Enola Grain
Llaman su nombre, y siente que chapotea: desde chico, cuando está nervioso, empapa sus medias con sudor. Estudió toda la noche su discurso, lo repitió en voz alta varias veces, pero no hay caso. El hecho de presentar así el proyecto lo paraliza, le causa terror. Pánico. Es que parece una audición: le indican ingresar a una sala pequeña, excesivamente iluminada, con una silla para cada uno de los tres jueces que decidirán el futuro de la idea. Todavía no conoce quiénes serán, pero intuye que personas importantes, responsables. Cuando entran, siente que tiembla.
Le tocan dos funcionarios de traje, que caminan apurados llevando papeles, y el General, con su mandíbula cuadrada y uniforme, camuflado. Se sienta, lo mira, sentencia:
—Comience.
Y él traga saliva y obedece de memoria:
—Señores, buenas tardes, es un gusto conocerlos. No estoy aquí para relatar mi biografía: me presento en esta honorable institución de la República para mostrarles lo que creo revolucionará la forma en que peleamos nuestras guerras. No soy ingeniero, ni científico, ni intelectual, sino un ciudadano preocupado por la seguridad.
Parece un robot, y al General le encanta, aunque no sonría.
—Hace años que noto con horror un espíritu de época, una sensación general, un rumor que se asoma y argumenta que debemos desmantelar nuestra maquinaria bélica. Intentan boicotearnos desde adentro, infiltrar instituciones, enseñar a Gramsci. La oposición crece, y con ello sufre la imagen de nuestras fuerzas armadas. Aunque tengamos razón, aunque propaguemos valores y democracia, aunque derroquemos dictadores, intentan sabotearnos. Y lo logran: los más jóvenes, nuestros potenciales soldados, creen injusto invadir un país que lo merece. ¡Injusto!
La adrenalina pausa el cassette y lo obliga a improvisar.
—¡Injusto es que mi hijo escuche reggae! La generación que viene, señores, estimados, funcionarios, General, está podrida. Desde la raíz: un olor a sahumerio pacifista que nos inunda y satura las narices de los ciudadanos preocupados.
“Necesitamos otro enfoque, y es eso lo que vengo a presentarles en esta audiencia, que agradezco. Lo que debemos desmantelar es el argumento antibélico: las pérdidas humanas colaterales. Todos en esta sala conocemos los sacrificios que deben hacerse en una guerra, y lamentamos las pocas muertes civiles… pero a ellos no les alcanza. Ah, no, ni un poco: por más cañón preciso que desarrollemos, por más innovador láser guiado por satélite, seguirán protestando con sus carteles y pelos frente a edificios como éste.
Es común que el Gobierno otorgue ese tipo de audiencias: son días libres para los funcionarios, que de paso disfrutan de lo absurdo de sus representados. Así parece que trabajan y que les interesa el contacto con el pueblo, por más demente que lo crean. Además, cada tanto aparece una buena idea.
—Lo que propongo, sin más, compañeros, es la metralla ecológica. Aclaro, de nuevo, que no soy ni ingeniero ni científico: como mucho un entrepeneur.
Lo que sale de su boca no es francés ni por asomo, pero al menos lo intenta.
—Ecometralla, si me permiten. Es una forma distinta de pensar bombas. Con las tradicionales, pedazos de metal se disparan en la explosión y se encargan de la destrucción y los daños colaterales. Mi propuesta, entonces, señores: reemplazar el metal por semillas. De todo tipo, las que más les gusten, aunque preferentemente macizas. Las de girasol son las que mejor reaccionaron en mis pruebas a pequeña escala, pero estoy seguro que ustedes encontrarán mejores alternativas, económicas. La metralla ecológica transforma a las victimas colaterales en abono para las generaciones futuras.
Los funcionarios se miran entre ellos, y uno tose al comenzar a hablar. El General levanta esas cejas y no escucha, no puede: de pronto, se inunda la sala con ruidos de motores a hélice que había olvidado, y con el estallido de baterías antiaéreas que apuntan directo a su avión y quieren comerle las alas. Se encuentra de repente al mando del Enola Grain, el bombardero designado para probar ese nuevo tipo de arma, esa forma alternativa de concebir las guerras. Se bambolea y golpea contra las costillas de metal del fuselaje, pero sonríe por primera vez en años. Está feliz por ser el primero, por tener el honor, el privilegio de comprobar la ecometralla a escala masiva. Y el zumbido, ese zumbido hermoso que sigue al botón de descarga: los habitantes de la ciudad ni se lo esperan, pero no importa, realmente no importan: una explosión, y millones de semillas que salen disparadas en todas direcciones y rompen vidrios, disparan alarmas, penetran carne: es una masacre vegetariana, con calles tapizadas de abono fresquísimo, con el miasma y la podredumbre que se mezclan en un jugo perfecto, en el caldo de cultivo ideal para que crezca ese bosque de girasoles, esos campos de maíz, esa siembra de soja. No podrían pedir más.
Y todo eso, en un segundo, mientras intenta disimular bajo la mesa una tremenda erección.