Intentos literarios
 
Filología Botánica

A todos les parece verosímil la imagen de un helecho estirando sus ramas, enrollándolas en una birome y dibujando algunos caracteres borrosos: no tienen razón para desconfiar de aquel investigador con su propia silla, su propio micrófono y bata blanca.

—Y modificando este gen, esta partícula del alma de la planta, lo logramos, señores. Voy a abandonar mi léxico científico por un momento para permitirme una pequeña digresión: ¡por fin, carajo!

Algunas risas, y dos o tres aplausos apagados.

—El sobre que tengo en mis manos es el resultado de años de investigación, de noches preguntándonos si valía la pena, si a alguien le importaba lo que las plantas tuvieran para decir. Por fin logramos que un miembro del taxón Pterophyta pueda comunicarse a través de la escritura. Me da escalofríos decirlo: el papel que tengo en las manos contiene las primeras declaraciones de nuestra planta, el primer mensaje del reino vegetal para la humanidad.

Busca, sonriente, el calor de algún flash.

—¿Necesito explicar la importancia de este momento?

No hace falta: cada televidente, cada persona en el auditorio puede imaginar el esfuerzo del helecho, la concentración inigualable de la planta que escribe por primera vez en su historia, en la historia. A nadie le cuesta pensarla exhausta, achicharrada en su maceta, jadeando sin lengua ni pulmones. Todos son, a la vez, lingüistas, genetistas, biólogos y periodistas especializados. Y disfrutan como si entendieran.

—Ni siquiera yo conozco el contenido del texto. Hace apenas unos minutos los expertos terminaron de descifrar el manuscrito original; si bien pudimos darle a la planta la posibilidad de comunicarse, todo ese asunto de la coherencia, la cohesión y la estructura propia de lo literario aún se le escapa. El aspecto estético, estilístico, no parece depender de la genética. Nada grave, por supuesto.

Medio bostezo del único infante en el auditorio, y tres cuartos de mirada furiosa de una de las muchas madres.

—El texto fue ligeramente retocado, recortado y adornado con algunas frases para facilitar nuestra comprensión. Los caracteres originales, si les interesan, estarán en páginas laminadas de mi libro. Con eso en mente, presten atención.

El locutor contratado aclara su voz, intentando encontrar su mejor entonación de helecho, se concentra, aspira profundo, y arranca:

A todo lo Humano:

No voy a extenderme; no tengo ningún secreto para revelar, ni pienso regañarlos por el tema del calentamiento global. Voy a aprovechar el poco control que tengo sobre la escritura para comentar un asunto que a ustedes les parecerá mínimo, nimio, pero que para el reino vegetal es de vida o muerte. Se los pido en nombre de todos mis hermanos sin voz ni tinta: cuando caminen por las calles y pisen alguna porquería de mamífero, por favor, se los rogamos, hagan el esfuerzo, al menos intenten, no limpiarse contra nosotros. No podemos esquivarlos.

Muchas gracias.

Algunos tosen para quebrar el silencio incómodo, otros buscan el control remoto para cambiar el canal, pero todos miran, por igual y de reojo, las suelas de sus zapatos.

Y, ahora sí, el calor de los flashes.

 
 
Dillesco

Cuatro baldosas horribles contrastan en el piso de la sala en que lo hacen esperar, cada una intentando representar las estaciones. Parecen mucho más antiguas que la clínica; eso, o son tan falsas como el escote de la recepcionista, que lo mira relamiéndose desde que pasó por la puerta. Veinte minutitos, nomás, le dijo, sonriendo, apretando los brazos contra sus costados. Él mueve los dedos dentro de sus zapatos, silba una melodía cualquiera, y al mirar el techo se sorprende por la comodidad del sillón: si no fuera por lo rojo de sus cuentas, se olvidaría de la entrevista y dormiría una buena siesta. Con ella.

Un doctor de anteojos enormes irrumpe e intenta impresionar con una gravedad que no le pertenece.

—¿Quiénes están para la entrevista? Levántense, síganme.

Sobra el plural: solo él respondió al aviso del diario. Deja una marca en el sillón que probablemente extrañe cuando se acueste, y apura para seguirle el paso. Se presenta:

—Buenas tardes, señor, creo que soy el único aspirante.

—¿Uno solo? Tremendas opciones las nuestras... acompáñeme hasta mi oficina.

Y sigue caminando con la seriedad que implican ambas manos detrás de la espalda.

El pasillo y su alfombra azul parecen interminables. Mientras esquiva algunos chicles pegoteados, no puede creer lo que ve en las ventanas: en el primer cuarto, dos médicos disfrazados de lagartos persiguen una paciente, que llora y se defiende con un palo de goma; en el de enfrente, un niño grita a oscuras, pidiendo que por favor no, que cosquillas no, que se va a portar bien y no lo va a hacer de nuevo; en el último antes de llegar, una enfermera corre con un zapato gigante a otro paciente, que intenta en vano atarle los cordones y huir al mismo tiempo. Nunca vio nada igual: lo más extraño que recuerda es un viejo, en un manicomio, que estaba seguro que el edificio planeaba comérselo. El otro camina mirando hacia delante, acostumbrado detrás de sus lentes.

La alfombra continúa dentro de la oficina, excepto por algunos pedazos que parecen arrancados. Se excusa:

—Lindos tijeretazos, ¿eh? La semana que viene los arreglan… todo sea por satisfacer las necesidades de nuestros clientes.

Y lo invita a sentarse en una silla mucho más incómoda que la suya.

—Felicitaciones. El trabajo es suyo.

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Y la entrevista?

—No tiene sentido hacerla si se presenta un solo aspirante, ¿no le parece? Así nos ahorramos un buen tiempo... este tipo de cosas me aburren muchísimo. Además, estoy seguro de que está sobrecalificado.

—Pero… ¿no va a preguntarme por mis estudios, mis títulos, mi experiencia pasada? Traje un currículum.

—¡Un currículum! Bueno, a ver, cuénteme, detalle la variedad de excepcionales y distinguidos títulos que ostenta. Eso sí, espero que no tenga muchas pretensiones: la única oficina la tengo yo, y mis paredes están repletas.

El fastidio le inunda la cara mientras escucha cada materia, cada promedio y cada carta de recomendación del futuro empleado. Reflexiona sobre su cena, que si pollo o milanesas, si sopa o puré, y lo interrumpe al quinto año de residencia. Empanadas, finalmente.

—Hasta allí está bien. Déjeme darle un consejo, joven… olvídese de todo lo que aprendió en la universidad. Aquí, en la vida real, no le va a servir de nada.

Miles de libros, fotocopias, resaltadores gastados, pastillas y tazas de café se le derrumban mentalmente. Tartamudea, tropieza, y hace lo posible por justificar su última década de vida.

—S-Señor, estoy seguro de que mis años de estudio pueden serles útiles: me entrenaron para manejar situaciones delicadas, de crisis. Ya conoce el dicho, el saber no ocupa…

—No lo conozco. ¿Tiene alguna idea de qué clase de clínica es esta? ¿Tuvo prácticas con clínicas del sueño, por ejemplo?

—Ah, sí, ¡claro! Una de las materias de la carrera cubre esa área. Muy interesante, la verdad, de las que más disfruté aprobar. Durante algunos cuatrimestres pensé en especializarme…

—Nosotros somos todo lo contrario. Los únicos del campo.

—¿Una clínica que estudia el cuerpo humano despierto? Eso no suena muy original, si me permite decirlo.

—No, no sea ridículo, como vamos a dedicarnos a eso. Investigamos las pesadillas, no los sueños, y los métodos para extirparlas.

—Pero… pero las pesadillas son sueños.

—Sí, es cierto, pero decirlo de mi forma tiene cierta… cierto enganche; piénselo, y no se le va a ocurrir una mejor descripción. Hasta parece científica, médica.

—Puede ser.

Rojas, sangrientas, rojísimas, las cuentas.

—¡Es! Somos los únicos que nos preocupamos por curar trastornos pesadillescos, por ofrecer a los pacientes una especie de catarsis, de desahogo, de revancha contra sus terrores. No hay otra rama de la medicina que se ocupe de estas cuestiones.

—¿Y la psicología? ¿Los psiquiatras?

—¡Bah! Puras fantasías, esas. ¡Como si pudieran curarse enfermedades hablando! ¿Se da cuenta de lo tonto que suena? Son charlatanes, simplemente, charlatanes que cobran por hora... es la estafa perfecta. Nuestro enfoque es más directo, más efectivo, e igual de costoso: los pacientes con pesadillas crónicas se registran en la clínica, se internan cuando lo creen necesario, y nos encargamos de extirpárselas.

—¿De qué forma?

—Bueno, eso puede variar. Usualmente, el personal a cargo reproduce la pesadilla en cada mínimo detalle para que el paciente pueda vencerla y sacarla de su sistema. Así de fácil, e infalible: no hay paciente que salga del edificio con más terrores que los que trajo. Estarán internados meses más, semanas menos, pero finalmente lo logran, y vuelven felices a sus camas.

—Hasta que sufren una recaída.

—Ya conocerá el placer de escuchar nacer una nueva pesadilla en la noche. No tiene igual.

Y lo obliga con un apretón de manos a preguntar cuándo comienzan sus nuevas funciones.

—¿Cómo que cuándo empieza? Este es su primer día, compañero. Vamos, no haga esperar a su cliente.

No lo hace, y ni bien cierra la puerta del cuarto asignado, un sentimiento de angustia sube y lo atraganta. Jamás, en sus años de estudio, de prácticas, de crisis, imaginó que su carrera comenzaría dentro de un traje acolchado de banana. Su paciente, una vieja gordísima, del otro lado de la sala, reacciona al verlo entrar: toma su batidora y la enciende al máximo, estirándose como loca para alcanzar su terror.

—¡Puré, puré, puré!

Pero no llega. La vista de la mujer desenfrenada, de la gorda viejísima gritando con una batidora eléctrica y estirándose con todas sus fuerzas para reducirlo a puré lo despierta, le diluye la angustia. Agitado, se refugia en un rincón del cuarto, justo detrás de la ventana, a salvo por la longitud del cable que sale del electrodoméstico. Al personal clínico no le proveen métodos defensivos, a menos que la situación pesadillesca lo requiera.

—¿Buenos licuados, rica en potasio? ¡Já, puré!

Con sus clientes, la clínica es generosa: están allí para curarse, para lograr vencer sus temores y dejar lugar a otros nuevos. Un conveniente cable de alargue cae de un agujero del techo y permite continuar con el proceso de extirpación. Su pánico, su sudor dentro del traje acolchado es indescriptible.

—Ahora no sos tan valiente, ¿eh? ¿Te gusta el puré, te gusta?

Relajada por el alargue, la gorda gordísima camina hacia el rincón, alternando la velocidad de la batidora como una motosierra. Arrastra los pies, mirando hacia abajo, susurrando el destino de la fruta gigante que tantas veces la persiguió y devoró en sueños. Disfruta cada paso de su revancha. La banana, por su parte, corre en círculos, desesperada por la idea de su carne magullada y batida hasta puré.

—¿Cómo que no? ¡Si a mi me encanta!

Y esquivando la escasa movilidad de la vieja viejísima, corre hasta la puerta e intenta abrirla: gira, golpea, patea, putea, y no cede. Del otro lado, con un reflejo amarillo en los lentes, el único empleado con derecho a oficina sonríe al hacer sonar su manojo de llaves plateadas.

 
 
Poética empalagante

Parecen ingenieros, con sus cascos amarillos y sus batas impecables, planeando grandes máquinas, edificios completos, puentes de metal. Pero no. Ni cerca. Son los responsables, los odiados, los temidos: los inspectores de sanidad. Examinan cada hueco, cada tuerca, con ansias clausurantes. Les arde su faja de etiquetas rojas, les quema en los cinturones con cada paso que hacen codo a codo, casi agarrados de las manos: un pelo retorcido alcanza para desenvainar las biromes. Disfrutan su trabajo, y sobre todo cuando visitan fábricas de chocolate.

El empleado, por más entrenamiento y recomendaciones aprendidas de memoria, suda y mancha íntegra su camisa celeste al guiar las instalaciones. Se derrite, chorrea mientras caminan frente a esa puerta cerrada, la única prohibida de todo el lugar. Intenta excusarse:

—Disculpen, señores, pero esta sección del establecimiento está siendo rediseñada, y no pudimos ponerla a punto para su examen. Seguro comprenderán que continuemos el recorrido en la dirección contraria.

El más experimentado, el de las canas, da un paso adelante. Los otros seis parecen uno solo, exceptuando la de los zapatos de mujer. Le gruñe:

—¿Usted tiene una idea aproximada de la cantidad de excusas que escuchamos en nuestras horas de trabajo? Las conocemos todas: que refacciones, que reorganización, que imprevisto, que ratas en tratamiento, que cucarachas desinfectadas… no nos venga con explicaciones baratas. Ahórrese los argumentos, y abra la puerta. No hay nada allí que pueda sorprendernos.

El otro, más que chorrear, salpica. Suena cada uno de sus dedos luego de entregar la llave, y se sienta en el piso sucio, frotándose el índice dolorido, mientras abren la puerta.

Quedan petrificados. No pueden reaccionar. Sus batas blancas no se mueven ni un centímetro. Veinte monos con vinchas verdes, cada uno en un cubículo y con una máquina de escribir enfrente, tipean sin parar: de vez en cuando emiten algún sonido característico o muestran la totalidad de su dentadura, pero el resto del tiempo se dedican a apretar las teclas, arreglar el desfase del rodillo, recargar papel o corregir con pintura blanca. Todos tienen una pila de hojas a su lado, repletas de lo que parecen oraciones. Nada los distrae. Nadie los molesta. Y parecen disfrutarlo.

El guía intenta levantarse, casi temblando, para notificar la falla en su misión. Lo interceptan, lo canosan:

—¿Rediseño, eh?

—Señor, le aseguro que tenemos una explicación para esta sala, una muy buena… y perfectamente racional. ¿Escuchó hablar alguna vez del teorema de los infinitos monos?

Ellos ya tienen sus etiquetas despegadas y listas para clausurar.

—Todavía nos quedan varios establecimientos por visitar. No tenemos tiempo para escuchar sus delirios… admita el error para que podamos seguir con nuestro trabajo.

—Espere, escúchenme. No es un delirio. El teorema es simple: afirma que un mono presionando teclas al azar escribirá, casi seguramente, si le dan su tiempo, todas las obras de Shakespeare.

—…de Shakespeare.

—Por supuesto: es lógico. En realidad, puede ser Shakespeare, como Sartre, Saki… el que quieran.

—¿Los monos solo escriben obras de autores con apellidos que empiezan con S? ¿Qué clase de teoría es esa?

—¡No! No es el autor lo que importa, nunca lo es. Los monos pueden reescribir cualquier libro, si el tiempo no es un problema. Eso es lo que investigamos en esta área de la fábrica. ¿Conoce nuestros chocolates en forma de corazón?

—Sí, rellenos de algo parecido al maní. Traen esos poemas tan útiles.

—Exacto. Lo que ven ahí dentro es nuestro último avance en la tercerización de versos. Verán, los artistas encargados de escribirlos se han vuelto un poco… pretenciosos. Por la inmensa distribución de sus creaciones, se creen importantes, autores respetados, los más grandes best-sellers del momento. ¡Y exigen cobrar acorde a ello! ¿Pueden creerlo? ¡Como si tuvieran algún derecho! Los monos van a demostrarles qué fácil es reemplazarlos.

—Déjeme ver si entendí bien… ¿me está diciendo que la solución perfectamente racional que implementaron fue la de entrenar veinte monos, encerrarlos en cubículos y obligarlos a tipear todo el día para que eventualmente escriban versos aceptables al azar?

—¡Claro! ¿No es genial? Casi no se quejan, y tenemos un jugoso convenio con la industria bananera. La diferencia entre los versos originales y los de los primates es mínima, y en algunos casos la calidad es superior.

El canoso cierra despacio la puerta y se quita con cuidado los anteojos, empañándolos con su aliento, limpiándolos con la manga de su bata blanca. Medita con una mano en el mentón, haciendo honor a su apariencia de ingeniero, apenas mordiendo su comisura izquierda. Los demás esperan ansiosos, y el empleado simplemente desespera. Cinco minutos, hasta que por fin quiebra el silencio.

—Imagino que están vacunados.

Y el guía sonríe aliviado, suspirando un por supuesto.

 
 
Neoplasia

El vehículo en que viajan no podría considerarse una ambulancia: no contiene camillas, medicamentos, equipos de alta complejidad o siquiera pacientes; sería más adecuado llamarlo camión de escombros. Sus pasajeros tampoco podrían decirse médicos, y mucho menos doctores; son albañiles especializados, o como máximo oncólogos urbanos. A ellos no les importa la falta de prestigio o el poco reconocimiento social: son los únicos que saben hacer el trabajo, y tienen el monopolio del rubro, con todos los clientes potenciales en sus bolsillos. La única desventaja es la cantidad de agendas que deben comprar mensualmente.

Viajan, entonces, tranquilos, hablando, como siempre, de lo único que conocen. Ríen:

—Me llamó, la tonta, preocupadísima, gritándome en el teléfono que su departamento empezaba a rechazarse a sí mismo, que finalmente había sucedido, y que su vida de mierda tenía la culpa. Lloraba, la pobre, horrorizada, rogándome que fuera a ayudarla, que no tenía mucho, pero que en cuotas podría pagarme. Le dije que no, claro, que no le cobraría, y que se quedara tranquila, que todo es extirpable.

—¿Y se calmó?

—Ni un poco. Estaba como loca, no había forma.

—Mujeres…

—Esas mismas. Bueno, fui corriendo a su casa, algo asustado por la intensidad de sus gritos… podía escucharlos a tres cuadras del lugar. Y a que no te imaginás lo que encontré adentro.

—¿Muy grave? ¿Metástasis?

El conductor se relame antes de soltar el remate de su anécdota. Espera uno, dos, tres segundos:

—Nada de eso: humedad.

—¡Humedad!

—Sí, nuestra vieja y querida humedad. Se había roto un caño en el piso de arriba, o algo por el estilo, y el techo estaba muy hinchado. Marrón, viste, amenazante. Parecía que iba a explotar. Hubieras visto su expresión… por supuesto que no pude evitar reírmele en la cara.

Y ellos tampoco, hasta que llegan al primer destino del día.

El edificio afectado es lo suficientemente arquetípico como para considerarlo cárcel. Apenas bajan del camión los recibe uno de los guardias, nervioso por la idea de permitir la entrada de hombres armados con taladros neumáticos y picos a su querido establecimiento. Según el protocolo carcelario, la mejor forma de imponerse ante extraños peligrosos es manejarse con frases interrogativas: fiel a su sumisión institucional, será él quien hará las preguntas, y sólo él. Aunque tenga que hacer un esfuerzo descomunal por hablar de esa forma, aunque quede exhausto por el resto del día, es la única opción que puede imaginar.

—¿Son ustedes los oncólogos que llamamos hace más de un mes?

