Acné

La presentación de un libro y su escritor cualquiera, y una respuesta atípica ante una pregunta típica:

—Bueno, depende de cada uno. En mi caso me gusta pensarlo así: los cuentos nacen en mi frente como granitos inofensivos, apenas discernibles de lunares, casi simpáticos. Los más aptos empeoran y maduran, volviéndose rojizos, hinchados, preparándose para el líquido de las semanas siguientes. Cuando completan su metamorfosis, reto con un espejo al más interesante, mano a mano, a muerte. Con los dedos índices en el frente de batalla, separo y aprieto, separo y aprieto. Algunos se infectan y son casos perdidos, otros dejan cicatrices. Pero un puñado son perfectos: estallan al instante en una mezcla de grasa, pus y sangre que sale disparada y deja manchas dignas de un Pollock.

El público sufre una leve arcada mental. Las viejas de la tercera fila arrugan con fuerza sus narices, mientras el resto sonríe incómodo ojeando la distancia hasta la puerta: está lejísimos.

—¡Pollock! ¡El de las manchas! En fin. La mezcla de sangre, pus y grasa estallada en el espejo es mi materia prima: la cosecho y la refino, con ayuda de una lupa y una pequeña pinza. El proceso vuelve a empezar hasta que quede exhausto o conforme, que pasa menos de lo que debería.

Sigue el silencio, pero un horrible, qué horrible, mi dios, cómo va a decir eso rebota entre las cabezas de los espectadores. Todos planean su escape, salvo el único adolescente del auditorio, que con la cara poceada levanta la mano y pregunta nervioso:

—¿Y las novelas?