(Des)Dobleces

Las restricciones propias de los discursos hacia los finados habían sido respetadas, hasta ese momento, con toda la mesura que requería el caso. La abuela, que arrastraba un bastón y unos noventa años, había destacado la característica bondadosa-generosa de su querido nieto, a quien recordaba donando dos pesos para ayudar al África en general. La tía, que parecía petrificada en vida, siempre adornada con su broche de oro falso, había reído viejos baños nudistas en el riachuelo cerca del pueblo. La hija lo había intentado, había hecho un esfuerzo por ir hasta aquella iglesia, pasar por la interminable fila de bancos de madera y pararse frente a la multitud de desconocidos para hablar maravillas de su padre. En vano: diez minutos de llanto desconsolado bastaron para que se dieran cuenta de que no hablaría. La conclusión de los tres discursos fue la esperable. En pocos adjetivos, habíase perdido un hombre bueno, generoso, maravilloso, amoroso y una casi infinita lista de osos.

Nada había roto aún lo previsible de la escena: ni la iglesia demasiado grande, ni la multitud opaca, ni la hija desconsolada, ni mucho menos el féretro a medio abrir. Todo encajaba en su lugar, y todos se sentían cómodos en su tristeza. Ya conocían la rutina, sabían como comportarse, y no querían que nada, ni nadie, alterara los caminos posibles del día.

Fue ella la responsable del cambio de rumbo. La viuda. Una morocha, de espaldas anchas y ojos verdes, que había, en su parecer, malgastado la mitad de su vida con el pedazo de carne que ya empezaba a pudrirse dentro del cajón. No había sido invitada. Nadie pensó que podría llamarle la atención aquella velada; pero le interesaba, y mucho. Furtivamente, entró a la iglesia y se escurrió a través de los exagerados bancos de madera. Cuando sintió que era el momento justo, el momento de su venganza, dejó el sombrero negro en el banco, subió al atril y empezó su descargo gritando:

—¡Mienten! ¡Todos ustedes mienten! ¿No les da vergüenza, reunirse, ratas, en este lugar sagrado, para discutir las supuestas beldades de este pedazo de abono? ¿Eh?

El dedo índice relució su anillo y cumplió su función sin problemas. Todos entendieron a quien se refería.

—¿Así que ahora quieren hablar del señor? ¿Seguros? ¿No llegan un poco tarde? Bueno, a ver, discutan esto: ¡ese hombre estaba loco! Mastíquenlo: ¡Loco! ¡Era un idiota!

Tal aseveración causó caras de horror generalizadas, y requirió de numerosos abanicos para calmar a la abuela. El acusado no emitió opinión.

—Todos lo recuerdan como un hombre amable, capaz, dedicado a sus hijos y a su trabajo… en fin, un modelo de padre, de ciudadano, de Persona, ¿no? ¿no es cierto? ¡Lo es! Pero, ¿Saben que es cierto, también? ¿Saben, por ejemplo, que después de aquellos domingos de obligadas cenas familiares, él se encerraba en su estudio a trabajar en su gran “proyecto” por días enteros? ¿Sabían? No, claro, claro que no sabían. No: él era perfecto. Inmaculado. Una maravilla. Hasta su cadáver irradia perfección. ¡Bah!

Estaban todos paralizados, menos el tío mayor, quien consideró seriamente la idea de bajarla por la fuerza del atril. Era inaceptable que manchara de esa forma la memoria de su sobrino; además, la abuela no resistiría otros ataques a su amado nieto. Dudó, y decidió dejar de lado la idea. Lo único que faltaba era que se lastimara otra vez la columna. Suspiró: se sintió viejo.

—Ahora, déjenme contarles mi, ¡LA!, verdad. Ustedes, ciegos, sólo conocen la imagen perfecta y sin fisuras que se acostumbraron a creer. Yo, en cambio, que tuve que sufrirlo, todos los días, a ese supuesto hombre que hoy homenajean, fui la única que realmente lo conoció. ¡Si supieran! ¡Horas, horas y horas encerrado en ese cuartucho de mierda! Y lo peor: ¡escribiendo!

¿Escri…? pensaron todos, al unísono. Alguien tosió.

—Van a tener que escucharme. No dejarían solo a su querido hijo-primo-padre-nieto-amigo justo en este día, ¿no? No, claro, él no se lo merecería. Pobrecito…
“Voy a explicarles. Todo empezó un… Domingo, si mal no recuerdo. No sé bien que fue lo que desencadenó su obsesión, realmente no lo sé, pero de repente decidió dejar todo de lado y dedicar sus días a la búsqueda intensiva del “verdadero” límite de dobleces de una hoja. ¡Lo que oyeron! Había leído, o visto, que es simplemente imposible doblar un papel por la mitad más de seis o siete veces, sea cual sea su tamaño. Valeroso, como habrán ya mencionado, quiso demostrar justo lo contrario y obtener al menos ocho dobleces en un mismo papel, cueste lo que cueste. “Que inofensivo”, piensan, lo sé, los huelo.

Sonrieron.

—Inofensivo las pelotas: nuestro presupuesto se diluyó en gastos de papel cada vez más fino, que supuestamente lo ayudaban a acercarse un doblez más a su objetivo. Ahora, gente, ¿no les parece una actitud un poco inestable? ¿No creen que su querido hijo-primo-padre-nieto-amigo sufría algún tipo de desequilibrio químico? ¿No les parece? Vamos… no sean tímidos. Sé que quieren darme la razón.