Ellos se alternan según su humor: el más simpático se encarga de la discusión insignificante, el poco paciente de la recaudación. El conductor no puede parar de sonreír, por lo que tiene que hacerse cargo.

—Claro. Los únicos.

No hay nada que les interese menos que contrariar empleadores, y mucho menos empleadores armados. Estiran y estrechan las manos.

—¿Les parece perfecto si recorremos las instalaciones y el área afectada?

—Nos parece perfecto.

El interior es igual de cliché: una edificación pentagonal atravesada por cinco pasillos que convergen en un patio central sin techo. Cada pabellón clasifica a los inquilinos de acuerdo a su nivel de agresividad hacia los guardias: que orinan, que escupen, que muerden, que gritan y que acuchillan. La mayoría rota según su actitud diaria. Los invitados siempre caminan entre el que muerden y que gritan, por cuestiones de higiene y sobre todo de integridad física.

—¿Les parece excelente nuestro sistema de clasificación carcelaria?

—Nos parece excelente.

—¿Y el verde de las paredes?

—Impecable.

Y siguen caminando entre gritos y mordiscos. El tumor descansa en medio del patio central, imponente, bañado en sol. Una mezcla de concreto, vigas de acero, pintura verde y madera se asoma del piso, como intentado salir y librarse de la función que le obligaron sostener. Es una masa deforme, retorcida, cada tanto latente: toda una obra de arte. Ellos se aproximan, cierran la zona con cintas de no-pasar y comienzan su trabajo. El primer paso es aflojarlo: pican y martillan neumáticamente los bordes, separando el material rebelde del resto adecuado. Cavan una fosa alrededor de la anomalía, y proceden a dinamitarla sin mucha pompa, con una mezcla controlada y sin embargo ruidosa. El resultado son escombros que vuelan, chocan y rompen, y presos que aúllan por el espectáculo y las posibilidades tunelísticas que les ofrece. Nuevo material, dócil y preparado para la ocasión, se encarga de llenar el hueco infame y de esfumar las ansias presidiarias. El pabellón que escupen hace honor a su nombre, seguido por el que gritan; que orinan ya no tiene municiones. Llevan los pedazos de madera chamuscada y cascotes en carretilla hasta el camión, y viaje a viaje el patio vuelve a ser el de antes: apenas una diferencia de color entre las baldosas recuerda el incidente.

Se miran, se dicen:

—Demasiado fácil. ¿Metástasis?

—Estadio III: seguro.

Y tienen razón. En el pabellón que acuchillan, otro tumor late bajo la cama de, por supuesto, un asesino sangriento, despiadado, horrible. Por cuestiones protocolares, deben mantenerlo allí, atado, mientras trabajan. Cuando se entera de la situación, su usual cara de maníaco acuchillante cambia por la de niño asustado: hipocondría. Pegado a la pared, pregunta:

—¡Eh! ¡Doctores! ¿Esto no es contagioso, no? ¿Debería preocuparme? ¿Afecta los ladrillos y esas cosas, nomás?

Les hacen señas de no responderle, pero no son necesarias. Ellos conocen de memoria las desventajas de su trabajo, y lo inestables que pueden ser las personas afectadas; abandonaron la empatía años atrás. El otro, lastimándose las muñecas, postulándose para el pabellón que gritan:

—¡A ustedes les hablo! ¡No se hagan los sordos! Hace tiempo me apareció este bulto en un costado, ¿no pueden fijarse, ya que están? No lo vi crecer mucho, pero vieron, uno se preocupa, no vaya a ser cosa de que me muera antes que me ejecuten. Me dijeron que no duele mucho eso de las inyecciones.

Nada. Sigue y deja al niño de lado:

—¡Es apenas una miradita! ¡Con eso me dejan tranquilo! ¿O no saben quién soy, o quieren conocer mi cuchillo?

Y el protocolo lo calma a palazos.

El procedimiento para remover la nueva masa deforme de concreto y ladrillos es similar al anterior: ablandar el área afectada picando y taladrando, cavar una fosa, remover los escombros y rellenar con nuevo material dócil. Nada complicado. Lógicamente, les prohíben la dinamita. Sacuden el polvo de sus mamelucos, limpian los picos y taladros, y se van. No les interesa buscar más zonas infectadas: en el mejor de los casos, el tumor crecerá nueva y vigorosamente, y tendrán trabajo de sobra.

Afuera, apoyado en la ventanilla del conductor, otro guardia pregunta:

—¿Hace falta que les agradezca en nombre de las institución por un trabajo bien hecho?

—No hace falta.

E intenta comprender el fenómeno:

—¿Hay algo que podamos hacer para prevenir nuevos brotes?

—Nada, señor. Es simplemente una reacción natural de los materiales que forman el edificio: se niegan a cumplir una función que detestan. Nada más. Invertir en medidas preventivas sería una pérdida de tiempo y de dinero. Si aparecen nuevas zonas afectadas, créanos, aquí estaremos.

Y con eso, acelera. A su derecha, siguiendo con el dedo la próxima parada de la tercera agenda del mes, el acompañante suspira y se aburre por la rutina: otra vez una iglesia.

 
 
Abulia

Rascándose el mentón, incómodo por una úlcera gástrica, piensa y dormita en el despacho de su ciudad privada. El humo blanco de la fumata ya se disipó, las multitudes ensordecedoras abandonaron la plaza hace tiempo, la cantidad de bebés a besar disminuye drásticamente con los días, y cada vez le cuesta más ocultar su desconocimiento del latín. Y se aburre. Después de los festejos, de las bienvenidas, de las reverencias de soldados suizos con penachos, ya no le queda nada para hacer. Excepto sentarse en su despacho, el más lindo, el que da al patio con esas flores bellísimas, y pensar con su mentón en la mano. Eso, y la esporádica y entendible visita al baño en suite.

Como cualquier nuevo Jefe designado, imagina la cantidad enorme de personas que podría irritar con su flamante poder. Se pregunta:

¿Y si declaro que sólo las mujeres pueden ordenarse? ¿Y si financio una empresa de anticonceptivos ineficaces? ¿Y si inauguro unas nuevas cruzadas? ¿Y si mando a izar una bandera de la URSS en la plaza central? ¿Y qué tal si...

Pero se hastía por adelantado de las kilométricas críticas y pataleos que recibiría de esos diarios que tanto le recomendaron esquivar. Reflexiona también sobre la comodidad de los dhoti budistas y de posibles cambios de moda en la Jefatura, hasta que por fin se le ocurre cómo ocupar su tiempo. Con la determinación avasallante que sienten los jefes aburridos al encontrar algo para hacer, manda a llamar a su secretario. A los cinco minutos, unas manos expectantes abren la puerta de su despacho.

—Buenas tardes, señor, ¿llamaba?

—Sí, quería preguntarle sobre algunas cuestiones administrativas.

—Claro, ¡no hay problema! Puede consultarme cualquier cosa. Muchos de los Jefes anteriores compartieron sus confidencias con sus asistentes.

—Qué peculiar. No estaba enterado.

—Ah, ¡sí, sí! El secretario anterior, por ejemplo, fue el primero en conocer aquel sórdido amorío con...

—Voy a tenerlo en cuenta. Pero volvamos a esas cuestiones administrativas.

—Volvamos, volvamos, por favor.

—¿Cuánta verdad hay en el mito del oro que tiene almacenado nuestra Organización?

La expectación muta en nerviosismo. Traga saliva y se sienta, en parte para ocultar el ruido de sus rodillas bajo la sotana, en parte para que no pueda echarlo tan fácilmente.

—¿Cómo? ¿No lo sabe? Señor, usted debería ser el mejor informado de estos asuntos financieros.

—Por eso mismo le pregunto. De algún lugar tengo que enterarme. ¿Cuánto hay?

—¿Cuánto hay?

—Claro, cuánto hay. Oro, hombre, lingotes, joyas, piedras, esas cosas.

El nerviosismo muta en terror. Intenta aprovechar el tiempo para construir la próxima oración de la forma más acolchada posible, pero los segundos se le escurren junto a algunas gotas de sudor.

—Hay... no hay.

—¿Cómo que no hay? ¿Se fijó bien? La ciudad será pequeña, pero tiene más escondites y cámaras ocultas que cualquier otra. Una vez vi un documental...

—¡Claro que me fijé bien, señor! Hace años que estas habitaciones no rebalsan de oro, piedras preciosas, pinturas invaluables. Tres Jefaturas hacia atrás, en épocas de la Reforma, se decidió utilizar todo.

El Jefe se para y camina hacia la ventana, insultando mental y creativamente a sus tíos. Se esfuerza por mantener la calma y vuelve a hablar, masticando una solución.

—Pero... ¡cómo, cuándo! Eso es ridículo. ¿A quién se le ocurriría algo tan ineficiente?

—...señor, ¿recuerda el voto de pobreza?

—Vagamente. Creo haber escuchado algo parecido.

El terror muta en lástima. El secretario se pregunta de qué forma pudo ascender al poder aquel idiota, y se lamenta por la cantidad de preguntas que tendrá que responderle. La idea de un conveniente lazo de sangre se asienta en su cabeza.

—Se supone que sea uno de los cimientos de nuestra filosofía; una promesa a renunciar a los bienes mundanos, a las tentaciones materiales, para dedicar nuestra vida al reino más allá. Es algo de lo que personalmente me siento muy orgulloso, y de lo que usted también debería.

—¡Ah, claro! Ahora que lo dice, leí algo sobre él en el Seminario a distancia. ¿A los fieles también los obligamos a vivir de esta forma, no?

—No.

—¿No? ¿Por qué?

—Bueno, porque, señor...

—Guárdese la explicación. ¿A quienes regalaron todo mi oro?

—No fueron regalos. Se construyeron escuelas, bibliotecas, comedores... dejamos nuestra marca en todo el mundo.

—Entonces no hay forma de pedir un reembolso.

—No. ¿Por qué le preocupa tanto, si me permite preguntar? Su sueldo está más que cubierto por el diezmo y sus derivados.

—Sí, lo sé, y el suyo también. El de todos lo está. Francamente... no me estoy poniendo más joven, sabe, y uno tiene que detenerse a pensar en la vida posterior al trabajo. El salario mediocre de la Jefatura no me alcanza. Quiero disfrutar de mi jubilación, exprimirle todo su jugo: viajar, dormir hasta tarde... golf.

Al secretario se le agotan las palabras: quiere articular un claro o como mínimo asentir, pero emplea todas sus fuerzas para evitar escupirle la muceta a carcajadas; el Jefe, parado frente a la ventana, sigue masticando hasta que traga la solución.

—Muchas gracias, ya puede retirarse, con esto es suficiente. Yo mismo voy a encargarme de solucionar este problemita. ¡Ah!, una última cosa: ¿puedo decretar arbitrariedades sin problemas, no?

—¿Se refiere a si puede escribir una especie de bula?

—¡Esas!

—Nunca publicamos una, señor. No creo que sean válidas para nuestra Organización.

—Entonces lo averiguaremos. Ahora sí, retírese, y relájese.

Y hace caso a la primera orden. A la mañana siguiente, descansa en su escritorio un pedazo de papel arrugado con el encargo del Jefe: urgente, oro e invente tienen el honor de estar doblemente subrayadas.


Aurum terminus sanctus

Braulio II, Jefe, Siervo de los Siervos.

Bien conocida y criticada es la declamación del profeta Braulio I, quien sentado en la montaña, apuntando sus ojos al cielo, dijo: “¡Señor!, oh, ¡Gran Jefe entre los Jefes! Me ordenas que me entregue a ti, que te rece, que practique tus rituales, que asista a las reuniones dominicales, que dedique mi vida a tu alabanza, y lo hago, ¡con gusto!, gozoso de conocer tu Verdad, tu Justicia. Pero permíteme, Señor, aprovechándome de tu Bondad, de tu Ángel, cuestionarte. ¿Crees Justo que no haya remuneración material por mi entrega, que todos los demás creyentes disfruten sus vidas mientras yo, que te la cedo, no puedo? ¿No es un poco egoísta, Señor? ¡Oh! ¡Castígame si lo crees necesario! ¡Rompe mis huesos con uno de tus rayos de luz si blasfemo! Pero, ¡por favor!, ¡déjame disfrutar de mis bienes mundanos, para que cuando me eleve junto a ti, lo haga satisfecho!”.

Estas palabras certeras no pueden seguir pasando desapercibidas. Por muchas décadas han estado ocultas, convenientemente traspapeladas: es tiempo de recoger su legado. Llegó el momento de abrir nuestros ojos y corazones. ¿Cómo podemos combatir la miseria si nosotros mismos luchamos con ella todos los días? ¿Qué sentido tiene engrosar el numero de pobres si, justamente, nuestra misión en el mundo es erradicar este mal que puebla las tierras del Señor? ¿Es tan ilógico lo que plantea aquel profeta defenestrado? No. La Organización se ha desviado de su objetivo fundante, de una de sus fuertes piedras basales: la erradicación la pobreza mediante cualquier método disponible. Esta es la hora señalada para abandonar el sendero equivocado. ¡Todavía estamos a tiempo para redimir nuestro pasado humilde, y por fin eliminar la miseria que nos invade! El Gran Jefe así lo ha designado, y no aceptará lo contrario.

Es la Jefatura la que debe dar el primer paso y mostrar el ejemplo. Desde hoy, todo libro sagrado, público o privado, tendrá el honor de ser partícipe de la gran fundición santa. ¡Hablarán sobre ella doscientos años hacia adelante! Son los bordes dorados de sus hojas los que volverán a bañar de lujo cada cámara, cada pasillo y cada puerta de la ciudad; es el oro incrustado en las páginas el que se abrirá paso en el fuego y resurgirá entre las cenizas para vestir nuevamente de opulencia todos los ladrillos de nuestras paredes. Estoy convencido de que los creyentes entregados sabrán en el fondo de su ser el Justo destino de sus libros sagrados (y aquellos dubitativos, aquellos fieles inseguros de su Fe tendrán acceso a múltiples oportunidades de donación para aclarar sus pensamientos).

No es mañana sino hoy el momento de escribir la nueva Historia. Que el Gran Jefe los y nos guíe, y que su oro no se pudra en la biblioteca.

Dado en el año de la Encarnación dos mil y ocho, el día veinte de marzo, de nuestra Jefatura semana primera.

La pepita resultante, beatificada meses después, fue luego inmortalizada en forma de estampita subterránea.

 
 
Bufónicos
La suya es de las más humildes de la cuadra. Apenas dos columnas oxidadas sostienen la tela que alguna vez fue impermeable; agujeros y excremento de pájaro adornan sus lados despintados. Ellos viven así, en esa carpa derruida que sólo unos pocos podrían calificar como circense, contentos y orgullosos de su condición de payasos. O al menos la mayoría de sus tres inquilinos.

Es media tarde, y la humedad agobia hasta a las chicharras. La luz que entra por los agujeros ilumina una cucheta podrida, una hamaca paraguaya y una mesa sin todas sus patas; en medio de la penumbra, asoman de una valija muchos sifones vacíos, pelucas y pinturas para la cara. Aunque la siesta sea una de las tradiciones bufónicas respetadas a rajatabla, esta vez le es imposible practicarla. Piensa inquieto y se estira en su hamaca, asustado por los quejidos de ambas columnas. Decide quebrar el ritual que disfruta su madre.

—¿Má?

Algunos suspiros y acomodos de sábanas le hacen saber que ni se mosquea.

—¡Vieja!

Funciona. Le siguen un ¿qué querés?, un vení, y una puteada en voz baja.

—No puedo dormir.

—¿Qué te pasa? ¿Otra vez esa pesadilla?

—No, no es eso... no sé qué me pasa.

—Si no sabes, lo pensás y me contás después de que termine mi siesta. ¿Qué te parece?

—¡No, má! Quedate acá. En realidad sí sé que me pasa... es algo que quiero preguntarles hace un tiempo.

—Bueno, está bien, decime tranquilo. Prometo no enojarme.

—¿Por qué tenemos que ser payasos?

La siesta se le disipa de un golpe, y pisotea la promesa con los ojos.

—¿Cómo que por qué tenemos que ser payasos? ¿Qué clase de pregunta es esa?

—Si, má, nos la pasamos haciendo bromas estúpidas y molestando animales indefensos. No entiendo, no lo hacemos para que alguien se ría, para algún gran público... ¡nunca hay nadie mirándonos! Y ni siquiera nos pagan por nuestro trabajo. Papá vende menos sifones todos los meses, y el otro día lo escuché hablando de lo caro que está el alquiler... ¿por qué no ofrecés algunas de tus tortas? De esas siempre hacen falta.

—Sos demasiado chico para andar preocupándote por esas cosas. Siempre nos arreglamos con lo poco que tenemos... ¿qué te falta, ahora? ¿Todo esto es por ese juguete? Ya te dijimos que no.

—¡No es eso! Es que no entiendo para que sirven las caídas, los autitos, los zapatos gigantes, los moños giratorios, las sonrisas dibujadas y los bonetes a rayas. ¿A quién le importa que seamos payasos?

—¡A todos! Todos somos payasos, Agustín, nos guste o no. ¿No te enseñaron en la escuela lo que tuvieron que luchar nuestros antepasados para que podamos gozar de este estilo de vida? ¡mártires, revoluciones, hogueras! Cada uno de los doscientos años anteriores al nuestro fue de lucha para instalar este modelo de sociedad. Todos somos payasos, sí, pero a mucha honra. Si pudieramos elegir, seríamos lo mismo.

—Yo no. Me pica la peluca, má, y no hay forma de que logre peinármela...

—Demasiado que dejo que te despintes el bigote. A mi la nariz de goma me hace sangrar la de verdad, ¿y me ves quejarme, acaso?

—Cada tanto podrías sacártela... te queda un poco ridícula.

—No, Agustín, no te das cuenta, no entendés lo que implica la forma de vida bufónica. Es más que toda la parafernalia, hijo, más que todas las molestias y el sudor por las telas falsas; es muchísimo más que las bromas, y los autos diminutos. Es una ideología, un conjunto de ideas que ordena el mundo de esta familia, y el de las demás. Es todo lo que somos todos.

Sonríe satisfecha por la contundencia de su lección.

—Están los oficinis...

—¡Ni se te ocurra terminar de decir esa palabra! Los oficinistas son personas horribles, necesarias, pero horribles, Agustín. Nadie en su sano juicio querría ser uno de ellos. ¡Por Dios, por algo están condenados! ¿ahora me vas a decir que te gustaría ser un convicto de cara lavada? ¿qué se te metió en la cabeza, hijo? ¡Con razón tardaste en preguntarme!

—No creo que sea justo que los encarcelen y los hagan trabajar tantas horas; y no me importaría ser un convicto... estoy seguro de que sufren menos que nosotros, con sus trajes planchados y perfumados. Me encantaría pasarme los días llenando planillas, aplicando sellos, garabateando firmas y tipeando resoluciones. ¡Ah!, ¡qué vida sería!

