Creo que estos dos fragmentos son el corazón de la acidez del cuento (jejejeje):
“¿Y si financio una empresa de anticonceptivos ineficaces?”
“—Pero… ¡cómo, cuándo! Eso es ridículo. ¿A quién se le ocurriría algo tan ineficiente? —…señor, ¿recuerda el voto de pobreza? —Vagamente. Creo haber escuchado algo parecido”
El Jefe es un personaje fantástico. Tiene el poder, y el poder lo aburre, porque no sabe qué hacer con él. Ignorante, ni siquiera conoce su propio trabajo; no es que actúe en contra de las reglas ¡no conoce cuáles son las reglas! Pero eso sí: tiene ambiciones. Simples ambiciones: pasar de la mejor forma posible su época de “Jefe trabajador”, acceder a la jubilación… y asegurarse una muy buena jubilación.
(Cualquier semejanza con algunos legisladores argentinos, es pura coincidencia)
Entonces tiene la idea salvadora: ¿acaso la Organización no posee grandes tesoros, escondidos en algún lado? No vacila, no le importa en lo más mínimo la causa de estos tesoros escondidos, reservados y acrecentados por vaya a saberse cuántos siglos… no, no, él carece de la menor consciencia institucional: sólo quiere su digna jubilación, así que su idea es bien simple: apropiémonos del tesoro hoy, y que los que venga mañana se la banquen.
Lástima del pobre Jefe. ¿Tesoro? Non hay.
Si hasta aquí el cuento es una historia cruzada por un humorismo irónico, desde este momento se convierte en desopilante, por un lado (la Bula) y terrible por el otro (la forma de obtener oro).
La Bula es una joyita. Ya de entrada:
“¡Ah!, una última cosa: ¿puedo decretar arbitrariedades sin problemas, no? —¿Se refiere a si puede escribir una especie de bula? —¡Esas! “
Me reí a carcajadas en esta parte del diálogo, Capeletto. ¿Puedo decretar arbitrariedades sin problemas, no? Eso es genial.
Y luego… el texto de la Bula. Yo, sinceramente, poco recuerdo de alguna bula que haya leído, pero el estilo suena apropiado. Es, también, un dechado de hipocresía. Todo el texto rezuma hipocresía: desde el intento de negociar con dios (te creo perfecto, pero déjame hacerte una crítica), hasta “los creyentes reconocerán la justicia, pero si no la reconocen… ¡palo!”
El argumento central: “ ¿Cómo podemos combatir la miseria si nosotros mismos luchamos con ella todos los días? ¿Qué sentido tiene engrosar el numero de pobres si, justamente, nuestra misión en el mundo es erradicar este mal que puebla las tierras del Señor?” Es una joyita… es el típico argumento hipócrita que se usa (se trate de la pobreza o de otra cosa) para evadir las restricciones éticas (sean religiosas o no). Y tiene antecedentes de sobra ¡cómo no!
“No es mañana sino hoy el momento de escribir la nueva Historia. Que el Gran Jefe los y nos guíe, y que su oro no se pudra en la biblioteca. “ Bien, bien. Sin esta línea, el argumento queda rengo. Para completarlo, se necesita dos cosas, ambas apoteóticas: escribiremos la historia, y seremos guiados por la inspiración divina.
Diría que no sólo has imitado con buen éxito el estilo requerido; también has cerrado adecuadamente el pensamiento (y el argumento), dando coherencia a la bula. Eso es importante: trate de lo que trate, no me imagino una bula inconexa.
Mas, aquí y sin que se esperara, o por lo menos sin que yo lo esperara, el texto ingresa realmente en los bordes: la forma de conseguir el oro que él propone, decreta, exige. De todas las causas inútiles y perversas de destrucción de los libros, ésta es una de las más inútiles y perversas. No, aquí ya no me reí mucho, te diré. Destino terrible el de una religión, sea cual sea ésta: destruir su propia historia por un poquito de oro.
La última frase: excelente. La imbecilidad llevada a sus últimas consecuencias. Demostrada como imbecilidad, además, pública y notoriamente.
Endeveras, es excelente, como línea y como final.
¿El título? De primera. Abulia: falta de ánimo, la falta de ánimo del Jefe aburrido. Pero a-bulia: jejeje, suena a “sin bula”.
Hacía rato que no te leía un cuento tan liviano y divertido… en apariencia, claro está (claro está; todavía estoy tratando de reponerme a esa pepita miserable…)
La estructura: básicamente, un diálogo y el texto de la bula. Sabés cómo hacer estas cosas, digo, insertar un texto (recuerdo a los fagocitósicos, por ejemplo) como parte estructural de un relato. Sinceramente, no recuerdo muchas bulas o similares… pero tiene pinta de: el estilo, la forma de referirse al Supremo Jefe… y totalmente diferente al resto de la prosa. No te rías, pero una cosa que me llamó mucho la atención, y me encantó fue la mayúscula para “Justo”. ¡Ése es un detalle forkiano de pura cepa!
