Turbulencias
—¿Sabés qué?
—¿Qué?
—No, pará. Dejá. Mejor no.
—¿Qué? ¿Cómo que mejor no? ¡Decime!
—Por teléfono va a sonar raro… no importa.
Pausa con suspiro exagerado.
—¿Ves? Es lo mismo, siempre lo mismo. Amagás con que vas a decirme algo y después no, que mejor lo hablamos cara a cara. Y yo acá, como un boludo, esperando dos semanas hasta que nos podamos ver, pensando qué cagada me mandé ahora.
—¿No te parece que estás exagerando?
—¡Para nada!
—¿Ni un poco?
—¿Me vas a decir?
—¡Por dios!
—Estoy esperando.
Otra con tensión mandibular.
—Que te quiero, ¡pelotudo! ¡Me tenés harta!
Y una con sonrisa adjunta.