—Es el colmo, Agustín, el colmo. ¿Así que te gustaría hacer lo que hace convicto? Bueno, señor, perfecto. Mañana mismo vamos a la Oficina Central de la Nación. Escuché que hacen unos recorridos dentro del edificio, guiados y todo. A ver si así se te olvidan estas ideas.

—¡Gracias, má! Es justo lo que quería para mi cumpleaños.

Le besa la mejilla y aprovecha para limpiarle restos de chocolatada; su padre, arriba en la cucheta, exprime cada segundo de la tradición, y vuelve a hacerlo al día siguiente.

Casi arrastrándola, agarra su mano con fuerza al pasar por la puerta giratoria del edificio. Queda maravillado al instante. Es un lugar limpio, imponente, sin colores brillantes, con enormes paredes de mármol; algo nuevo y sobrio, un descanso para sus ojos. Luego de algunos pasillos se unen al contingente pautado por teléfono. Saludan a los demás payasos, la guía toca su corneta y comienzan el recorrido. Cuando ingresan al primer cuarto, donde opera una especie de museo de lo payasístico, le pregunta:

—Señorita, ¿y los oficinistas, dónde están, por qué no hay ninguno, no trabajan acá?

Y ella, transfiriendo un poco del odio que tiene a su trabajo hacia el niño, le responde con voz chillona.

—Tranquilito, pequeñito, ya vamos a llegar, quedate quieto. Primero quiero mostrarles...

La línea continúa, pero no le interesa. Se pone de mal humor e intenta quitarse un poco de pintura de la cara; su madre lo mira y le pega un coscorrón; se rasca la peluca despeinada y siguen caminando. Justo antes de que empiece a llorar del aburrimiento, y después de visitar una enorme biblioteca donde se almacenan libros relacionados con las artes bufónicas, llegan por fin al área de trabajos forzados. No es la vista desoladora que su madre esperaba: parece una oficina normal, con computadoras, fotocopiadoras y olor a cartuchos de tinta. Cada cubículo tiene su convicto entrenado y adecuadamente etiquetado: impuestos, diplomacia, producción, turismo y cientos de otras funciones burocráticas.

El contingente se ubica detrás de un vidrio espejado, donde pueden ver a los convictos sin peligro alguno. La guía guía.

—Es por precaución, amigos. No va a suceder nada, ni son personas peligrosas, pero necesitan mucha concentración para desempeñar sus indispensables funciones políticas.

Agustín no la escucha. Está emocionado. Se apoya en el vidrio, ayudándose con sus manos para ver con claridad, y decide observar a uno de los presos, que llena datos insignificantes en una hoja de cálculo. Lo que lo impresiona, aún más que las paredes de mármol y las bibliotecas, es su cara: reluce de sudor. No parece un convicto conflictivo, y mucho menos fácilmente alterable. Pero aparenta bien.

De repente, la pantalla deja de iluminarle la cara. Suspira. Cierra los ojos con fuerza. Presiona algunos botones en la caja de su computadora. Da unos golpes al monitor. Se tapa la cara lavada con las manos. Espera. Y estalla.

—¡No puede ser!, ¡máquina de mierda!, ¡todo mi esfuerzo, horas de trabajo insípido a la basura!

Agustín sonríe. No había imaginado que podían vivirse tantas emociones dentro de la Oficina Central. Cada vez se convence más de que este lugar es el suyo: planea, incluso, algunas formas creativas de ser condenado, y sigue escuchando con la oreja contra el vidrio. El oficinista simplemente enloquece, y sus compañeros tipean en el mismo ritmo hipnotizante.

—¿Así que te gusta robarme mi trabajo, hija de puta, así que disfrutás haciéndome sufrir? ¡A ver que te parece esto!

Agustín tropieza con su madre por el ruido que hace el teclado al estrellarse contra el vidrio. Las teclas desparramadas en el piso distraen al contingente de la suerte del convicto: se acercan los guardias y, bastones en mano, se proponen calmarlo. Se resiste. La guía, sin dejar de mirar la W incrustada en el vidrio, sonríe nerviosa y saca al grupo del lugar. Afuera, improvisa una explicación destacando la variedad de trabajos que cumplen los oficinistas, su indispensable labor en el funcionamiento del gobierno bufónico y la efectividad de las fuerzas de seguridad. La interrumpen nuevos gritos de dolor.

—¡Basta! ¡Está bien! ¡Voy a calmarm--

Aún después de haber visitado a sus héroes y de haber conseguido una remera de oficinista honorario, Agustín no dice palabra. Mientras esperan el colectivo, sólo mira al piso y cada tanto los cordones de sus enormes zapatos. Después de atárselos, su madre le pregunta por la continuidad de sus aspiraciones laborales. La pintura corrida en sus mejillas responde por él.

 
 
Cristalino

—¿Estás seguro de que no voy a lastimarme?

—Sí, no te preocupes, no te va a pasar nada.

—¿Y si me estallan los ojos?

—¿Escuchaste alguna vez de alguien que se haya estallado los ojos?

—Bueno, uno nunca sabe.... hay que ser cuidadoso.

—No seas hipocondríaco. Si por alguna circunstancia extraordinariamente espectacular algo llegara a pasarle a tus ojos, no dudes que yo sería el primero en llevarte al mejor hospital de la ciudad. Para eso están los amigos, y los oftalmólogos.

—Bueno, está bien... ¿qué es lo que querías que pruebe?

—¡Perfecto! Poné tus manos frente a tu cara.

—¿Así?

—Sí, no hay muchas formas de hacerlo. Bueno, apoyá la parte inferior de tus palmas sobre tus ojos.

—¿A... Así?

—Así, vas bien. Ahora, presioná hasta que empieces a ver cosas extrañas; si lo hacés bien vas a presenciar todo tipo de patrones, imágenes y hasta objetos que aparecen flotando dentro de tus ojos. Sólo hay que apretar hasta que funcione y tratar de pestañar lo menos posible.

—Todavía no veo nada... y ya me duelen los ojos.

—Paciencia, recién empezás. La primera vez que lo hice no vi nada por minutos, pero después aparecieron líneas ondulantes y círculos perfectos que parecían mirarme. Me asustó un poco, la verdad.

—Me cuesta creerte.

—¡Es cierto! Te lo juro: hacia los diez minutos de intentarlo se me apareció una escena de la película Brazil, en colores y todo. ¿La viste?

—No, pero me la recomendaron tanto que creo haberla visto dos veces.

—Es buena. Querían llamarla 1984 ½.

—Tampoco leí el libro.

—Es bueno.

—¿Sigo apretando?

Y se esfuerza por responder en su mejor entonación didáctica:

—Sí, dale, seguí tranquilo que todavía falta.

Pero los enormes bocados de la medialuna impar que lo venía tentando hace una hora se lo impiden. El otro exclama sin destaparse los ojos:

—¡Ahí está! ¡Líneas!

 
 
Acanomás

1

Apenas si le entran los zapatos del estereotipo: uniforme verde recién almidonado y adornado con medallas de plástico, pelo brillante peinado hacia atrás, gafas oscuras y aliento dudoso. No hay nada que disfrute más que pararse frente a las cámaras con nuevas medidas para su pueblo. Amasa las palabras por días, las mastica por horas, y cuando llega el momento justo, las unta sobre todos sus televidentes. Esta vez está emocionado. Se rasca una mejilla, tose, traga saliva y se acostumbra a la falsedad de su sonrisa. Y ellos, sentados en su silloncito incómodo, sólo pueden mirarlo y suspirar mientras irrumpe sin aviso en la señal de televisión.

—Camaradas; amigos, amigas: buenas noches. Les hablo hoy no como su dirigente, no como el faro que decidieron que sea, sino como un simple ciudadano, como uno más entre todos ustedes. Y lo hago porque es hoy un día histórico, un hito que todos recordaremos hasta que nos toque abandonar esta tierra. Hoy, compañeros, aunque les cueste creerlo, lograremos nuestra independencia y romperemos estas horribles vestiduras coloniales que tantas veces irritaron nuestra piel. Es el principio, no hay duda, ¡el comienzo de una era dorada! Mediante esta transmisión oficial, doy por iniciada una nueva etapa en el recorrido heroico, valeroso y fructífero de la nuestra, la querida República de Acanomás.

Cómo disfruta su capacidad de oratoria.

—Todos sabemos que fuimos bendecidos por nuestras tierras y nuestras plantas: somos, camaradas, y esto recuérdenlo siempre, el único país en condiciones de producir, empaquetar y exportar bananas en forma sistemática; somos los únicos capaces de aprovechar y multiplicar los últimos ejemplares existentes de la ahora rarísima Cavendish. Tenemos el mercado en nuestras manos y el mundo a nuestros pies. Sin competencia ni restricciones de exportación, y sin un tope visible para el valor de nuestra nueva fruta preferida, el negocio es simplemente infalible. ¡Acostúmbrense a ser la envidia de todos! Desde este mismo instante, compañeros, aceptamos nuestra evidente ventaja comparativa y formamos, por fin, la auténtica República Bananista de Acanomás con que soñaron nuestros próceres. ¡Es nuestro destino!

Y cómo aprovecha las ovaciones grabadas.

—Gracias por su apoyo, se los agradezco. El plan ya está en marcha. En este momento, los honorables integrantes del Congreso de la República están debatiendo y, en unas horas, aprobando el proyecto de país que hoy les presento. Acanomás será la nación más avanzada, el país más poderoso, y todo gracias al Bananismo. El mundo no ha presenciado nada siquiera similar. Como primera medida ejemplar, el Estado, asumiendo su nuevo rol de garante del sistema Bananista, tomará el control de aquellas propiedades que se encuentren en condiciones productivas. Todas las tierras cultivables se transformarán en áreas de cosecha, motores indispensables de este nuevo país que emerge; toda fábrica en funcionamiento será reorganizada y reestructurada aprovechando el espacio y las máquinas disponibles para la clasificación y empaquetación en serie de la materia banánica; el área de servicios será pacíficamente silenciada por cuestiones estratégicas y por su evidente inutilidad mercantil. Pero no se preocupen, compañeros, que esto sólo afecta su vida cotidiana en detalles nimios, minúsculos. No habrá cambio alguno ni desabastecimiento de ninguna clase: como garante mundial del Bananismo, el Estado importará y distribuirá todos los productos que sean necesarios para mantener el nivel de vida que consideramos que el pueblo merece. Suspiren aliviados, que el dinero ya no es un problema del que tengan que preocuparse. Después de todo, sin tierras, fábricas o servicios, el papel moneda es un gasto que podemos ahorrarnos; nosotros nos encargaremos del que inevitablemente haya que manejar.

Y qué bien endulza los consuelos.

—Acanomás siempre privilegió a la niñez como un sector crítico de la sociedad, como la misma encarnación de un futuro mejor. Pues bien, camaradas, ¡ese futuro está aquí!: todo ciudadano entre 5 y 17 años es desde este momento propiedad estatal y por consiguiente un trabajador Bananista en potencia. ¡La antigua Esparta estaría orgullosa! Los niños serán depositados con cariño en sectores agrícolas, aprovechando su fuerza para cultivar, cuidar y cosechar el nuevo dínamo económico; las niñas, por su reconocida capacidad organizante, estarán dulcemente a cargo de las fábricas reestructuradas, empaquetando y distribuyendo la materia banánica donde sea necesaria. Y esto es sólo el comienzo. La edad de jubilación obligatoria, en lugar de unos exagerados e injustos 65 años, será de unos cómodos y más razonables 18 –exceptuando, claro, el personal necesario para el control infantil y todo dirigente indispensable para el Bananismo. Los trabajadores de Acanomás ya han sufrido bastante en décadas pasadas como para exigirles otro esfuerzo. ¡Es hora de que las nuevas generaciones den un paso al frente y se hagan cargo de llevar el país adelante! Y no hace falta que se inquieten por su sustento: cada infante proporcionará a su familia una renta jugosa, directamente proporcional a la cantidad de materia banánica que logre cosechar o empaquetar –quienes aún no hayan engendrado descendencia serán rentados por la bondad Bananista por un plazo máximo de seis meses. Teniendo en cuenta que el papel moneda ya no es un asunto importante, toda esta renta familiar será administrada por personal Bananista, quien se encargará de calcular los productos correspondientes a cada caso particular y de distribuirlos en forma de cupones personalizados. Es un sistema perfecto, sin problemas de pobreza, de distribución del ingreso, de desigualdad social... ¿no los tranquiliza saber que sus finanzas serán estabilizadas y manejadas por personal altamente responsable, que todos los productos que necesiten les serán acercados hasta la puerta de su casa, que pueden vivir su vida sin preocupación alguna?

Y cómo abusa de la retórica.

—Todos estos cambios pueden parecerles un poco bruscos. Es inevitable que algunos pocos de ustedes piensen que nuestras medidas son exageradas, que el precio de la banana no se mantendrá mucho tiempo por encima del oro, o vaya uno a saber que otras objeciones paranoicas. Por supuesto, no creo que tengan razón, ni que quieran lo mejor para el nuevo pueblo que hoy nace... pero tolero su existencia. Es más, y esto se me acaba de ocurrir: todos los años, en una fecha todavía a decidir, ¿por qué no llevar a cabo un referéndum nacional, donde todas las personas habilitadas para votar puedan expresar su voz decidiendo el futuro del modelo Bananista? ¿Dónde quedó el totalitarismo ahora? ¡Democracia, señores! ¡Pura y sagrada!

Y cuánto lo emborracha el poder.

—Tengo mi total confianza en el nuevo modelo, y sé que todos los verdaderos patriotas de la República Bananista de Acanomás sienten lo mismo. Duerman tranquilos, compañeros, que mañana será un día realmente interesante. ¡Ah!, y no se olviden... ni Yanquis, ni Marxistas: ¡Bananistas!

Ellos, todavía sentados en su silloncito frente a la pantalla invadida por la estática, se miran y no terminan de creer lo que acaban de escuchar; él, despierto en su cama por los gritos del televisor, se refriega los ojos, abraza su oso e intenta volver a dormir.

II

Pienso acostado en mi catre.

No recuerdo demasiado de aquel día: un puñado de gritos confusos y de olores revueltos, mezclados con la imagen de los ojos de mi madre, que se esfuerzan por abrazarme mientras los oficiales me llevan fuera de la casa. Pero bueno, tampoco es algo que me mantenga despierto en las noches. Todo aquello es historia antigua. Después de todo, ya pasaron más de cuatro años, y el panorama es completamente distinto; ahora tengo trece, y suficientes responsabilidades como para andar preocupándome por ellos. No es que no los extrañe, no... sólo no me hacen falta. No puedo pensar en algo para lo que los necesite. En realidad, podría comer una de esas galletitas de chocolate, de las que ella horneaba para mis cumpleaños. Hacía las mejores.

Esa vida ya no existe. Mi vocación, mi llamado, mi talento... mi como quieran decirle, es el cuidado de esta plantación bananista y de su materia banánica. No tendría sentido vivir sin ella. No podría. Estaría tirado en algún callejón, sin un trabajo estable, fallando al cultivar mis propias Cavendish, o hasta pensando en suicidarme. No sería una noticia impactante: he escuchado historias de compañeros que por culpa de accidentes discapacitantes terminaron en las efectivas vías del tren.

No fue sencillo llegar a esta posición privilegiada. Fue un saneamiento realmente agotador. Me costó mis buenas cicatrices y algunas manchas en el mameluco, pero puedo decir con toda seguridad que valió la pena. Tuve que inadaptar a los débiles, debilitar a los inadaptados e incluso procesar algunos subversivos. Volvería hacer todo aquello y aun más por obtener el puesto que tengo ahora. ¿Cuántos pueden lucir la medalla de Sub-Supervisor de Embarques del Área 14 de Producción Bananista? ¿Y parches de buena conducta, de asistencia perfecta, de producción record? Muy pocos. Un porcentaje mínimo de mis compañeros.

Y pretendo seguir progresando. Este cargo ni siquiera comienza a satisfacer mis ansias de éxito. Estoy más motivado que nunca para continuar con los saneamientos regulares. ¿Y por qué no, incluso, iniciar algunos propios? Una vez que limpie por completo el Área 14 se darán cuenta del enorme potencial que están desperdiciando y me pedirán de rodillas que me encargue de toda la sección. Ya imagino el momento en que vendrán a rogarme que acepte liderarlos: un día sin nubes, un traje nuevo, trompetas y subordinados. Seguiré saneando hasta que suceda. Si todo sale como planeo, dentro de cinco años no tendré que jubilarme, y no hará falta que me acerque a... ellas. Me asustan de sólo imaginarlas.

Pienso reconfortado en mi catre cuando el idiota que maneja la correspondencia me interrumpe. Está parado a mis pies, con la misma sonrisa torcida de siempre y un paquete entre sus manos. Me mira con sus ojos saltones, creyéndose superior por sus diecisiete años, y comienza a hablar. No puedo evitar distraerme pensando en la cantidad de poder que maneja, en que ya vivió lo suficiente... y en que se merece un accidente. Deja de hablar y vuelve a mirarme esperando una respuesta. Atino a decir:

—¿Qué?

—...no puede ser, ¿otra vez distraído, 0574? ¿Cuántas veces tengo que decirle que me escuche cuando le hablo? ¿O se olvida de que puedo reportar cualquier tipo de actividad sospechosa con los superiores? No habrá estado pensando estupideces, ¿no es cierto? Aquí todos sabemos donde terminan los estúpidos –y hace un ademán hacia el galpón contiguo.

Sí, definitivamente, un accidente.

—Disculpe, ¡Señor! Estaba quedándome dormid--

—¿Parece que me importan sus excusas? Esta vez voy a dejarlo pasar, para que sepa apreciar los favores.

Uno espectacular, no hay dudas. Continúa hablando antes de que pueda responderle.

—Aquí tiene, 0574, un paquete y una carta que llegó a su nombre hace unos meses. Son de parte de sus... ya sabe. Disfrute, estúpido, y tenga cuidado.

Y se va, golpeando con sus botas cada catre que encuentra en su camino hacia la puerta. Supongo que los recién despiertos le planean destinos similares al que yo imagino. No tan creativos, probablemente, ni tan efectivos; pero válidos, eso seguro. No me molestaría que se hicieran cargo.

Tomo primero el paquete, algo emocionado por la idea de galletitas crocantes, rebosantes de chocolate. Está dañado, cortado, vuelto a cerrar y a abrir, y no tiene remitente ni estampillas de ningún tipo. Rompo sin problemas el cartón húmedo y lo único que encuentro es una pequeña nota, escrita a máquina sobre un papel ahora amarillo. Busco la poquísima luz que escupe la luna por la ventana, y leo con esfuerzo:

Respetando los protocolos de seguridad implementados por el Honorable Congreso de la República Bananista de Acanomás, el contenido de esta encomienda ha sido trasladado a un lugar seguro de almacenamiento. Todos los objetos podrán ser retirados una vez que el destinatario esté en condiciones de jubilarse.

Elementos secuestrados:

La nota se desintegra en una caligrafía casi ilegible.