Las sonrisas cesaron, y el recuerdo de aquellos días causó un nuevo estallido de llanto en la hija, que parecía estar a punto de desmayarse. No podía controlar su cuerpo. Temblaba y se ahogaba en sus lágrimas.

—Cállenla, por favor. ¡Me distrae!

La callaron.

—Continúo: su proyecto de doblar papeles más allá del doblez siete no dio resultado. Después de varios meses, varios miles y varias pilas de papel doblado, por fin cayó en la cuenta de que no lograría absolutamente nada. Ese fue el punto exacto del comienzo del fin. Desde que aceptó su derrota, no me dirigió la voz, ni comió, ni durmió por semanas. Lo único que le preocupaba era abordar su posible record de dobleces desde un nuevo y original enfoque. E, irónicamente, fue la solución el verdadero problema. Podía entender que tuviera un hobbie, aunque fuera el de doblar hojas por la mitad, aunque gastara todo su sueldo en especulaciones de gramaje. Me costaba, hacía el esfuerzo por entenderlo… pero cuando me contó que, en sus palabras, “los dobleces serían escritos”, y que “se traducirían en quiebres textuales”, no pude soportarlo. ¿Qué carajo significaba eso, a ver, puede alguno de ustedes explicarme? ¿Eh? ¡Quiebres textuales! Había perdido la cabeza, evidentemente. Dejé de cocinarle. Ya no era la misma persona: era un ente, un fantasma de lo que hoy ustedes remarcan y de lo que yo alguna vez había amado. No calificaba como persona. ¿Ahora entienden por qué tuve que irme?

Nadie respondió, pero el odio que escupía por los ojos hizo dudar, al menos por unos minutos, a la gran mayoría de los presentes. Tal vez el muerto tenía vetas de imperfección. En realidad, ya no le afectaba a nadie: sólo faltaba algún que otro sermón lluvioso en el cementerio, varias capas de tierra fresca y un par de gusanos, y podrían volver a sus casas. Se olvidarían del discurso de la viuda al día siguiente.

La dejaron sola en el atril. Hubiera querido seguir desahogándose, seguir contando todas las verdades que tenía guardadas, pero la abandonaron, uno por uno, por la puerta adornada de la iglesia. El ruido de los bancos al moverse y el de los zapatos contra el mármol terminaron por callarla.

Bajó del atril y se acercó al cuerpo inmóvil. El cadáver tenía una expresión extraña. Parecía sonreír, pero no con la sonrisa que ella había conocido y vivido, ni siquiera la de las primeras salidas. No: era una completamente distinta, como de satisfacción, como si su boca hablara de un alivio inmenso en su cerebro. Estaba feliz. Muy muerto, pero feliz.

Antes de irse, vio un papel que asomaba del bolsillo frontal del único –y por ende mortuorio– traje de su antes marido. Desdobló seis, o siete veces el papel, y leyó:

Intento #57

Estoy solo, otra vez, en este cuarto de mierda, creyendo que voy a lograr quebrar el límite. Bueno, no puede hacerme daño el intentarlo una vez más… ¿no? Tomo mi pluma gastada, la pruebo en un margen de la hoja doblada y escribo sobre otro hombre cualquiera quien

Camina tranquilo, a la noche, cuaderno en mano, por una de las calles olvidadas de su ciudad. Nada le preocupa. Divisa un banco vacío, alumbrado, y se sienta. Aunque haya perdido días y años imaginando cuentos que nunca pudieron terminarse, no se rinde y continúa pensando la historia de su querido personaje, al que la memoria de las

Bombas que pasan volando a metros de nuestras cabezas, morteros que nos amenazan constantemente. No podemos hacer más que esperar el horrible e inevitable final. Escuchar el silbido del misil acercándose, el calor de la arena golpeándonos, la desesperación de los niños que dejaron a nuestro cuidado y ¡BUM! No encontrarán nada más que

Escombros. Cuando llegamos no había otra cosa que no fuera una aleación de ladrillos, vidrios rotos y madera quemada. No nos molestamos en buscar sobrevivientes: era simplemente imposible que alguien escapara a ese tipo de incendio. Pero no me importaba, en realidad. Sólo podía pensar en ella. ¿Qué estaría haciendo, en que

Carajo estabas pensando? ¡Me voy dos días y lo tomás como un pase libre para hacer lo que se te canta con la casa! ¿Estás loco? ¿Cómo se te ocurre hacer una fiesta justo un día antes de que vuelva? ¿O acaso pensabas que no me iba a dar cuenta? Ah no, no, esto es increíble: rompieron el jarrón de la

Dinastía Ming: precedida por la Yuang y sucedida por la Qing tras largas batallas rebeldes, reinó parte del territorio que hoy conocemos como China desde 1368 a 1644 y, entre otras cosas, revolucionó la agricultura y, sobre todo, el comercio internacional. Sin embargo, hoy son reconocidos y recordados como los impulsores de una de las siete maravillas del mundo, la Gran

¡Mierda! ¡Otra vez! ¡Otra puta vez tenía que cortarme! ¡Soy un pelotudo! ¡Siempre lo mismo! ¡Siempre me pasan este tipo de

Estupideces, estás diciendo estupideces. Date cuenta. Venís a plantearme todos los días una excusa distinta, todos los días una coartada diferente para evitar un posible raje. Ah, pero estaba vez no, ahora sí que perdiste. Voy a saborear cada una de estas palabras, pronunciar perfectamente todas sus sílabas y relamerme con el resultado. A ver, repetí conmigo… estoy

Muerto.