El diálogo entre el Jefe y su subalterno es muy bueno. Algunas líneas, sobre todo… la confusión entre cuestiones administrativas y confidencias escandalosas, lo del voto de pobreza… jejejeje.
Y es curioso. Digo. Son dos interlocutores. Uno de ellos es el que aparece reflejado en las líneas del diálogo: el Jefe. Las líneas de su Secretario son escuetas, dicen poco del Secretario. Mmm… es lógico. El jefe habla y habla y dice lo que se le pasa por la cabeza y pregunta todo lo que quiere… para eso es el Jefe. Su subalterno tiene que cuidarse, medirse, él más bien contesta, nada más. Creo que se sale de su papel de humilde Secretario sólo cuando le pregunta si conoce qué es el voto de pobreza. Así que en las líneas del diálogo, sólo podemos conocer, realmente, a uno de los dos. ¿Y el otro? El otro aparece en los párrafos insertados en el diálogo. Creo no equivocarme: todos estos párrafos corresponden al Secretario, sabemos que suda, que se preocupa, que tiembla, que… sabemos qué le sucede mientras habla. O sea: en el diálogo, se desarrolla a uno de los personajes a través de sus líneas, y al otro gracias a los párrafos explicativos.
Y por cierto: el tambor. Hay un tambor que marca el compás del diálogo:
“La expectación muta en nerviosismo.” Y sucesivas líneas. Me gustó mucho, Capeletto, el recurso funciona, funciona…
Genial¡¡¡¡¡¡ (no se como se pone el signo de admiración para abajo en esta máquina) Creo que te pinta de cuerpo entero como te animás a hablar así de la iglesia y quienes la conducen. me gustó la idea del último recurso de la ambición de quemar todos los libros sagrados solo para rescatar el mísero oro de los bordes. Nunca tomé en cuenta que fuera oro de verdad. Excelente!!!! encontré el signo para abajo!!!!!!!!!!! Me gustó!!! Pa!
muy bueno, muy buena la página y el contenido. Soy asiduo lector de la revista Users, y además de notar que tus artículos son los únicos a los que no les falta corrección literaria y ortográfica, ví la URL de esta web y me dio curiosidad.
En este y otros textos me hacés acordar mucho a Albert Camus, Aldous Huxley y Alberto Vanasco. Sos efectivo en tu contar y describir, crítico en tu contenido, e impecable en la forma. Un pequeño arquitecto del lenguaje.
Me enamoré!
Saludos y adelante
¿Ácido, el cuento? ¡Síiii!
Creo que estos dos fragmentos son el corazón de la acidez del cuento (jejejeje):
“¿Y si financio una empresa de anticonceptivos ineficaces?”
“—Pero… ¡cómo, cuándo! Eso es ridículo. ¿A quién se le ocurriría algo tan ineficiente?
—…señor, ¿recuerda el voto de pobreza?
—Vagamente. Creo haber escuchado algo parecido”
El Jefe es un personaje fantástico. Tiene el poder, y el poder lo aburre, porque no sabe qué hacer con él. Ignorante, ni siquiera conoce su propio trabajo; no es que actúe en contra de las reglas ¡no conoce cuáles son las reglas! Pero eso sí: tiene ambiciones. Simples ambiciones: pasar de la mejor forma posible su época de “Jefe trabajador”, acceder a la jubilación… y asegurarse una muy buena jubilación.
(Cualquier semejanza con algunos legisladores argentinos, es pura coincidencia)
Entonces tiene la idea salvadora: ¿acaso la Organización no posee grandes tesoros, escondidos en algún lado? No vacila, no le importa en lo más mínimo la causa de estos tesoros escondidos, reservados y acrecentados por vaya a saberse cuántos siglos… no, no, él carece de la menor consciencia institucional: sólo quiere su digna jubilación, así que su idea es bien simple: apropiémonos del tesoro hoy, y que los que venga mañana se la banquen.
Lástima del pobre Jefe. ¿Tesoro? Non hay.
Si hasta aquí el cuento es una historia cruzada por un humorismo irónico, desde este momento se convierte en desopilante, por un lado (la Bula) y terrible por el otro (la forma de obtener oro).
La Bula es una joyita. Ya de entrada:
“¡Ah!, una última cosa: ¿puedo decretar arbitrariedades sin problemas, no?
—¿Se refiere a si puede escribir una especie de bula?
—¡Esas! “
Me reí a carcajadas en esta parte del diálogo, Capeletto. ¿Puedo decretar arbitrariedades sin problemas, no? Eso es genial.
Y luego… el texto de la Bula. Yo, sinceramente, poco recuerdo de alguna bula que haya leído, pero el estilo suena apropiado. Es, también, un dechado de hipocresía. Todo el texto rezuma hipocresía: desde el intento de negociar con dios (te creo perfecto, pero déjame hacerte una crítica), hasta “los creyentes reconocerán la justicia, pero si no la reconocen… ¡palo!”