• 1 (un) Oso de peluche.

• 3 ½ (tres y media) Galletas de chocolate.

Código de depósito: 0574i

Arrugo el papel en el único bolsillo que aún no cuenta con un agujero de adorno. El sobre de la carta está impecable: todavía tiene las estampillas originales y la letra desastrosa de mi padre; uno de los muchísimos privilegios de mi cargo actual es la relativa privacidad de la correspondencia escrita –y no de las encomiendas, por razones más que obvias. Leo, luchando contra la humedad ocular.

Martín:

Me cuesta identificar mi verdadero nombre.

Escribo esto con muchísima angustia, con la tristeza de saber que esta carta probablemente nunca llegue a tus manos. Pero no me importa. Voy a arriesgar mi vida, la de tu madre y la de nuestra familia para que puedas enterarte de las cosas que pasaron en estos cuatro años. Y, sobre todo, hijo mío, de las que pasarán en los que vienen. No quiero adelantarme... pero el momento en que nos reencontremos está cada vez más cerca.

Tu madre empeora todos los días. Desde que te fuiste no deja de mirar tus fotos, de llamarte en sueños, de escribirte cartas que nunca envía. Te extraña, Martín, te extraña con toda su alma, y las únicas noticias tuyas que recibe son los cupones de renta bananista. Podrías, algún día, mandarle una postal, una foto... un beso, al menos, ¿no? No te costaría nada...

Ni siquiera el nacimiento de tus dos hermanos logró reconfortarla. Todavía hoy se niega a darles un nombre, y ya tienen tres meses y dos años. No quiere amamantarlos, no le interesa cuidarlos, criarlos, hablarles... ¡por dios, si hasta se rehúsa a desatarlos! Sé que todavía sos joven para escuchar este tipo de cosas, pero esta es una de las pocas formas que tengo de desahogarme. Si intento hablarlo con ella, enloquece, incluso con las pastillas que le recetaron. Apenas si pude convencerla de que te cocinara tus galletitas preferidas; pensó que quería engañarla para dárselas a tus hermanos (ojalá puedas disfrutarlas). No tenés la culpa, Martín, pero ya no podemos vivir de esta manera. Y sin vos es peor. Te envío tu oso, que seguro querés volver a ver.

Pero el motivo de esta carta no es deprimirte, ni deprimirme. No, Martín, todo lo contrario. Te escribo para contarte que esta vida tiene los días contados. Un poco después de que te confiscaron, comencé a tener reuniones secretas con otros padres de la cuadra, del barrio, de la ciudad, de la provincia... y, desde hace unos meses, del país entero. Estamos organizándonos, hijo, preparándonos para sacarlos a todos de aquella tortura. Vas a volver a jugar en la plaza, a reirte, a mirar tus dibujitos, a hacernos regañar... todo, Martín, vas a poder hacer todo lo que quieras. Unos meses, nada más que unos meses.

El problema es que no podemos hacerlo solos. Necesitamos ayuda desde adentro para vencer a este monstruo... ¿entendés lo que quiero decirte? Necesitamos que nos ayudes. No puedo darte más información, pero el trabajo que tendrías que hacer sería, como mucho, mínimo. Tanto como abrir un frasco en el lugar adecuado. Si lees esta carta, llamame, Martín, por favor, para saber que cuento con vos. Juntos podemos arreglar este asunto, y volver por fin a nuestras vidas normales. Llamame.

Besos, abrazos, cosquillas...

Papá.

Seco un poco de alegría con la manga del mameluco, guardo la carta y decido dormir.

** **

Apretujado entre galletitas a medio comer y telarañas a medio tejer, espera en su caja de madera a que su dueño tenga la edad suficiente para rescatarlo. No parece importarle tener una oreja atravesada por un clavo oxidado, ni estar perdiendo la costura de uno de sus botones-ojo, ni que parte de su relleno intente escapar por su abdomen. Nada lo altera o desconcentra ahora que tiene tiempo para hacer lo que siempre hizo y hace mejor: absolutamente nada. Afuera, su caja rodeada de miles similares tiene impreso el código 0574j.

III

Pienso acostado en la misma cama matrimonial de siempre.

Nuestra vida no podría ser peor. No puedo imaginarme una situación en que sufriríamos más que mañana, y pasado, y el que sigue. ¿Cómo puede ser que llegamos a estar tan inundados de mierda? ¿Cómo hicimos para no darnos cuenta? ¡Para votarlo! ¡Reelegirlo!

Todo se derrumbó ese mismo día. Fue en vano intentar escondernos y escapar a algún lugar seguro: nos encontraron con las valijas en las manos, y se lo llevaron. Ceremoniosamente, lo vistieron con el mameluco amarillo que seguro todavía usa, le explicaron la situación a su manera y se lo llevaron por la puerta por la que salíamos a jugar a la plaza cada tanto. Así de fácil, con el estruendo de esa misma puerta, nos despojaron de nuestro hijo.

Cuando disipó toda la confusión de lo que había pasado, nos dimos cuenta: estábamos otra vez solos, como hacía nueve años, y debíamos remediarlo. Teníamos una necesidad... matemática, estadística, por así decirlo, de volver a engendrar. Hasta ese momento ni siquiera se nos había cruzado por la cabeza; con uno teníamos más que de sobra. Pero nos fue inevitable. Tuvimos que tener esos dos niños que ahora duermen en el cuarto de al lado, dos niños que ni siquiera sentimos nuestros, que nos parecen desconocidos. ¿Para que esforzarnos, si dentro de unos pocos años van a llevárselos? ¿Qué sentido tiene, si cuando se jubilen no querrán saber nada de nosotros? Darles lo mínimo de comer, dosificarles el cariño, evitar bañarlos y mantenerlos atados me parecen medidas demasiado estrictas, pero ella lo quiso y lo quiere así. No acepta otra forma. Cuando duerme, o la duermen las pastillas, me les acerco y les hablo, les comparto los pocos chocolates que podemos conseguir, y a veces hasta les cuento una historia. No puedo evitarlo, por más que quiera.

Fue un folleto anónimo el que me llevó a lo que ahora es la organización. Un día cualquiera de un mes que no recuerdo, alguien dejó pasar bajo la puerta un papel mal recortado y mal fotocopiado, que anunciaba una reunión de jubilados dentro del edificio. Mis opciones en esa noche eran escuchar sus desvaríos sobre los niños o atender al llamado, así que me decidí por la última. Llegué y eramos cinco. Charlamos, compartimos algunas penas, y nos prometimos derrocar, de la forma que fuera, al tirano que había confiscado a nuestros hijos originales. Fuimos sumándonos a otras reuniones, de otros edificios, e incluso de otros barrios; algunas más extremistas que otras, pero todas con el mismo objetivo en mente: desplazar al payaso a cargo y a su circo de tortura infantil. Una especie de résistance a la bananista. Hoy, años después, el plan está listo. Si todo sale bien, la pesadilla podrá terminar en unos días.

Pienso emocionado en la misma cama matrimonial de siempre cuando el timbre del teléfono me interrumpe. Atiendo rapidísimo para evitar despertarla.

—Ho... Hola, ¿quién es?

—Hola... soy yo, papá. Martín.

La sacudo con fuerza y mis ojos le hacen saber quien es el que está del otro lado de la línea. Rompe en llanto.

—¡Martín! ¡Hijo! ¡No lo puedo creer! ¿Estás bien? ¿Cómo te tratan ahí? ¿Muy mal? ¿Nos extrañás? ¿Te alimentan bien, Martín? No estás enfermo, no te pasó nada grave ¿no? ¿Martín?

—Si, papá... estoy bien, me alimentan bien.

Suena lejano, con interferencias, y las cuestiones técnicas del aparato telefónico no parecen estar involucradas.

—Martín, no tenés una idea de cuanto me alegra escucharte decir eso. De lo bien que me hace. En serio, Martín, te extrañamos muchísimo, no podemos vivir sin vos. ¿No querés que te pase con tu madre? Se muere por hablarte...

—No tengo mucho tiempo, papá.

—Está bien, entonces aprovechémoslo. Escuchame... te llegó mi carta, ¿no? ¿la leíste toda?

—Sí.

—¡Qué bien! ¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—¡Cómo que entonces qué, Martín! ¡No seas tonto! ¿Nos vas a ayudar a sacarlos de ahí o no?

—Ah... con respecto a eso, papá, estuve pensando... y no creo que sea la mejor idea. Me parece que no es lo que nos conviene a todos.

No puedo siquiera intentar responder. Él continúa.

—Acá soy feliz, papá, acá tengo algo por lo que vivir, algo por lo que levantarme temprano todas las mañanas. ¿No me decías vos que uno tiene que esforzarse al máximo para tener éxito? ¿Y que a veces hay que hacer algunos sacrificios? Bueno, ¡tus consejos no podrían funcionar mejor!

—Pero... ¡pero Martín! ¡No seas estúpido!

—No me insultes, papá. Ya no soy un chico, ¿sabés? Tengo trece años, por si te olvidaste. Lo que te estoy diciendo es cierto: acá soy feliz, mucho más que cuando estaba con ustedes...

El teléfono cae al piso; ella me mira, esperando noticias, y el otro lado de la línea sigue con su monólogo.

—...y por eso no voy a dejar que arruinen todo. Una de mis responsabilidades como Sub-Supervisor de Embarques es el denunciar posibles amenazas a la seguridad del sector, papá, y no tengo otra opción que reportar tu carta al superior de mi área. No es una cuestión personal, es sólo que... ¿estás ahí, papá? Bueno... qué importa. Espero que me entiendas, ahora, o dentro de algún tiempo. Es por eso que quería llamarte. ¡Ah! Mandale saludos a mamá. Buena suerte.

Y tocan –patean– la puerta.

4

Apenas si le entran los billetes en los bolsillos. Hoy no intenta ni necesita impresionar a nadie: ni medallas, ni uniforme almidonado, ni pelo brillante hacia atrás; sólo gafas oscuras y ojeras disimuladas. No piensa untar nada sobre su pueblo, sino escupirles lo que él cree que se merecen. Suda y las cámaras comienzan la transmisión. Ellos deben escucharlo por radio.

—Camaradas; amigos, amigas: buenas noches. Esta vez no vengo a hablarles como un ciudadano más. En este mensaje de emergencia voy a desempeñar, como nunca antes, mi cargo de Presidente de la República Bananista de Acanomás. No voy a presentarles medidas emocionantes para la estructura de nuestra sociedad, ni a felicitarlos por un trabajo bien hecho. No, señores, todo lo absolutamente contrario: estoy aquí para informarles que por más que lo intenten, por más que sacrifiquen su vida para derrocar este sistema perfecto, no van a lograr ni arañarnos. Nada, nunca, de ninguna forma va a hacernos caer. Entiéndanlo de una vez.

Cómo odia que quieran arruinarle el negocio.

—Hace apenas unos días, personal de inteligencia bananista me advirtió sobre un futuro intento de revolución que parecía estar gestándose en las ciudades más importantes de la República. Aparentenemente, algunos “ciudadanos”, en estos años, pensaron que lo mejor que podían hacer para aportar a su sociedad era reunirse en secreto, entrenarse en tácticas terroristas y prepararse para sembrar el caos dentro de su país. Escucharon bien, compañeros. Este grupejo de gente planeaba no menos que liberar el mismo hongo que eliminó a todas las plantaciones de banana extranjeras, y vaya uno a saber por qué motivos egoístas. ¿Pueden creerlo? En lugar de aprovechar el referéndum anual, prefirieron conspirar en contra del Bananismo y evitar la sagrada vía democrática. Si no los deteníamos a tiempo, el horrible Fusarium oxysporum hubiera disfrutado de manjares en cada una de las plantaciones de nuestra principal materia prima; en menos de dos meses, la República Bananista de Acanomás habría dejado de existir.

Y cuánto le cuestan las palabras en latín.

—No pienso extender este mensaje más de lo que haga falta. Sobre todo, quiero informarles a ustedes, a los verdaderos ciudadanos de este modelo impecable de República, que la amenaza ya fue desactivada y que todas las personas involucradas fueron trasladadas a sectores apropiados. No se preocupen, que estamos más que preparados para enfrentar este tipo de situaciones. Duerman tranquilos, compatriotas, que nosotros, como siempre, nos encargamos de cuidarlos.

Y qué bien exprime el paternalismo.

—Y para ustedes, basuras, terroristas, que ahora me están escuchando, tengo una sorpresa especial. ¿Piensan que van a pasar algunos años en la cárcel, que vamos a interrogarlos hasta que se quiebren, que pretendemos castigarlos de alguna forma horrible? Bueno, si es así, lamento decirles que se equivocan. Mañana serán liberados bajo vigilancia y regresarán sin problemas a sus vidas normales. A ustedes, créanme, no les va a pasar nada: serán sus hijos los que sufrirán las consecuencias de su patético intento de revolución. Todo trabajador con sangre terrorista será desplazado de su lugar de trabajo, y silenciado hasta nuevo aviso. Yo que ustedes, basuras, no esperaría mis jugosos cupones el próximo mes. Y si acaso se preocupan por el futuro del Bananismo, dejen de hacerlo, señores, que fuerza de trabajo nos sobra.

Y no puede, ni quiere, evitar sonreír.

 
 
Encastres

¿Qué podría esperarse de una sala que desde su nombre evoca una de las actividades más aburridas y saturantes que la burocracia moderna obliga sobre los hombres? Absolutamente nada. Todo dentro de ella se organiza para que sus huéspedes temporarios se concentren en esperar, o a lo sumo aguardar: el olor a desinfectante esencia manzana, las revistas recortadas en secciones aleatorias, los relojes de bordes negros o blancos que nunca avanzan, las sillas que rechazan cualquier tipo de acolchado confortable... todo, mueble o inmueble, se diseña con la incomodidad del usuario en mente.

Esta, en particular, no me molestaba en exceso. Esperaba allí un examen de rutina, nada grave o preocupante; estaba de buen humor, y tenía tiempo de sobra para aburrirme. Justo enfrente, en la falda un poco hinchada de su madre, un niño de unos cuatro años había quebrado la resistencia al entretenimiento que generaba la sala: contento, sostenía entre sus manos un pedazo de madera tallado con formas geométricas, y tres piezas rojas, también de madera, que coincidían en cada una de ellas. Un juego de encastres bastante sencillo, cuyas capacidades distractivas se veían exaltadas a causa del contexto. Al principio, no parecía entender muy bien el objetivo del juego, y sólo sonreía, pegaba algunos gritos y agitaba los pedazos de madera. Con eso era suficiente. No para su madre: detrás de las ojeras, después de un tiempo, decidió explicarle las reglas del asunto y terminar por fin con los saltos y la tortura hacia sus muslos. El chico entendió. Encajó y desencajó una y otra vez las piezas en las partes correspondientes. Cuadrado con cuadrado, triángulo con triángulo, estrella con estrella. Era un buen jugador. Lo hizo varias veces, hasta que las limitaciones fueron evidentes: cuando cada pieza estaba en su lugar, cuando el circuito se cerraba, no había mucho más que hacer, todo perdía su encanto. Dejó el juego de lado y lloró un poco. Estaba enojado. Tironeó en vano del brazo de su madre, que había encontrado en un crucigramas una forma más adulta de entretenimiento. Miró a los lados, arrancó un pedazo de gomaespuma de la silla, y no pudo evitar olerla. Sin nada más que hacer, decidió agarrar el juego e intentarlo una última vez. Ahora sonreía distinto. Metódico, tomó el triángulo rojo y astilló la madera hasta que encajó en la silueta tallada en forma de estrella; extasiado, se volvió hacia la estrella roja y presionó hasta romper sus puntas y encastrarla por fin en el cuadrado deseado. Gritó de alegría. Nilo, reflexionaba su madre, tiene que ser Nilo... ¿por qué carajo no entra? El cuadrado prometía ser un desafío mucho mayor, y no lo amedrentaba: la pieza encajaría en el espacio del triángulo, de la forma que fuera, rompiendo lo que hubiera que romper. Ya era más que un juego.

Cuando estiraba el brazo para tomar la pieza faltante, cuando comenzaba a juntar fuerzas para intentarlo, cuando calculaba el ángulo perfecto para lograrlo, llamaron su apellido. Su madre se levantó, dejó la revista tachada de lado, suspiró, y se lo llevó a la fuerza. Él volvió a llorar. Y yo a aburrirme.

 
 
Líneas rotativas

Cada piso del Organismo está dividido en cincuenta cubículos iguales; en cada cubículo se acomoda, como puede, un teléfono, una silla y su operario; en la cabeza de cada operario resuenan, todo el tiempo, fragmentos de las palabras que el Supervisor General necesitó gritar en los días de entrenamiento:

¡La nuestra es una misión hu-ma-ni-ta-ria! Somos, créanme, el único Organismo de este tipo, los pioneros en este fértil campo; somos, y desde hoy serán, los únicos que tienen la capacidad organizativa para proveer este inmejorable servicio. ¡Sí, amigos, los únicos capaces de sostener una línea nacional de ayuda al suicida sin cargo! No tenemos ni una pizca de competencia, ni una ley que amenace nuestro funcionamiento. Seamos sinceros... ¿a quien se le ocurriría clausurarnos?¿Que sería de la gente? Somos im-por-tan-tes. Acostúmbrense.

Ahora, a lo formal, muchachos: cada uno de ustedes tiene asignado un cuaderno rojo, de encuadernación aceptable, que será su primera y única biblia de acá en adelante. En él van a poder encontrar, además de soluciones sencillas a dilemas morales complejos, las reglas básicas de convivencia, los criterios de adornos aceptables para cubículos y, sobre todo, la metodología recomendable para la rápida resolución de crisis suicidas. Es este último punto el que nos caracteriza: no sólo somos el único Organismo capaz de proveer una función tan esencial como la ayuda a suicidas, sino que fomentamos la creatividad, la innovación, la vanguardia en métodos alternativos para frenar este terrible mal. Si abren el cuaderno en la pagina setenta, se darán cuenta que los métodos recomendables están escritos en lápiz. Los incitamos, entonces, les rogamos que agreguen, borren o alteren lo que les plazca. A prueba y error. Y si su método resulta ser efectivo, ¡podríamos incluirlo en la próxima edición!

Bueno, compañeros, eso es todo, bienvenidos a la gran familia... ¡ah! y una cosa más: en el anexo incluimos las características y tarifas de cada paquete de ayuda sostenida –opcional– para suicidas. De sus ventas globales dependen sus salarios. A más suicidas en tratamiento, más dinero a fin de mes.

¡Vamos! ¡Adelante! ¡Ánimo! ¡Y no dejen que se nos muera ningún cliente, eh!

Interno #82

En uno de los cubículos laterales, de los pocos azotados por las corrientes de frío que escupe la puerta de entrada, un operario novato atiende nervioso su primera llamada. Transpira. Su cuaderno no tiene ni una mancha, ni un borde doblado.

— Ho... hola... Bienvenido a la línea nacional de ayuda al suicida, ¿qué se le ofrece?

