendas de la tercera y última clase.

—Como verán, no soy su profesor habitual. Me faltarían algunas varias cosas para serlo, ¿no les parece?

Nunca oi un chiste inicial menos efectivo. Sus gestos tampoco eran graciosos. El hielo no se rompería tan fácil.

—Al parecer, tuvo un inconveniente de índole personal. Así que yo me encargaré de explicar los conceptos que faltan. ¿Empezamos?

Su voz: eso era. Eso odiaba. Chirriante.

—Siendo la tercera clase, lo único que resta es el eje vertical. La muerte-como-hito, en otras palabras. No estoy demasiado acostumbrada a dar estos temas, pero prometo hacer mi mejor esfuerzo. Recuerden que lo importante es que aprendan, y que logren salir del círculo.
“Este eje, al igual que el anterior, tiene dos partes iguales, separadas por el día exacto de su fenómeno mortífero. La parte superior del gráfico es la relacionada con la otredad, o, en otras palabras, con los efectos que su muerte tendrá en las personas. Es importantísimo, primordial, darse cuenta que una vez muertos, los únicos que podrán experimentar su fenómeno particular no serán ustedes, sino todos sus allegados: por eso, deben, como regla principal, decidir que tipo de efecto quieren causar en ellos. Recomendamos mesura, claro está, pero cada caso es único. No descartamos, en absoluto, que puedan sentirse cómodos causando pánico entre sus familiares, o desasosiego, o alivio, o lo que sea. Lo importante es que, sea cual sea el efecto a lograr en el otro, hay tenerlo en claro desde un principio. Es una de las bases para la planificación adecuada. Es otro de los cuartos.

¿Cómo no distraerme pensando en qué efectos me gustaría causarle a mi madre?

—El cuarto final es, como supondrán, el extremo inferior del eje muerte-como-hito. Aquí, inverso a la otredad, lo que se representa es su propia individualidad. No debemos olvidarnos que aunque los que realmente van a poder experimentar nuestro fenómeno mortífero son los otros, nosotros somos los que dejaremos de existir, y los que sentiremos esa pérdida material de existencia física. Una vez más, recomendamos muertes indoloras, rápidas, sin demasiadas pretensiones. Pero queda a su consideración personal, claro. Cuatro cuartos.

¡Por fin! ¡Por fin! Pensé, extasiado. ¡Tiene sentido! Toda la teoría, ahora completa con sus cuatro cuartos, encajaba perfectamente con lo que necesitaba para salir del círculo que me había encerrado el folleto. Volví a escuchar.

—Planifiquen su muerte, piensen de qué forma particular les gustaría experimentarla teniendo en cuenta los cuatro extremos de los ejes: aprendan de las muertes pasadas, adviertan a las futuras, delimiten los efectos para la otredad y acomódenlos a sus gustos particulares. Sólo así morirán felices; sólo así podrán empezar a vivir felices.
“Espero que hayamos tenido un impacto en su vida. Doy por terminada esta promoción… ¡ah! ¡No se olviden de adquirir el libro de texto en recepción!

Y así, finalmente, terminé con el curso. No hubo graduación, ni diplomas, ni aplausos para nadie. Pero todos nos fuimos, ese día, sabiendo que una vez que lográramos planificarnos podríamos empezar nuestras vidas.

Por ejemplo

Caminaba tranquilo, por primera vez en tres semanas, pensando qué forma sería la más cómoda para dejar de existir cuando escuché los gritos, las sirenas, el ruido. Se dispararon de repente, quebrando en pedazos la monotonía de la calle, y obligandome a correr las tres cuadras que me separaban de la multitud y las luces azules. Fue ahí donde lo vi: el gordo, mi antiguo profesor, yacía muerto en medio de la vereda, boca arriba, estrenando un enorme traje verde y un sombrero bastante pasado de moda. No sé si era su pose o la mueca que adornaba su cara, pero se lo notaba, sobre todo, muy satisfecho. Fue mi primer ejemplo.