El argumento central:
“ ¿Cómo podemos combatir la miseria si nosotros mismos luchamos con ella todos los días? ¿Qué sentido tiene engrosar el numero de pobres si, justamente, nuestra misión en el mundo es erradicar este mal que puebla las tierras del Señor?”
Es una joyita… es el típico argumento hipócrita que se usa (se trate de la pobreza o de otra cosa) para evadir las restricciones éticas (sean religiosas o no). Y tiene antecedentes de sobra ¡cómo no!
“No es mañana sino hoy el momento de escribir la nueva Historia. Que el Gran Jefe los y nos guíe, y que su oro no se pudra en la biblioteca. “
Bien, bien. Sin esta línea, el argumento queda rengo. Para completarlo, se necesita dos cosas, ambas apoteóticas: escribiremos la historia, y seremos guiados por la inspiración divina.
Diría que no sólo has imitado con buen éxito el estilo requerido; también has cerrado adecuadamente el pensamiento (y el argumento), dando coherencia a la bula. Eso es importante: trate de lo que trate, no me imagino una bula inconexa.
Mas, aquí y sin que se esperara, o por lo menos sin que yo lo esperara, el texto ingresa realmente en los bordes: la forma de conseguir el oro que él propone, decreta, exige.
De todas las causas inútiles y perversas de destrucción de los libros, ésta es una de las más inútiles y perversas. No, aquí ya no me reí mucho, te diré. Destino terrible el de una religión, sea cual sea ésta: destruir su propia historia por un poquito de oro.
La última frase: excelente. La imbecilidad llevada a sus últimas consecuencias. Demostrada como imbecilidad, además, pública y notoriamente.
Endeveras, es excelente, como línea y como final.
¿El título? De primera. Abulia: falta de ánimo, la falta de ánimo del Jefe aburrido. Pero a-bulia: jejeje, suena a “sin bula”.
Hacía rato que no te leía un cuento tan liviano y divertido… en apariencia, claro está (claro está; todavía estoy tratando de reponerme a esa pepita miserable…)
La estructura: básicamente, un diálogo y el texto de la bula. Sabés cómo hacer estas cosas, digo, insertar un texto (recuerdo a los fagocitósicos, por ejemplo) como parte estructural de un relato. Sinceramente, no recuerdo muchas bulas o similares… pero tiene pinta de: el estilo, la forma de referirse al Supremo Jefe… y totalmente diferente al resto de la prosa. No te rías, pero una cosa que me llamó mucho la atención, y me encantó fue la mayúscula para “Justo”. ¡Ése es un detalle forkiano de pura cepa!
El diálogo entre el Jefe y su subalterno es muy bueno. Algunas líneas, sobre todo… la confusión entre cuestiones administrativas y confidencias escandalosas, lo del voto de pobreza… jejejeje.
Y es curioso. Digo. Son dos interlocutores. Uno de ellos es el que aparece reflejado en las líneas del diálogo: el Jefe. Las líneas de su Secretario son escuetas, dicen poco del Secretario. Mmm… es lógico. El jefe habla y habla y dice lo que se le pasa por la cabeza y pregunta todo lo que quiere… para eso es el Jefe. Su subalterno tiene que cuidarse, medirse, él más bien contesta, nada más. Creo que se sale de su papel de humilde Secretario sólo cuando le pregunta si conoce qué es el voto de pobreza.
Así que en las líneas del diálogo, sólo podemos conocer, realmente, a uno de los dos.
¿Y el otro? El otro aparece en los párrafos insertados en el diálogo. Creo no equivocarme: todos estos párrafos corresponden al Secretario, sabemos que suda, que se preocupa, que tiembla, que… sabemos qué le sucede mientras habla.
O sea: en el diálogo, se desarrolla a uno de los personajes a través de sus líneas, y al otro gracias a los párrafos explicativos.
Y por cierto: el tambor. Hay un tambor que marca el compás del diálogo:
“La expectación muta en nerviosismo.” Y sucesivas líneas. Me gustó mucho, Capeletto, el recurso funciona, funciona…
Cariños,
Esther
Genial¡¡¡¡¡¡ (no se como se pone el signo de admiración para abajo en esta máquina)
Creo que te pinta de cuerpo entero como te animás a hablar así de la iglesia y quienes la conducen.
me gustó la idea del último recurso de la ambición de quemar todos los libros sagrados solo para rescatar el mísero oro de los bordes. Nunca tomé en cuenta que fuera oro de verdad.
Excelente!!!! encontré el signo para abajo!!!!!!!!!!!
Me gustó!!!
Pa!
muy bueno, muy buena la página y el contenido. Soy asiduo lector de la revista Users, y además de notar que tus artículos son los únicos a los que no les falta corrección literaria y ortográfica, ví la URL de esta web y me dio curiosidad.
En este y otros textos me hacés acordar mucho a Albert Camus, Aldous Huxley y Alberto Vanasco. Sos efectivo en tu contar y describir, crítico en tu contenido, e impecable en la forma. Un pequeño arquitecto del lenguaje.
Me enamoré!
Saludos y adelante