— ¿Qué se me ofrece? ¡Qué se me ofrece! ¡Nacer de nuevo se me ofrece! Estoy harto, harto, harto, ¡harto!

— Tranquilo, señor, tranquilo, estamos aquí para ayudarle...

— ¿Ah si? Ayudarme... ¡Bah! dígame, joven, ¿puede usted recuperar veinte años de mi vida? ¿Puede?

— N... no... no, señor, creo que no ofrecemos ningún tipo de recuperación anual en nuestros planes... pero podemos ser un buen apoyo emocional para momentos difíciles como este... ¡Señor, piense en todo lo bueno que tiene, todo lo que aún conserva, todos los años que le quedan por vivir!

— Cáncer. Eso es lo mejor que tengo. ¿Qué le parece? ¡Qué lindo!

No encuentra palabras.

— No me está ayudando ni un poco, joven.

— Perdón, señor... déjeme transferir su llamada a un operario con más experiencia. Ha sido un gusto atenderlo.

Interno #43

En un cubículo cualquiera, más cercano a la parte central del edificio, suena el teléfono hasta que su operario se aburre de soportar el ruido y decide atenderlo. Bosteza. Su cuaderno hace las veces de un excelente posavasos.

— ¡Hola! ¿Si? ¿Quién es? ¿Hay alguien ahí? ¿Qué quiere?

— Transfirieron esta llamada... el joven anterior no pudo conmigo.

— ¡Oh! ¡Mire usted que interesante! ¡Cuénteme más!

— ¿Qué? ¿Qué más quiere que le cuente? El otro era un poco idiota, nada más.

— ¡Excelente!

Ni un sonido.

— Sea bueno y espéreme un segundito, por favor, ¿si? Voy a pasar esta llamada a uno de nuestros operarios avanzados. Él seguro podrá solucionar su problemita... ¡Quédese tranquilo! ¡Fuerza!

Interno #11

En uno de los cubículos más cómodos, de los pocos mimados por las estufas y con características acolchadas, titila la luz roja del teléfono, que insiste hasta que el operario responsable decide apagarla. Sonríe. Su cuaderno está despedazado, reescrito y pegado en las cuatro paredes de madera falsa.

— Hola, bienvenido y disculpe a los operarios anteriores por su ineficiencia.

— No, está bien, no hay problema...

— A ver... ¿me podría decir cual es el problema? Justifique el tiempo que le estoy dedicando.

— Bueno, es que... me siento mal... estoy harto... no quiero continuar...

Ambos escuchan un exagerado suspiro.

— Se siente mal... pobrecito. A ver, ¿qué es lo que le pasa? ¿por qué se siente tan mal?

— Todo me pasa. Todo. Mi esposa me dejó, mis hijos me odian... ni siquiera le intereso a mi perro. Y el cáncer... el cáncer que no para de avanzar, de comerme por dentro.

— ¿Y eso es todo? ¿Tener cáncer es lo más grave que le sucede?

— Sí. ¿Acaso le parece poco?

— No, no necesariamente... veo, en verdad, una falla en su enfoque: no creo que el suicidio sea la solución más efectiva al problemita que lo aqueja. No es práctico. Después de todo, ¿cuántos años le quedan de vida? ¿Dos, tres? ¿Cuatro, exagerando?

— Sí, más o menos.

— Bueno, ¿entonces? Si se va a morir en unos pocos meses, si le quedan apenas unas horitas de vida, ¿qué sentido tiene tomarse el trabajo de suicidarse? ¡Dése el gusto! Amenace a su esposa, desherede a sus hijos... ¡castre a su perro! Lo mejor que puede hacer es desquitarse, suicidar su vida y no a usted mismo. Créame, sabemos de estas cosas.

El silencio inunda de nuevo la línea.

— Tiene razón. Tiene toda la razón. ¡Es justo lo que voy a hacer! ¡Van a ver, hijos de puta! ¡Perro de mierda!

— ¡Ese es el espíritu!

— ...¡de mierda!

— Ahora, hombre, no crea que ya está curado. No nos engañemos. Unos minutos de diálogo no van a disuadirlo de la idea de suicidarse a sí mismo. Lo que tiene que hacer, amigo, es contratar nuestro mejor plan de asistencia al suicida. Nosotros nos vamos a encargar per-so-nal-mente de llamarlo una vez por semana, a una hora específica, para asegurarnos de que esté vivo y de que quiera seguirlo estando.

— No, no me hace falta, muchas gracias. Ya me siento mejor. ¡El sistema funciona!

— Creo que no entiende, compañero: no depende de usted. Ya mismo estoy anotando su número de teléfono; en unos días le llegará la primera factura. ¿Qué plan prefiere, el especial o el extra? Debo aclararle que son, como mínimo, anuales.

Le permite unos segundos para pensar.

— El... el extra...

— ¡Perfecto! Gracias por aprovecharse de nuestros servicios, señor. Ahora mismo estoy transfiriendo esta llamada a otro de nuestros operarios.

— Muchas gra--

Y otra vez la música de ambiente.

 
 
(Des)Dobleces

Las restricciones propias de los discursos hacia los finados habían sido respetadas, hasta ese momento, con toda la mesura que requería el caso. La abuela, que arrastraba un bastón y unos noventa años, había destacado la característica bondadosa-generosa de su querido nieto, a quien recordaba donando dos pesos para ayudar al África en general. La tía, que parecía petrificada en vida, siempre adornada con su broche de oro falso, había reído viejos baños nudistas en el riachuelo cerca del pueblo. La hija lo había intentado, había hecho un esfuerzo por ir hasta aquella iglesia, pasar por la interminable fila de bancos de madera y pararse frente a la multitud de desconocidos para hablar maravillas de su padre. En vano: diez minutos de llanto desconsolado bastaron para que se dieran cuenta de que no hablaría. La conclusión de los tres discursos fue la esperable. En pocos adjetivos, habíase perdido un hombre bueno, generoso, maravilloso, amoroso y una casi infinita lista de osos.

Nada había roto aún lo previsible de la escena: ni la iglesia demasiado grande, ni la multitud opaca, ni la hija desconsolada, ni mucho menos el féretro a medio abrir. Todo encajaba en su lugar, y todos se sentían cómodos en su tristeza. Ya conocían la rutina, sabían como comportarse, y no querían que nada, ni nadie, alterara los caminos posibles del día.

Fue ella la responsable del cambio de rumbo. La viuda. Una morocha, de espaldas anchas y ojos verdes, que había, en su parecer, malgastado la mitad de su vida con el pedazo de carne que ya empezaba a pudrirse dentro del cajón. No había sido invitada. Nadie pensó que podría llamarle la atención aquella velada; pero le interesaba, y mucho. Furtivamente, entró a la iglesia y se escurrió a través de los exagerados bancos de madera. Cuando sintió que era el momento justo, el momento de su venganza, dejó el sombrero negro en el banco, subió al atril y empezó su descargo gritando:

— ¡Mienten! ¡Todos ustedes mienten! ¿No les da vergüenza, reunirse, ratas, en este lugar sagrado, para discutir las supuestas beldades de este pedazo de abono? ¿Eh?

El dedo índice relució su anillo y cumplió su función sin problemas. Todos entendieron a quien se refería.

— ¿Así que ahora quieren hablar del señor? ¿Seguros? ¿No llegan un poco tarde? Bueno, a ver, discutan esto: ¡ese hombre estaba loco! Mastíquenlo: ¡Loco! ¡Era un idiota!

Tal aseveración causó caras de horror generalizadas, y requirió de numerosos abanicos para calmar a la abuela. El acusado no emitió opinión.

— Todos lo recuerdan como un hombre amable, capaz, dedicado a sus hijos y a su trabajo... en fin, un modelo de padre, de ciudadano, de Persona, ¿no? ¿no es cierto? ¡Lo es! Pero, ¿Saben que es cierto, también? ¿Saben, por ejemplo, que después de aquellos domingos de obligadas cenas familiares, él se encerraba en su estudio a trabajar en su gran “proyecto” por días enteros? ¿Sabían? No, claro, claro que no sabían. No: él era perfecto. Inmaculado. Una maravilla. Hasta su cadáver irradia perfección. ¡Bah!

Estaban todos paralizados, menos el tío mayor, quien consideró seriamente la idea de bajarla por la fuerza del atril. Era inaceptable que manchara de esa forma la memoria de su sobrino; además, la abuela no resistiría otros ataques a su amado nieto. Dudó, y decidió dejar de lado la idea. Lo único que faltaba era que se lastimara otra vez la columna. Suspiró: se sintió viejo.

— Ahora, déjenme contarles mi, ¡LA!, verdad. Ustedes, ciegos, sólo conocen la imagen perfecta y sin fisuras que se acostumbraron a creer. Yo, en cambio, que tuve que sufrirlo, todos los días, a ese supuesto hombre que hoy homenajean, fui la única que realmente lo conoció. ¡Si supieran! ¡Horas, horas y horas encerrado en ese cuartucho de mierda! Y lo peor: ¡escribiendo!

¿Escri...? pensaron todos, al unísono. Alguien tosió.

— Van a tener que escucharme. No dejarían solo a su querido hijo-primo-padre-nieto-amigo justo en este día, ¿no? No, claro, él no se lo merecería. Pobrecito...

“Voy a explicarles. Todo empezó un... Domingo, si mal no recuerdo. No sé bien que fue lo que desencadenó su obsesión, realmente no lo sé, pero de repente decidió dejar todo de lado y dedicar sus días a la búsqueda intensiva del “verdadero” límite de dobleces de una hoja. ¡Lo que oyeron! Había leído, o visto, que es simplemente imposible doblar un papel por la mitad más de seis o siete veces, sea cual sea su tamaño. Valeroso, como habrán ya mencionado, quiso demostrar justo lo contrario y obtener al menos ocho dobleces en un mismo papel, cueste lo que cueste. “Que inofensivo”, piensan, lo sé, los huelo.

Sonrieron.

— Inofensivo las pelotas: nuestro presupuesto se diluyó en gastos de papel cada vez más fino, que supuestamente lo ayudaban a acercarse un doblez más a su objetivo. Ahora, gente, ¿no les parece una actitud un poco inestable? ¿No creen que su querido hijo-primo-padre-nieto-amigo sufría algún tipo de desequilibrio químico? ¿No les parece? Vamos... no sean tímidos. Sé que quieren darme la razón.

Las sonrisas cesaron, y el recuerdo de aquellos días causó un nuevo estallido de llanto en la hija, que parecía estar a punto de desmayarse. No podía controlar su cuerpo. Temblaba y se ahogaba en sus lágrimas.

— Cállenla, por favor. ¡Me distrae!

La callaron.

— Continúo: su proyecto de doblar papeles más allá del doblez siete no dio resultado. Después de varios meses, varios miles y varias pilas de papel doblado, por fin cayó en la cuenta de que no lograría absolutamente nada. Ese fue el punto exacto del comienzo del fin. Desde que aceptó su derrota, no me dirigió la voz, ni comió, ni durmió por semanas. Lo único que le preocupaba era abordar su posible record de dobleces desde un nuevo y original enfoque. E, irónicamente, fue la solución el verdadero problema. Podía entender que tuviera un hobbie, aunque fuera el de doblar hojas por la mitad, aunque gastara todo su sueldo en especulaciones de gramaje. Me costaba, hacía el esfuerzo por entenderlo... pero cuando me contó que, en sus palabras, “los dobleces serían escritos”, y que “se traducirían en quiebres textuales”, no pude soportarlo. ¿Qué carajo significaba eso, a ver, puede alguno de ustedes explicarme? ¿Eh? ¡Quiebres textuales! Había perdido la cabeza, evidentemente. Dejé de cocinarle. Ya no era la misma persona: era un ente, un fantasma de lo que hoy ustedes remarcan y de lo que yo alguna vez había amado. No calificaba como persona. ¿Ahora entienden por qué tuve que irme?

Nadie respondió, pero el odio que escupía por los ojos hizo dudar, al menos por unos minutos, a la gran mayoría de los presentes. Tal vez el muerto tenía vetas de imperfección. En realidad, ya no le afectaba a nadie: sólo faltaba algún que otro sermón lluvioso en el cementerio, varias capas de tierra fresca y un par de gusanos, y podrían volver a sus casas. Se olvidarían del discurso de la viuda al día siguiente.

La dejaron sola en el atril. Hubiera querido seguir desahogándose, seguir contando todas las verdades que tenía guardadas, pero la abandonaron, uno por uno, por la puerta adornada de la iglesia. El ruido de los bancos al moverse y el de los zapatos contra el mármol terminaron por callarla.

Bajó del atril y se acercó al cuerpo inmóvil. El cadáver tenía una expresión extraña. Parecía sonreír, pero no con la sonrisa que ella había conocido y vivido, ni siquiera la de las primeras salidas. No: era una completamente distinta, como de satisfacción, como si su boca hablara de un alivio inmenso en su cerebro. Estaba feliz. Muy muerto, pero feliz.

Antes de irse, vio un papel que asomaba del bolsillo frontal del único –y por ende mortuorio– traje de su antes marido. Desdobló seis, o siete veces el papel, y leyó:

Intento #57

Estoy solo, otra vez, en este cuarto de mierda, creyendo que voy a lograr quebrar el límite. Bueno, no puede hacerme daño el intentarlo una vez más... ¿no? Tomo mi pluma gastada, la pruebo en un margen de la hoja doblada y escribo sobre otro hombre cualquiera quien

..................Camina tranquilo, a la noche, cuaderno en mano, por una de las calles olvidadas de su ciudad. Nada le preocupa. Divisa un banco vacío, alumbrado, y se sienta. Aunque haya perdido días y años imaginando cuentos que nunca pudieron terminarse, no se rinde y continúa pensando la historia de su querido personaje, al que la memoria de las

Bombas que pasan volando a metros de nuestras cabezas, morteros que nos amenazan constantemente. No podemos hacer más que esperar el horrible e inevitable final. Escuchar el silbido del misil acercándose, el calor de la arena golpeándonos, la desesperación de los niños que dejaron a nuestro cuidado y ¡BUM! No encontrarán nada más que

....Escombros. Cuando llegamos no había otra cosa que no fuera una aleación de ladrillos, vidrios rotos y madera quemada. No nos molestamos en buscar sobrevivientes: era simplemente imposible que alguien escapara a ese tipo de incendio. Pero no me importaba, en realidad. Sólo podía pensar en ella. ¿Qué estaría haciendo, en que

...............................................................................Carajo estabas
pensando? ¡Me voy dos días y lo tomás como un pase libre para hacer lo que se te canta con la casa! ¿Estás loco? ¿Cómo se te ocurre hacer una fiesta justo un día antes de que vuelva? ¿O acaso pensabas que no me iba a dar cuenta? Ah no, no, esto es increíble: rompieron el jarrón de la

....................................Dinastía Ming: precedida por la Yuang y sucedida por la Qing tras largas batallas rebeldes, reinó parte del territorio que hoy conocemos como China desde 1368 a 1644 y, entre otras cosas, revolucionó la agricultura y, sobre todo, el comercio internacional. Sin embargo, hoy son reconocidos y recordados como los impulsores de una de las siete maravillas del mundo, la Gran

........................................................................¡Mierda! ¡Otra vez! ¡Otra puta vez tenía que cortarme! ¡Soy un pelotudo! ¡Siempre lo mismo! ¡Siempre me pasan este tipo de

Estupideces, estás diciendo estupideces. Date cuenta. Venís a plantearme todos los días una excusa distinta, todos los días una coartada diferente para evitar un posible raje. Ah, pero estaba vez no, ahora sí que perdiste. Voy a saborear cada una de estas palabras, pronunciar perfectamente todas sus sílabas y relamerme con el resultado. A ver, repetí conmigo... estoy

..........................Muerto.

 
 
Selección-Combinación

La efectividad de la palabra “tranquilidad” –y de sus muchos conjugados– dentro de las discusiones cotidianas es, exagerando, escasa. Técnicamente, su función es la de apaciguar los ánimos, desalentar los tonos elevados y, en teoría, permitir llegar a conclusiones constructivas. Sin embargo, para la infortuna de los discutidos, suele provocar reacciones completamente opuestas a las que debería. Tanto, que apenas es mencionada, apenas siquiera la sílaba “tran” comienza a escaparse entre los dientes, se cierra la discusión. El discutidor, si es astuto, se aferra a la palabra, y no la suelta hasta lograr que el discutido salga de su casa masticando su arrepentimiento. Su mención es, en definitiva, el punto de inflexión a favor del discutidor. Ejemplo al azar:

— Bueno... pero... bueno, che, tampoco es para tanto, no exageremos –dijo, creyendo que aún podía salvarse, despeinado, saltando en una de sus piernas e intentando volver a ponerse el pantalón– ¡Ella no significa nada!

— ¿Que no es para tanto? ¿Que no significa nada? ¿Te encuentro acostado con esta rubia teñida y tenés el valor para atajarte? ¿No te da vergüenza? ¡Dios sabe qué tenés en la cabeza! –gritaba, agitando los brazos. No había forma posible de calmarla.

— Bueno... amor... tranq...

Hubo un silencio. Él palideció, entendiendo, interrumpiendo su error; ella abrió los ojos, tomó carrera, y dijo:

— ¡Tranquilizate! ¡Ibas a decir tranquilizate! ¡Tenés las pelotas para mandarme a que me tranquilice! ¡Andate ya de mi casa! Y vos, asquerosa, ¡andate con él! ¡Ni me mires!

El ruido de la puerta retumbó en todo el edificio y despertó, una vez más, al perro del portero.

No importa la aparente calma del contexto, ni la suavidad del tono, ni las buenas intenciones del discutido. Nunca funciona.

 
 
Parquedad

(o cómo morir en el intento)

Esquivar folletos requiere tácticas delicadas. Uno camina, tranquilo, por alguna avenida transitada y, de repente, ahí está: a veces un, a veces una, joven, con una pila de pequeños papeles de colores en la mano, que espera sonriendo que alguien acepte caer en sus garras. No le importa que la publicidad funcione, ni siquiera que lean de qué se trata; sólo necesita que, cada tanto, alguno de los transeúntes se ofrezca. Pero nadie lo hace: nadie, nunca, a menos que no tenga otra opción, acepta el folleto. Prefieren cruzar la calle, meterse por algún recoveco de un kiosco de diarios, toser en el momento exacto o escarbar en su nariz. Todo sea por evitar recibir aquellos pedazos de papel. Mi opción preferida es, siempre que sea posible, las manos-en-los-bolsillos. Es una cuestión de comodidad.

Ese día me fue imposible esquivarla, a aquella folletista. Caminaba sin muchas preocupaciones, sin un lugar donde llegar, cuando la divisé en la esquina. Apliqué mi técnica predilecta, pero completamente en vano: sonriente, en un movimiento que aún hoy me cuesta comprender, metió tres folletos en mis bolsillos. Se ve que tenía experiencia en el arte de obligar publicidades. El primero, sospechosamente blanco, prometía sesiones de tarot garantizadas en contra de futuros desamores; el segundo, azul, ofrecía mujeres limpias, jóvenes, depiladas y, en mayúsculas y en un tamaño de fuente superior, muy baratas. Arrugué y tiré ambos papeles en el cesto más cercano. No me hacían falta. El tercero, rojísimo, en cambio, gritaba algo interesante:

¿Deprimido? ¿Harto? ¿Solo? ¿Cansado de esta vida? ¿Necesitando una nueva salida, una nueva opción?

Podría haber respondido afirmativamente al menos tres de aquellas cinco preguntas. Continuaba en forma apocalíptica:

Vivimos en un mundo sin sueños, sin ambiciones ni sorpresas. Dominados por el miedo, dejamos pasar nuestros días por simple precaución, evitando todo riesgo, todo peligro. Vivimos esperando lo inevitable, lo que tanto tememos: morir. Vivimos muriendo.

¡Pero podemos, al menos nosotros, salir de este círculo! ¡Amigo! ¡Amiga! ¡Sabemos cómo! Diríjase al Centro para Estudios Mortíferos, y pregunte por nuestro afamado curso acelerado: “Cómo morir: ejes del fenómeno mortífero”.

¡Lo esperamos!

Doblé el papel por las puntas y lo guardé en el bolsillo de mi saco. Volví a leerlo unos metros más adelante. Gritaba algo interesante, sin dudas.

Esa noche, después de comer, boca arriba, acostado en mi cama de plaza y media, tuve que admitir que el título del curso me generaba una intriga enorme. Sobre todo aquello de los “ejes del fenómeno mortífero”. Lo recuerdo porque el acolchado picaba muchísimo. Cedí a la tentación y dejé que la publicidad hiciera su trabajo: decidí, ahí mismo, que a la mañana siguiente me dirigiría al Centro para Estudios Mortíferos, que por suerte quedaba a unas pocas cuadras de mi departamento, y me anotaría en el curso. Dormí muy bien, más allá del acolchado.

El Centro no era realmente lo que esperaba. Había soñado, la noche anterior, con una recepción muy espaciosa, llena de plantas, espejos y cuadros de pintores genéricos. Pero no, nada de eso; más bien, todo lo contrario: era una casucha, bastante venida a menos, inundada de humedad y de rajaduras en las paredes. Ni siquiera tenía el número reglamentario en la calle. La recepcionista no desentonaba en su contexto, por supuesto. Después de esperar unos veinte minutos sentado en lo que parecía un intento de sillón, me hizo llenar unos formularios y pagar por adelantado las tres únicas clases.

Ya no había escapatoria. Comenzaría la próxima semana.

Lección desambiguante

La intriga me carcomía. Había pasado una semana entera imaginando la primera clase, como sería el profesor, que tipo de gente asistiría, que textos tendría que comprar y tantas otras cosas insignificantes. Por fin, disfrutaba las tres cuadras hasta el Centro para Estudios Mortíferos. Llevaba, contento, mi cuaderno, una birome, y un lápiz, para las anotaciones de menor importancia. Estaba listo, concentrado. Quería aprender a salir del círculo, de una buena vez. Era en todo lo que podía pensar. El folleto seguía en mi bolsillo.

Mis ansias me hicieron llegar quince minutos temprano. Bueno, pensé, al menos así voy a tener tiempo de acomodarme en un buen asiento, cerca del pizarrón, pero no demasiado. Inquieto, pude analizar a cada uno de los alumnos que llegaban: ninguno destacable, excepto una rubia hermosa, alta, delgada, que parecía saber manipular todo a su alrededor. No entendía por qué razón alguien como ella asistiría a un curso así. Parecía feliz, sobre todo, cómoda en el cuerpo que le había tocado representar. Afortunada, esa era la palabra. No creí que necesitara las clases.

Analizándola estaba cuando finalmente entró el profesor. Otra vez la decepción: al igual que la recepcionista, no desentonaba en su contexto. Gordo, pelado, petiso e incómodo, sobre todo incómodo. Horrible. No escribió su nombre en el pizarrón. No quería que nos encariñáramos demasiado. No tenía el tiempo necesario.

Se aclaró la voz exageradamente para callarnos y, por fin, el curso comenzó de esta forma:

— Buenas tardes a todos. Bienvenidos al curso que va a cambiar la forma en la que viven. O, bueno, mejor dicho, la forma en la que mueren. Ya llegaremos a eso más tarde. Esta primera clase la dedicaremos entera y exclusivamente a la desambiguación con respecto a los objetivos de las próximas lecciones. Esto es porque tenemos, todos los años, un gran número de personas que se anotan por los motivos equivocados, esperando cosas que en realidad no son ni intentan serlo. Personalmente, culpo por este problema a unos folletos confusos, demasiado pretenciosos.

Palidecí.

— Como decía, esta clase va a ser puramente aclaratoria. Lo primero, primerísimo que deben saber es que no somos, ni seremos, una guía rápida para el cumplimiento efectivo del suicidio. Existen otros Centros que se ocupan de este tema. Así que, por favor, todos aquellos que se hayan inscripto con algún tipo de proyecto suicida en mente, les sugiero que se levanten y pidan un reembolso en recepción. No tengan vergüenza. Seremos discretos.

Todos miraron a sus costados. La chica rubia, que se había sentado al lado mío, me miró tristísima, casi desesperada. Transparente. Se levantó, recogió sus cosas y fue directo a la recepción. No volvimos a verla. Sonrío, el profesor, satisfecho, y continuó con su lección de muerte:

— Nunca falla, realmente. Por alguna razón, hay un gran porcentaje de personas que cree que podremos ayudarlos para ese tipo de cosas. Pero bueno… ¡qué se le va a hacer! ¿ayudarlos? ¡já! No, ya es tarde, ya se dieron por vencidos… En fin, superada ya esta advertencia harto necesaria, podemos empezar con nuestro planteo básico sobre el fenómeno mortífero. Lo que queremos es que ustedes sean los que planeen su muerte, cada uno de los detalles de su fenómeno mortífero particular, y que puedan vivir tranquilos sin esa duda monopolizándoles la cabeza.

Dio vuelta como pudo su inmensidad y dibujó dos lineas transversales en el pizarrón, dos ejes entrecruzados. Podía verlo perfectamente desde mi excelente posición. Me sentí envidiado por los últimos alumnos hasta que logré reconfortarme con un estridente y mental ¡qué se jodan! Procedió a explicar el gráfico:

— Lo que ven aquí es la clave, la llave, mejor dicho, de todo el curso. Si logran entender esto la primera vez, todo les será mucho más fácil y podrán exprimir al máximo lo que tenemos para enseñarles. Cállense, y escuchen.

Suspiró. Odiaba decir de memoria aquella explicación, y quería que nos enteráramos de ello.

— El centro del gráfico, el punto exacto en que ambas líneas se cruzan, esa es su muerte. A la línea horizontal se la identificará con la muerte-como-proceso, siendo el extremo izquierdo todas las muertes pasadas y el derecho las futuras que ustedes influenciarán; la línea vertical será, en cambio, identificada con la muerte-como-hito, siendo el extremo inferior el efecto en ustedes, como individuos, y el superior el efecto en la otredad. Tal vez les suene disparatado, en este momento, pero ya comprenderán. Este gráfico, estas dos lineas, estos cuatros extremos serán los que regirán sus vidas una vez que atiendan a las últimas dos lecciones. Los que puedan entender de qué modo funciona nuestro sistema y de qué modo aplicarlo a sus vidas, podrán salir del círculo, del temor a su muerte. Los demás, morirán como ratas. Sucios.

“Lo que planteamos es simple, en realidad, si escuchan como deben. Queremos formarlos para que mueran lo más cerca a su perfección posible, que todos los cabos de sus fenómenos mortíferos particulares queden anudados y sin fisuras visibles. Queremos que, sabiendo cómo morir, puedan disfrutar de su vida. Queremos que mueran en el intento.

Acentuaba con fuerza todas las S.

La media hora siguiente se derritió sobre temas nimios, como los métodos de pago –escasos–, el precio del libro de texto –excesivo–, la extensión de las clases –necesaria–, el régimen de asistencia –obligatorio– y de evaluación –inexistente–, y el respeto hacia la institución catedrática –infaltable–. Intenté comprender, en vez de escuchar aquella pérdida de tiempo, el gráfico que nos habían presentado. Aún no podía procesarlo del todo, por supuesto, pero no lo sentía inalcanzable. Tendría otra semana para pensarlo, hasta que fuera tiempo para la próxima lección.

Muerte-como-proceso

No pude evitar, en esos siete días, dar infinitas vueltas en la cama. No había forma alguna de que me sintiera a gusto entre las sabanas: me agobiaban, picaban, atrapaban. No podía escapar. Y lo peor era que esa imagen del pizarron verde, esa cruz, me atormentaba todo el día, toda la noche, todo el tiempo. No podía pensar en otra cosa que la muerte como proceso, o la muerte como hito, imaginando que podrían significar. Me preguntaba que habría querido decir el gordo asqueroso con lo de las muertes pasadas, y lo de las futuras influencias, y los hitos, y la perfección… ¡otredad!

Me estaba volviendo loco, en verdad. Perdía la cabeza. No dormí más de diez horas en esa semana. Apenas podía comer, por culpa de los pensamientos mortíferos, que me dejaban un gusto horrible en la boca. A monedas. Tuve que sobrevivir a sopas de níquel y fideos de cobre, sobre todo. Un asco.

Llegó otra vez el día en que debía atender a la clase. No caminé tranquilo, ni llevé demasiados útiles de estudio –pesaban demasiado-: corrí, en cambio, desesperado, unas horas antes que el Centro para Estudios Mortíferos abriera. Necesitaba que me explicaran, de una vez, que significaba lo que habían esbozado la clase anterior. Me era imposible continuar así.

Otra vez el profesor, todavía más nervioso que la lección pasada, dibujó el gráfico en el pizarrón. Hizo sólo el eje horizontal: ¡por fin!, pensé, ¡van explicarme lo de la muerte-como-proceso! Era un avance.

Ni siquiera esperó a que llegaran todos sus alumnos. Se lo veía ansioso, húmedo en cada uno de sus lugares sudables. Tosió de una forma desagradable y empezó, de nuevo:

— Veo que volvió la mayoría. Bien. Los que lleguen tarde no serán admitidos nuevamente en el Centro. Linda sorpresa se van a llevar, ¿eh? Se les devuelve el dinero, y listo. Tal vez debería haberlo aclarado la clase anterior… bueno, no importa, ya es tarde. Que se jodan, ¿no? Cierren la puerta. No perdamos más tiempo, que ya vengo atrasado.

Buscaba consenso. Lo consiguió, por supuesto, por pura inercia. Hasta aplaudieron, algunos. Yo sólo quería que explicara, de una buena vez.

— Bien. Todo listo. Podemos empezar. Hoy, como ven en el pizarrón, empezaremos a explicar el gráfico planteado la lección pasada, ocupándonos solamente del eje horizontal: muerte-como-proceso. Prepárense. Y anoten, sobre todo, que odio repetir.

Se lo notaba cada vez más agitado. ¿Era eso lo que lograban las enseñanzas del curso? ¿O era la grasa, el asco, que se exteriorizaba? Preferí convencerme de la segunda opción. No podía distraerme en ese momento.

— Como ya dije antes, el punto en la mitad del gráfico es el día exacto de su muerte. Desde allí, la linea se parte en dos extremos: a la siniestra, todas las muertes que sucedieron antes de la suya; a la diestra, todas las muertes que sucederán luego de que ya no existan. No es demasiado complicado, como ven.

“Planteamos, primero, que deben analizar todas y cada una de las muertes que le preceden a la suya particular. Es imposible hacerlo, lo sabemos, pero lo imponemos como un ideal. Necesitan, todos los días, investigar cómo, por qué, de que forma y en que contexto murió, como mínimo, una persona específica. Pueden visitar, por ejemplo, una casa de velatorios e interrogar discretamente a la familia del finado sobre sus condiciones mortíferas. O, también, leer los obituarios en los diarios, aunque la información sea mínima. Preferimos, sobre todo, que hagan trabajo de campo. Investiguen, ¡anímense! Sólo así sabrán que circunstancias evitar, que poses preferir, que situaciones explotar. Recolecten datos, aprendan de las muertes anteriores, y úsenlos para la suya. Planifiquen el contexto mortífero con que se sientan más cómodos y un cuarto del problema ya habrá desaparecido.

Me tenía absorto. El gordo no paraba de mirar su reloj.

— El otro cuarto es el inverso: la diestra de la línea representa cada una de las muertes futuras. ¿Qué significa esto? ¡Simple! Que no sólo deben preocuparse por procesar la información de todas las condiciones mortíferas anteriores y aplicarla para perfeccionar la suya, sino que, sobre todo, deben pensar en que ustedes mismos sentarán un precedente para otras, tal vez miles, muertes futuras. No pueden dejar de considerarse verdaderos ejemplos a seguir. No pueden olvidarse, nunca, de esta responsabilidad. Nunca. Que quede claro.

“ Entre esos dos extremos, entre la información recolectada de las muertes pasadas y la precaución para con las futuras, está el punto exacto de su muerte. Este es el primero de los ejes que tendrán que empezar a construir, de a poco, por su cuenta. Nosotros solamente les damos las herramientas, y algún que otro ejemplo. El verdadero trabajo lo tienen ustedes: deben encontrar el equilibrio.

Estaba maravillado, en verdad. Intentaba tomar nota de todo lo que explicaba el profesor –que, por cierto, estaba llegando a niveles de nerviosismo inéditos–, escribir cada una de las variantes, de las implicaciones de su teoría, pero sin éxito alguno. Superaba mi capacidad de apunte. Tachaba, gráfico por gráfico, todo lo que intentaba escribir. Me tranquilicé al pensar que una vez que terminara el curso podría comprar el libro adecuado, autografiado y de tapas duras. Faltaba una clase, además.

Ni siquiera nos saludó, el gordo, cuando se fue. Nada. Dijo, jadeando: “espérenme un momento”, y nunca regresó. Todos se fueron levantando a medida que los relojes comenzaron a hacer presión en sus muñecas. Uno por uno, abandonaron la clase, olvidándose de lo que habían escuchado.

Yo fui el último.

Muerte-como-hito

Ya no tenía sentido quedarme en el departamento. Lo único que hacía era repasar los apuntes tachados y comer, cada tanto. Acampar los cuatro días que faltaban hasta la última clase me pareció la opción más sensata. Allí no correría ningún riesgo de pérdida clasal. Pensé en tomar otros cursos del Centro, pero para mi sorpresa, el de los ejes del fenómeno mortífero era el único disponible. Me sorprendió, en realidad, la poca actividad que exhibía el Centro durante la semana. Ni el gordo ni la recepcionista aparecían. Había un candado.

Estaba completamente paranoico. ¿Cómo podía ser que nadie, ni una persona, apareciera en cuatro días? ¿Qué no les llegara ni una carta, ni una notificación, nada, a un Centro de esa magnitud? ¿Cómo era posible? Me parecía simplemente ilógico. Miraba, desde mis cartones, vigilaba a cada una de las personas que caminaban, tranquilas, hacia la casucha. Éste seguro es, pensaba, éste seguro viene a comprobar que el Centro es real. Y pasaba de largo. Fueron días complicados. Olía realmente mal, pero eso era lo de menos.

Hasta que, de repente, fue el día de la clase final y todo se normalizó otra vez. Mi paranoia era infundada. Llegó primero la recepcionista, que parecía haber envejecido muchísimo en las últimas tres semanas, y sacó el candado como si fuera algo de lo más normal. La odiaba, no se por qué, con toda mi alma. Me esforzaba por detestarla, aunque no habíamos cruzados más de cinco frases. El profesor no aparecía, aún cuando los alumnos sobrevivientes esperábamos sentados en la única aula del edificio.

Pasaron diez minutos, media hora, cuarenta y cinco, cincuenta… ¡y nada! Ningún gordo en ninguna parte. A la reemplazante no le hizo falta presentarse: todos la habíamos saludado en la entrada. Tomaría las riendas de la tercera y última clase.

— Como verán, no soy su profesor habitual. Me faltarían algunas varias cosas para serlo, ¿no les parece?

Nunca oi un chiste inicial menos efectivo. Sus gestos tampoco eran graciosos. El hielo no se rompería tan fácil.

— Al parecer, tuvo un inconveniente de índole personal. Así que yo me encargaré de explicar los conceptos que faltan. ¿Empezamos?

Su voz: eso era. Eso odiaba. Chirriante.

— Siendo la tercera clase, lo único que resta es el eje vertical. La muerte-como-hito, en otras palabras. No estoy demasiado acostumbrada a dar estos temas, pero prometo hacer mi mejor esfuerzo. Recuerden que lo importante es que aprendan, y que logren salir del círculo.

“ Este eje, al igual que el anterior, tiene dos partes iguales, separadas por el día exacto de su fenómeno mortífero. La parte superior del gráfico es la relacionada con la otredad, o, en otras palabras, con los efectos que su muerte tendrá en las personas. Es importantísimo, primordial, darse cuenta que una vez muertos, los únicos que podrán experimentar su fenómeno particular no serán ustedes, sino todos sus allegados: por eso, deben, como regla principal, decidir que tipo de efecto quieren causar en ellos. Recomendamos mesura, claro está, pero cada caso es único. No descartamos, en absoluto, que puedan sentirse cómodos causando pánico entre sus familiares, o desasosiego, o alivio, o lo que sea. Lo importante es que, sea cual sea el efecto a lograr en el otro, hay tenerlo en claro desde un principio. Es una de las bases para la planificación adecuada. Es otro de los cuartos.

¿Cómo no distraerme pensando en qué efectos me gustaría causarle a mi madre?

— El cuarto final es, como supondrán, el extremo inferior del eje muerte-como-hito. Aquí, inverso a la otredad, lo que se representa es su propia individualidad. No debemos olvidarnos que aunque los que realmente van a poder experimentar nuestro fenómeno mortífero son los otros, nosotros somos los que dejaremos de existir, y los que sentiremos esa pérdida material de existencia física. Una vez más, recomendamos muertes indoloras, rápidas, sin demasiadas pretensiones. Pero queda a su consideración personal, claro. Cuatro cuartos.

¡Por fin! ¡Por fin! Pensé, extasiado. ¡Tiene sentido! Toda la teoría, ahora completa con sus cuatro cuartos, encajaba perfectamente con lo que necesitaba para salir del círculo que me había encerrado el folleto. Volví a escuchar.

Planifiquen su muerte, piensen de qué forma particular les gustaría experimentarla teniendo en cuenta los cuatro extremos de los ejes: aprendan de las muertes pasadas, adviertan a las futuras, delimiten los efectos para la otredad y acomódenlos a sus gustos particulares. Sólo así morirán felices; sólo así podrán empezar a vivir felices.

“Espero que hayamos tenido un impacto en su vida. Doy por terminada esta promoción… ¡ah! ¡No se olviden de adquirir el libro de texto en recepción!

Y así, finalmente, terminé con el curso. No hubo graduación, ni diplomas, ni aplausos para nadie. Pero todos nos fuimos, ese día, sabiendo que una vez que lográramos planificarnos podríamos empezar nuestras vidas.

Por ejemplo

Caminaba tranquilo, por primera vez en tres semanas, pensando qué forma sería la más cómoda para dejar de existir cuando escuché los gritos, las sirenas, el ruido. Se dispararon de repente, quebrando en pedazos la monotonía de la calle, y obligandome a correr las tres cuadras que me separaban de la multitud y las luces azules. Fue ahí donde lo vi: el gordo, mi antiguo profesor, yacía muerto en medio de la vereda, boca arriba, estrenando un enorme traje verde y un sombrero bastante pasado de moda. No sé si era su pose o la mueca que adornaba su cara, pero se lo notaba, sobre todo, muy satisfecho. Fue mi primer ejemplo.

 
 
De tocador

— ¿Saponificación?

— Así es –respondió el doctor, concentrado en perseguir las burbujas que salían esporádicamente de las orejas de su paciente–. La hidrólisis alcalina de un éster.

— ¿Podría… explicármelo un poco mejor? ¿En palabras que pueda entender? Sé que es una persona muy ocupada, que mi tiempo de consulta ya se extendió demasiado, pero su diagnóstico realmente me preocupa. ¿Por favor? –contaba, con sus dedos índices, aunque ya supiera el número de memoria, la cantidad de falanges de sus manos: estaba nervioso.

El Doctor, allá lejos, atrás de su escritorio, resonó en un suspiro. Sabía que su día sería larguísimo, y, peor aún, que recién comenzaba. La sala de espera rebalsaba: otra vez aquella endemia. Hacía años que habían acabado con los resabios de su tacto. Ya no le importaba. Cada vez que tenía que escucharlos volvía a preguntarse por qué él, profesional de renombre, seguía en aquella clínica asquerosa. Recordar el grosor de sus cheques lo tranquilizaba al instante.

Intentó explicarle lentamente, sin tanta química, para sacárselo de encima. Odiaba perder el tiempo: su secretaria no se estaba volviendo más joven.

— Saponificación: su cerebro se está convirtiendo en jabón. Como el de la ducha, pero adentro de su cabeza. ¿Comprende? No es complicado, realmente.

Su Paciente, solo en su sillita de plástico, intentó procesar la información con que lo habían bombardeado. Relamió durante segundos cada una de las palabras que había sentenciado la eminencia, y no pudo evitar imaginarse en la jabonera de alguna ducha asquerosa, gastado, lleno de pelos de dudosa procedencia y harto de su olor a lavanda. Necesitaba más, muchas más explicaciones.

— ¿Qué? ¿De qué habla? ¿Cómo puede ser? ¡No tiene sentido! Los cerebros no se transforman en jabón de un día para otro… ¿no? –veintiocho, sumaban, en total, las falanges.

— Oh, no, claro que no, no lo hacen. Veamos… según los resultados del análisis, su saponificación cerebral ha sido un proceso gradual, muy lento, que sospechamos comenzó en su pubertad. Ya no hay nada que hacer. Es una enfermedad mucho más común de lo que cree, en realidad. Mucho más mortífera, también –disfrutaba reírse de sus juegos de palabras, y otra vez no intentó contenerse–. Genética.

— ¿Mort…? –atinó a decir, pero lo interrumpió la voz de su verdugo.

— Pero, vamos, hombre, no ponga esa cara. No es para tanto. Probablemente le queden un par de buenos años de vida. Desde ahora, lo único que deberá hacer es evitar que llegue agua cerca de sus trompas de Eustaquio. Nada más que eso. ¿Sencillo, no le parece? –dejó escapar otra sonrisa–. No hace falta que se preocupe en exceso, y mucho menos que me agradezca. Afuera encontrará unos coloridos folletos que le serán útiles para su condición. Le harán falta.

Empujó a su impaciente a la sala de espera con una palmada indiferente en la espalda; el hombre, todavía imaginándose parte de una ducha, se le quedó mirando del otro lado de la sala. Ya no quedaban folletos.

Una señora, la que había logrado usurpar el sillón más cómodo, sería la próxima afortunada: tenía un sombrero enorme, un vestido demasiado atrevido para una visita al doctor, y una pompa de jabón a punto de salirle de la oreja izquierda.

 
 
Matización

Ya había empapado lo suficiente su almohada. Sus ojos ya no podían prestarle más lágrimas. No es el fin del mundo… muchas viven felices así, intentaba convencerse mientras se despegaba del colchón por primera vez en la semana. Al mirarse al espejo tuvo que contener el llanto: nunca había estado tan fea. Se mojó apenas el pelo, para domarlo, y bajó a la cocina. Ahí, en la mesada, estaba el pedazo de papel con el número que intentaba olvidar, arrugado, casi borrado por sus lágrimas. Era inútil evitarlo.

Temblaba de la angustia al mirar el papel desgastado. La sola idea de usar aquel número telefónico la aterraba, hacía que quisiera empapar cada almohada de su casa. Pero ya no veía otra solución. Debía intentarlo. Tuvo que adivinar la mayoría de los dígitos: pluma de médico.

— ¡Buenas noches! –inició el otro lado de la linea.

— Buenas noch… –atinó a decir, antes de ser interrumpida por la voz grabada.

— Bienvenido al Sistema Nacional de Redistribución de la Infancia. En breves segundos será atendido. Le agradecemos de antemano la espera.

Una música inquietante tiñó los próximos cinco minutos. Jugó con su flequillo; comió varias de sus uñas; enrolló el papel. Hasta que por fin:

— Buenas noches, mi nombre es Gabriel, gracias por la espera, le damos la bienvenida al Sistema, ¿en que puedo ayudarle? –atropelló el operario.

— Llamaba para informarme de los planes de redistribución…

— ¡Por supuesto! ¿Es la primera vez que utiliza nuestros servicios?

— Sí… –no pudo evitar sentirse un fracaso.

— ¡Perfecto! Paso a explicarle: actualmente contamos con tres planes globales de Redistribución de la Infancia; con ellos, como le deben haber informado, heterogeneizamos el territorio nacional y fomentamos la pluralidad racial. La nuestra es una misión humanitaria.

”El primer plan incluye un niño, de entre 10 y 12 años, ya vacunado y empaquetado para su gusto: no hacen falta pañales, lecciones de moral ni charlas incómodas sobre anatomía. Mediante el segundo se le hace entrega inmediata de un pequeño de entre 5 y 7 años de edad, listo y ansioso por comenzar su educación obligatoria, asegurado y garantizado en contra de gritos molestos. El tercer plan, el más popular, consiste en el encargo del niño a medida, según las características que le parezcan convenientes: color de pelo, ojos, tez, personalidad, lunares… todo, absolutamente todo, queda a su consideración y gusto personal. Debemos aclararle, claro, que en esta instancia deberá esperar el tiempo necesario para que una de nuestras parturientas especializadas produzca un niño que se adecue a sus filtros. No se preocupe: ¡no suele tardar más de seis meses! Y una última, pequeñísima cuestión: para aprovechar cualquiera de estos planes deberá pasar por una serie de pruebas de estabilidad mental. Pero nada muy invasivo, ¡se lo prometemos! –por más que intentaba ocultarlo, era obvio que estaba leyendo un folleto; no era diferente que la voz del contestador automático: parecía escucharse de lejos, como dentro de una película.

Meditó durante unos segundos larguísimos.

— Me gustaría ordenar un numero… tres –le temblaba la voz–. No hace falta tanto tramite… lo quiero al azar.

— Al… ¿azar?

— Sí. Escuchó bien. Al azar. Deme uno que sobre. O elija usted, o quien quiera, los matices. No me interesan. –ambos se sorprendieron que se mostrara decidida.

— Señora… no podemos hacer tal cosa.

— ¿Cómo que no? Me dijeron… tengo una recomendación del doct… –la decisión se diluía en impotencia.

— No importa que le hayan dicho o recomendado. No podemos hacer, ni haremos, tal cosa. Sería una violación a una de las reglas primordiales del Sistema, y una falta moral para con la Sociedad. –no cedería: ya había encontrado la clausula correspondiente a la aleatoriedad de los infantes en su manual de operario.

— ¿Falta moral? ¿Regla primordial? ¡Quiebrela! ¡Deme un niño cualquiera! –gritó desesperada, entendiendo que el número no podría ayudarla.

— No haremos tal cosa.

— ¡Una sola vez! ¡Una mínima excepción! ¡Un niño cualquiera! ¡Se lo ruego!

— No. Ni siquiera depende de mí; y si fuera así, tampoco la ayudaría. Este comportamiento la descalifica para cualquiera de los planes. Acabo de notificarle a mis superiores. Además, si tanto desea ser madre, si quiere un infante aleatorio, ¿por qué, simplemente, no tiene uno propio?

Los escalofríos le llegaron hasta las cejas.

— ¡¿No le parece obvio?! –gritó desenfrenada. Estaba fuera de sí.

— ¡Cálmese, Señ--

Rompió el teléfono contra el piso. Volvió a la cama cuando pudo encontrar sus pedazos.

 
 
Fagocitósicos

Sus ojos se abren con interés mientras leen este fragmento de párrafo:

…y toda la información que se tiene de esta tribu del Amazonas, tribu olvidada, extinguida en la selva, está relacionada con su particular forma de concebir la alimentación. No eran, según se sabe, ni herbívoros, ni frugívoros, ni omnívoros, y mucho menos entomófagos. Practicaban lo que algunos han llamado “antropofagia inversa”, o bien “canibalismo masoquista” (ambos términos son intercambiables). Lo que hacían estos indígenas extintos era, en pocas palabras, competir ferozmente por ser el próximo alimento en el plato de su prójimo. Desde la edad de cinco años, los niños entraban en un estrictísimo régimen de muslos, pectorales y bíceps de primos, padres y vecinos, y, una vez alcanzada la mayoría de edad, si lograban destacarse entre sus pares, tenían el honor, el orgullo, de ser el plato principal; las niñas, en cambio, empezaban y cumplían su función mucho antes: desde los dos años eran alimentadas con partes más tiernas, algunos cerebros, riñones e intestinos especialmente seleccionados de sus mayores, y, a los trece años, las más jugosa era elegida, cocida a fuego lento y saboreada de postre. Los rituales se celebraban cada vez que alguno de sus habitantes llegaba a la edad necesaria, por lo que al momento de sentarse a la mesa para disfrutar el manjar, gozaban de un considerable apetito. Sobras no había. De más está decir que la expectativa de vida de la población no superaba los veinte años, y que su tasa de mortalidad era, por supuesto, altísima. Podría decirse, sin empacho, que estos indígenas se alimentaron hasta desaparecer.

Sus manos, temblando de la emoción, escriben en el papel que desde hoy señalará esa página:

Posible Solución: ¿podría funcionar?

Y lo subrayan dos veces.

 
 
Bibliométrico

Mientras ese profesor, ese anciano horrible, me entregaba el título muchos años atrás, nunca hubiera pensado que mi futuro estaría atado a este lugar. Ese papel, que dentro del rollo tenía impreso un adornadísimo “Licenciado en Bibliotecología”, representaba, por una parte, mis interminables y hasta extenuantes horas de estudio, y por otra, una enorme cantidad de sueños que más tarde entendería ingenuos. Mi mayor pretensión, el empujón que me llevó hasta la interesante carrera mencionada, era dirigir, obviamente, una biblioteca enorme, un archivo casi inconmensurable de libros. Me sentaría, todos los días, detrás de mi pulcro escritorio, con una de esas lamparas verdes de escritor, con una lista y una pluma negra, para anotar las entradas, salidas y devoluciones. Sería feliz. Haría feliz. A todos.

Esa noche no quise dormir. Tenía tantas puertas abiertas que no sabia a cual correr primero. Era bibliotecólogo, Señor-Bibliotecólogo, experto en el arte de catalogar, archivar y encontrar. Un profesional de la Información. Estaba listo para comenzar mi nueva, feliz, vida. Busqué trabajo en cada una de las bibliotecas: primero en la nacional, por el enorme orgullo que significaría; luego en las públicas, por su carácter comunitario; luego en las privadas, por mera desesperación. Pero nadie me necesitaba. Había gastado seis años de mi vida entre libros interminables para que luego me dijeran que no me necesitaban para manejarlos. Había sido todo en vano. Al parecer, según me explicaron, un aluvión de bibliotecólogos extranjeros, muchísimo más especializados y más baratos de emplear, había saturado la capacidad administrativa de todas las bibliotecas del país. O me conformaba con otra cosa, o moría de hambre. Intenté la segunda, pero la necesidad pudo más.

Hemerotecario, hemerotecólogo, hemerotequista: eso me limitan a ser. Tuve que empezar a trabajar en este archivo de diarios, contra mi voluntad, ya no recuerdo hace cuanto. Esta hemeroteca es prácticamente mía. Si, tiene un archivo gigante, con diarios de todo el mundo, desde los milochocientos hasta los ahoras, un macizo escritorio para mi ficha y mi pluma, pero lo regalaría todo sin pensarlo. Odio este lugar, esta especie de hermana deforme y marginada de una biblioteca. Nunca pude encontrar mi lampara verde de escritor. ¿Cuánto uso pueden tener pilas, y pilas, y créanme, pilas, de periódicos y revistas? En mis indefinidos años de trabajo hemerotecal, no encontré ni una utilidad realmente práctica. Nada. Cada tanto algún periodista, pero no mucho más.

Excepto, ahora recuerdo, por él. A falta de nombre, solía decirle simplemente “él” y era, como mi profesor, otro viejo asqueroso: pelado, arrugado, tapizado de lunares, con los labios partidos y las orejas pobladas; vino todos los días, durante unos seis años, hasta que dio con lo que la información que necesitaba. Tendría, la primera vez que llegó, unos setenta y ocho años, según la visión de mi escritorio me permitía adivinar. Vino, entonces, todos los días, para pedir un mismo día de un mismo mes de años terminados en seis. Treinta y seis, cuarenta y seis, cincuenta y seis, etcétera. Contento de tener algo para hacer, le buscaba los libros enormes, de tapas enormes, y los acomodaba en atriles enormes. El viejo, con su lupa, sumada a sus gastados anteojos, siempre recorría sólo de a una página, letra por letra, haciendo anotaciones esporádicas en un cuaderno de hojas que habían sabido ser blancas. Casi nunca escribía nada; o, si lo hacía, borraba y tachaba con fuerza, unos minutos después. Él era toda la diversión que el día podía proveerme. No era mucho, pero me mantenía medianamente ocupado. Y adolorido en las lumbares, por asociación, claro.

Todas las mañanas era igual: abría, me acomodaba en mi sillón, y al instante entraba él. Salvando al viejo, la rutina es más o menos similar. Sospechaba, y aún lo hago, que él dormía en algún callejón contiguo. Por lo que el aburrimiento me llevó a descubrir, siempre iniciaba las semanas con una muda de ropa limpia, que nunca variaba y que, por supuesto, olía de forma bastante particular conforme progresaban los días. Inferí que sólo regresaba a su casa los fines de semana, en que la hemeroteca no abría y no abre. No fue un descubrimiento muy placentero. Los viernes eran días de arcadas.

Dejando de lado aquel detalle, el viejo no molestaba. Es más, hasta cierto punto, luego de los primeros años, empezó a interesarme. No él como persona, claro, sino el motivo de su búsqueda. ¿Qué sería tan importante como para perder tantos años de sus contados días? Llegó un momento en que el aburrimiento, más bien hastío, y la intriga, más bien fastidio, pudieron más: me le acerqué, temiendo un probable ladrido, y pregunté sinceramente:

— Buenas tardes… ¿Podría ayudarlo en algo?

El viejo alzó levemente la cabeza para mirarme, sin levantar ni un centímetro su dedo de un renglón probablemente importantísimo. Me examinó. Bajó otra vez la cabeza, dejándome ver los indicios de alguna enfermedad dérmica, y dijo:

— No.

No me convencería tan fácil. Había hecho demasiado esfuerzo levantándome de mi escritorio como para tirar todo por la borda a la primera negativa. Insistiría hasta incomodarlo. Era experto en el arte de molestar. Me senté del otro lado de su mesa, y después de unos largos cinco minutos mirándolo, dije:

— ¿Seguro?

La escena fue similar, pero esta vez terminó en:

— Sí.

Que viejo más terco, pensé, creo. Decidí mirarlo fijamente los minutos que hicieran falta. No tenía mucho trabajo que hacer, ahora que lo pienso. Después de un tiempo, funcionó: vi como ya no podía concentrarse en la página amarillenta, como se distraía hacia un costado, y como se rascaba la nariz sin razón aparente… era el momento:

— ¿Qué busca, que necesita encontrar?

— Nada… no le interesaría –dijo, quitándose los anteojos. Ya tenía su atención: me miraba.

— Me interesa. Vamos, cuénteme, que tal vez pueda ahorrarle un poco de tiempo.

Ahí fue cuando él cambió. Bueno, en realidad siguió siendo el mismo viejo asqueroso de dientes podridos de siempre, pero algo hizo que sus ojos comenzaran a secretar una moderada humedad. Si fuera poeta, diría que se llenaron de vida. Lo que respondió hizo que me levantara sin decir palabra, que volviera pensativo a mi lugar correspondiente, y que, desde ese día, no le hablara más que para agradecer la devolución de los archivos.

— Bueno… pero no es la gran cosa –dijo, casi suspirando, algo avergonzado. Lo hago para asegurarme de no perder valiosos días en un futuro. Verá, mi sueño es que mi nombre, sobre todo mi apellido, uno muy lindo, por cierto, quede plasmado para la eternidad. No importa si es por medio de una pintura, de un libro, de una lápida, de lo que sea. Lo que quiero, básicamente, es lo que todos: una pizca de inmortalidad. Pero antes, ¿no cree es lógico que busque en todos los diarios de mi cumpleaños para asegurarme de no estar ya publicado? ¡Imagínese que gran pérdida de tiempo sería agotar todas mis energías para posterizarme y después enterarme de que no era necesario! ¡El colmo!

Él calló un momento. Yo estaba perplejo. Recuperó el aliento y terminó, terminante, su discurso:

— ¿Acaso no es lo que queremos todos? ¿No es lo que quiere usted?

Esa noche no pude dormir.

 
 
Isósceles

A


Es un sistema idealmente justo. En la primera semana de Enero, se toma una lista detallada de habitantes en edad productiva y, mediante un bolillero adaptado para la tarea, se le asigna una profesión al azar a cada uno de ellos. En sus años de labor, un ciudadano puede ser deshollinador, vigilante, chofer de ómnibus, cartero, ingeniero, medico, mecánico… exceptuando los puestos públicos, que son resguardados y bloqueados para asegurar la estabilidad del sistema, cualquier tarea puede ser desempeñada por cualquier trabajador. El pensamiento fundamental es que, al incorporar la experiencia de un nuevo oficio cada año, el obrero promedio obtiene más conocimientos de los que cualquier universidad del mundo le puede ofrecer. No hay quejas, reclamos o devoluciones posibles: todos debemos adaptarnos, o ser adaptados a la fuerza. Ya aprendimos nuestra lección con el caso de los maestros jardineras.


Este año soy dramaturgo. Debería sentirme orgulloso, considerando que sólo otras seis personas obtuvieron esta profesión y que es una de las que más libertad creativa permiten. Pero no. Odio las libertades creativas. Si pudiera, las eliminaría por completo del sistema. El año pasado, siendo empleado de oficina, pasé las cincuenta y dos semanas más felices de mi vida, ingresando números en plantillas con nombres inentendibles y adornando mi cubículo gris. Pero ahora tengo que crear una obra en los primeros treinta días del año y dirigirla los siguientes trescientos treinta y cinco. ¿Cómo se supone, primero, que escriba una obra de teatro sin tener experiencia previa en el área y, segundo, que la dirija el resto del año, si ni siquiera se usar la máquina de escribir, si ni siquiera tengo una computadora?


Las instrucciones que me entregaron tampoco ayudan. Decían (extravié el folleto) que mi nueva profesión era de las más importantes, que fomentaba la necesarísima cultura en la sociedad, y que debía tomarla con el mayor de los honores. La obra creada debía tener al menos tres actos, desarrollarse con un escenario acorde a la cantidad de escenografistas asignados e inspirar en la población que la viera un orgullo y una inflación-de-pecho acorde a la postura nacionalista adoptada por el gobierno. El salario, además, estaría adecuado a los estándares artísticos. Esto último no es lo que me molesta. Está bien que cada tanto me paguen una miseria merecida… ¿pero usarme como una burda herramienta ideológica? ¡Ni que les hiciera falta!


No puedo no hacerlo. Es lo que el sistema me asigno como justo. Por suerte, todavía tengo días suficientes para resucitar la gastada idea de un triángulo isósceles (en otro año fui matemático): dos personas, A y B, en igualdad o des-igualdad de condiciones, que necesitan a un tercero, C, inferior, capaz de conectarlos y cambiar su destino. Sin este último, los dos anteriores no podrían ser, nunca, nada. Una vez cerrado el triángulo, A y B pueden conocerse, complementarse y lo que es mucho más importante: planear el derrocamiento definitivo del injusto sistema que los oprime, mediante la formación de polígonos de resistencia cuales soviets. Intentan eneágonos, dodecágonos e incluso isodecágonos, pero irónicamente, fallan en forma sistemática, con consecuencias bastante mortíferas para todos los involucrados. Excepto para C, claro, que nunca se entera de lo que ayudó a crear más allá que por los repudios de diarios.


Conozco lo brillante, e incluso plausible, de la (no me atrevo a decir mi) idea, de la estructura isósceles. Pero me es imposible escribirla. Todos los consejos y las técnicas de escritura que me recomendaron los talleristas profesionales no me funcionan. Ni inspiración musical, ni escritura automática, ni lectura de grandes. Y así estoy, en una de las imágenes más trilladas de la literatura universal (fui librero hace años): sentado en una silla incómoda, en un departamento oscuro, con una máquina de escribir desvencijada y una pila de hojas a llenar con mi genialidad dramatúrgica. Fuerzo las teclas, imprimo caracteres en las hojas, pero no significan nada. No tengo un estilo único, ni un manejo del lenguaje envidiable. Mucho menos un vocabulario imposible de mensurar. No tengo nada.


Pensándolo mejor, aprovecharme del abuso y la prepotencia redactiva características de la corrección editorial es la única alternativa. Aún no fui editor, pero sé como funcionan este tipo de cosas. El autor entrega el sufrido manuscrito a la generosa editorial, que acuerda publicar el fruto de sus entrañas con una pequeña, casi minúscula, condición: reescribir-tachar-recortar-alterar-borrar las partes que lo necesiten o que ellos consideren necesitadas. Según mis cálculos, si les entrego una pequeña reseña de lo que podría llegar a ser mi obra de teatro, ellos harán, gustosos, el resto.


Ojala funcione. Mi vida depende de ello.


c


Decidido, con pasos firmes, sube los escalones que todavía le restan a su recorrido. Es feliz con el papel que este año le toca actuar. Ya estaba harto de los niños de preescolar. Su gorra, su camisa planchada la noche anterior y su brillante bolso azul lleno de cartas sacian sus no muchas ansias de dignidad. Toca timbre; espera: no atienden. Piensa. Agachándose, empuja el papel marrón por debajo de la puerta. El contenido genérico del sobre arrugado enuncia:


En el marco del esperado Concilio-Teatral-Nacional-Obligatorio, celebrado cuarenta y ocho semanas al año, se le informa que ha sido designado para interpretar uno de los roles en una de las obras a representar y re-presentar. Se le recuerda, amablemente, que tiene la tarea, el deber, el compromiso, la obligación y la imposición de interpretar sin fallas el papel que le fue asignado al azar. Se le advierte, también, que de no presentarse, de no prepararse o de equivocar sus líneas, será encerrado, reformado y devuelto otra vez a la sociedad. El proceso se repetirá las veces que sean necesarias. Las instrucciones y el guión correspondiente llegarán entre los dos y los veinte días posteriores al recibimiento de esta comunicación oficial. Considérese notificado, honrado y, sobre todo: obligado.


Indeciso, cuarenta días más tarde, lucha con los escalones restantes arrastrando los pies. Pierde algunas batallas. Odia sus días, su vida, su trabajo y todo lo relacionado a su persona: su gorra deshilachada, su camisa arrugada y su incómodo bolso lo aplastan como la mosca que le tocó ser. Dignidad no tiene. No le interesa conocer a sus remitentes. Toca timbre, deja el paquete en la entrada (esta vez es muy grande como para introducirlo por debajo) y se obliga a caminar hacia la salida. Una etiqueta blanca puede verse en el empaque:

Concilio-Teatral-Nacional-Obligatorio: Isósceles. Versión final: reescrita-tachada-recortada-alterada-borrada. Entréguese en mano.


B


No… ¡no puede ser! Otra… ¡otra vez! –dijo, días atrás, con cara de desencajado, rompiendo en pedazos un sobre marrón. ¡Es simplemente imposible!


— Tranquilo, amor, no es para tanto. No seas exagerado. Todos tenemos nuestra carga. A mí, por ejemplo, esta vez me tocó ser mamá. ¿Pensás que me gusta tener alzado este engendro todo el día? Si sólo dejara de cagarse encima…


— No es lo mismo, sabes que no es lo mismo. ¡Es la treintava, la treintava puta vez que me toca actuar de actor! ¿Cuáles son las chances de eso? Además, como si fuera poco, como si me faltara algo, el guión esta, otra vez, horriblemente redactado.


— A mi no me pareció tan malo… –aclaró, intentando apaciguar a su compañero. Es simpático. Además, estoy segura que sos el único meta-actor que existe. Deberías estar contento. Sos único.


— Meta-actor… ¿Qué carajo se supone que es isósceles? ¿Qué clase de palabra es esa? –un frenético intercambio entre sus uñas y su cuero cabelludo ilustraron la confusión presente en la pregunta.


— Eso no lo sé. Es cosa tuya.


Hay veces que al azar no le permiten ser del todo azaroso. Él, por su apellido, por su Z, debe sufrir, todos los años, del martirio de actuar de actor. Del horror de tener que vestirse, todas las semanas, con trajes ridículos y sombreros extravagantes; del asco de aprender a gesticular exageradamente y a esconder lo que realmente piensa; y, sobre todo, de la tortura de escuchar una, y otra, y otra vez, las críticas negativas acerca de su desempeño artístico. Insensibles. Él no nació para eso. Él es un artista, sí, pero no un actor. Es él quien debería estar escribiendo las obras que actúa. Eso sería justo.


No hay nada que pueda hacer, por más que quiera. Por más que lo planee en su cabeza cien, doscientas veces, no hay forma de cambiar nada. Aunque tenga escritas obras diez, veinte veces mejores que las que le toca representar, no puede. Las quejas están vedadas, y los únicos reclamos que se aceptan son de los empleados públicos. No es uno de ellos, ni lo será nunca, por lo que tiene que adaptarse. Adaptarse, o ser brutalmente adaptado.


En justamente eso que piensa ahora, a oscuras, detrás del enorme telón rojo. De todas las noches que pasó, murmurando en su cama, pensando formas de que, al menos por un año, no le tocara ser el idiota vestido con colores y boinas con pompones. De todas las mañanas que tomó el café más amargo de lo que realmente estaba, sólo por haber mirado otra vez la pila inútil de actos muertos y personajes sin voz. De todos sus planes y de todas las veces que se dio cuenta, un minuto después, que era simplemente inútil. De su necesidad de libertad artística. En todo aquello piensa, todo aquello odia, cuando se abre el telón.


Es ahí, en ese momento, mientras está parado con su traje y sus zapatos ridículos, odiando a todo el público expectante, exasperante, que se ven las caras por primera vez. Todavía no saben que no será la última.

 
 
Rejas

Apoyada contra la pared, harta de lo que escucha sobre su familia, asediada por las ojeras y la ausencia de cepillos, intenta olvidarse de todo. Apenas se abre la puerta, apenas sale su hija, cabizbaja, del cuarto, abandona sus pretensiones de abstracción y pregunta:

— ¿Sigue igual? ¿Dijo algo más?

— No, mamá... lo mismo de siempre: se sentó en su cama, comió las tostadas y se acostó otra vez con un gracias.

— Voy a preguntarle si necesita...

— No hace falta. Ya es mucho por hoy. No quiere que lo molesten.

Dentro, en la oscuridad del cuarto, sólo pueden distinguirse un televisor desenchufado y una cama, ocupada por una silueta extrañamente inmóvil. Está así desde que volvió de tomar un café con su mejor amigo, y no parece que vaya a cambiar. Sobrevive gracias a la comida que su madre le cocina pero que no se anima a acercarle; va al baño de noche, cuando todos duermen y no tienen posibilidad de indagarlo. Cada persona que escucha la historia tiene su hipótesis: que vio algo paralizante camino al café, que no se encontró con su amigo sino con una fallida pretendiente, que el cerebro ya no le responde, que su acompañante le confesó un enamoramiento y lo está considerando seriamente... y otras que incluyen alcohol, drogas, neuronas y responsabilidades por igual. Lo cierto es que nadie sabe que es lo que le pasa, y por qué le pasa. Excepto él. Sólo él conoce la razón de su aislamiento, de su inmovilidad imperante, de su esfuerzo por dejar que la vida simplemente pase junto a las pelusas que se amontonan bajo su cama.

Recordar es lo único que se ocupa de mantener activo. No viejos amores, notas pasadas, estupideces futuras. Nada de eso: el recuerdo que mantiene y lo mantiene vivo es el de aquella tarde entre tantas otras en el café; aquella tarde en la que escuchó y vio, de la boca de su amigo y de la pantalla del televisor, las palabras e imágenes que lo postrarían de por vida. Se ocupa de mantener esta memoria lo más nítida posible, reduciendo las intervenciones estúpidas de su autoría al mínimo –al parecer, abundan– y resaltando magnanimidad en las frases del orador y en las imágenes del aparato. Hoy, luego de adornar la lección en un marco adecuado a su importancia, la relata, mentalmente, así:

Se me hacía tarde, muy tarde. Era la segunda vez en dos semanas que llegaba con veinte minutos de retraso, y no estaba seguro si él estaría esperándome en la esquina, como siempre. Cuando llegué, efectivamente, no estaba. Pensé que ya se había ido, harto de escuchar las mismas canciones de sus auriculares, harto de que nuevamente su amigo le hubiera fallado. Decidí que lo justo era esperar al menos media hora. Quince minutos después, llegó corriendo, y dijo:

Disculpame... me quedé viendo un programa. Un documental, viste, de esos que te atrapan. ¿Entramos y te cuento?

Asentí.

Adentro, lo usual: cuatro medialunas –dos de grasa, dos de manteca– un café amargo y un submarino. Lo noté emocionado. El programa lo había dejado completamente excitado, tanto que por más que intenté hablarle de la facultad, de los finales y de los textos interminables de Derecho, no pude evitar la charla derivara en las imágenes que había visto minutos atrás. Pero no comenzaría a hablar solo: quería que yo le preguntara, que me interesara sobre la historia que amasaba en su cabeza mientras miraba distraído por la ventana. Aunque sabía que hablaría sobre un tema increíblemente aburrido, como el proceso de solidificación del vidrio o del refinamiento del petróleo, le hice la pregunta que tanto esperaba.

¿De qué era el documental? ¿Cachalotes?

¿Realmente te interesa? Si lo decís por compromiso podemos hablar de cualquier otra cosa —su cara falló al intentar ocultar desdén hacia mi chiste.

Me interesa. Contame.

Esta bien —respondió con una sonrisa: había estado ansiando ese momento—. Lo enganché de pura suerte, un rato antes de salir para acá. Estaba haciendo tiempo, cambiando canales, y apareció en la pantalla. Empecé a verlo casi por la mitad, pero pude acostumbrarme enseguida. Es la primera vez que encuentro algo realmente creíble en ese canal.

¿Cachalotes?

¡No! —decidí dejar de lado ese chiste—. Bustos.

¿Bustos? —dije levantando una ceja—. ¿Bustos como en mujeres?

No, estúpido. De los otros. Un busto, en realidad. El documental era sobre un busto, una escultura de la cabeza y parte superior del tórax.

Interesantísimo...

¿Vas a seguir interrumpiéndome? —comenzaba a molestarse.

No... contame tranquilo.

Bueno. El documental narraba la historia de este busto por una excelente razón: un día, sin que nadie lo esperara, sin que nadie pudiera predecirlo, la escultura despertó. ¡Despertó! ¡Con gusto a cobre en la boca, abriendo con fuerza los párpados de metal, haciendo una mueca horrible, el busto despertó! Estaba fundido en un pequeño pueblo, así que pasó desapercibido de las cámaras un buen tiempo.

Me estas jodiendo. Eso es imposible... —la intromisión me fue imposible de resistir.

Aparentemente no. No se por qué, ni cómo, pero este busto despertó, y no estaba para nada feliz. Por lo que contaba el programa, la escultura hacía referencia a un militar de alto rango, quien con su dictadura había logrado someter a todo el territorio del país, incluido el pequeño pueblo. Su método más efectivo de manutención del poder era el enrejamiento sistemático de opositores: si el líder de, digamos, el Partido Comunista, se levantaba y encontraba su casa cercada con las rejas del General, sabía que estaba advertido. Funcionaba.

¿Y qué le pasó?

Murió apedreado el mismo día que fue destituido del poder, a dos meses de comenzada su tiranía. Por algún traspapeleo, por alguna razón misteriosa, se encargó un busto a un artista cualquiera, y fue instalado en la plaza de un pueblo al azar. Con el tiempo, los libros de historia, los habitantes y la continua defecación palomar se encargaron de olvidar la escultura y a su referente.

¿Esperás que te crea? ¿Qué pruebas tenés?

Sé que suena increíble, pero es cierto. Yo mismo lo vi, con mis propios ojos, en aquel documental. Ambos sabemos que esos programas nunca mienten. Además, tenían videos, fotos y documentos que legitiman el despertar del busto.

Necesitaría verlos...

Perfecto. Sabía que ibas a decirme eso, que no ibas a confiar en mi palabra —un dejo de agresión se deslizó en confiar—, así que grabé el programa. Bueno, al menos la parte que logré ver. ¿Vamos?

Fuimos, casi obligados por las puntas quemadas de medialuna y los restos de café y chocolate. En su casa, pude ver el famoso documental y convencerme, por fin, de su certeza. Completaba lo que había relatado mi amigo con una voz cuidada y mucho más grave: en algún país que escapaba a mis conocimientos de geografía, el busto de un dictador olvidado había despertado repentinamente, para la sorpresa de todos. Lo hizo un día cualquiera, en un esfuerzo increíble, y apenas pudo controlar sus movimientos faciales comenzó a insultar a todos los transeúntes que visitaban la plaza en la que estaba fundido. Todas sus quejas e injurias se concentraban en la exigencia de remoción de palomas, que habían adornado con varias capas de pintura a su alguna vez plateada superficie. Era, según el busto, incomprensible que una figura de su importancia sufriera semejantes horrores. Pedía, cada tanto, una silla de ruedas, y que lo desmontaran de aquella plaza maloliente para regresar a su hogar. Aunque al principio se mostraron indiferente a los gritos del visitante inesperado, estos terminaron por hartar a los habitantes del pueblo: fueron a visitarlo de noche, cuando aparentaba dormir, lo metieron en una bolsa y lo llevaron a una de las empresas metalúrgicas de la zona. Hicieron rejas.

Las lágrimas siempre interrumpen el relato en la palabra rejas. Si lo continuara, recordaría que aquella tarde, mientras volvía caminando a su casa, tomó la lógica decisión de encerrarse en su cuarto para evitar cualquier acción que pudiera hacerlo merecedor de un busto.

 
 
Vilanos

—Esto no es vida —le dijo a su compañero, otro sobreviviente, mientras corría con miedo las cortinas de su refugio—. Así no puedo... así no podemos seguir.

—Lo sé —respondió con un seco suspiro el otro lado de la oscuridad—. También que no hay nada que podamos hacer. No hace falta que te recuerde todos los esfuerzos inútiles.

—Los conozco de memoria, creeme. Pero ya no puedo soportar un segundo más encerrado, escuchando las maneras en que podrían asesinarnos. ¡No voy a esconderme hasta que dejen de caer! ¡Ya pasaron tres años!

—Tranquilizate. No seas estúpido. Sabés muy bien que si no fuera por este cuarto estaríamos muertos hace rato. ¿Escuchás el ruido que hacen al golpear el techo? Imaginatelos sobre tu cabeza.

—Vale la pena arriesgarse: ya casi no nos queda comida. Hay que salir. No es tan difícil... ¡no necesito más que esta aspiradora para vencerlos! —gritó, levantándose de un salto y mirando con odio hacia la ventana. Abrió la puerta, se aferró al caño de plástico del electrodomestico y obvió las suplicas de su compañero: saldría.


Cuando comenzó fue algo hermoso: sin que nadie lo esperara, sin que nadie pudiera explicarlo, el cielo del pueblo se vio cubierto con semillas blancas, peludas, que bajaban volando con gracia y sin ningún apuro visible. La sorpresiva llegada de los dientes de león o panaderos o Asteráceas o vilanos parecía encantarles a todos. Los niños corrían, sonriendo, atrapando las semillas para despedazar, satisfechos, sus pelos; los adultos las miraban, envidiando su absoluta falta de responsabilidades y compromisos; los ancianos intentaban capturarlas en frascos vacíos para robarles algunos años en deseos. Eran tan inofensivos, tan suaves, tan bonitos a la vista, que hacían felices a la gente. Despreocupación y alivio generalizado podía olerse en el aire, mientras más y más semillas caían volando.

Lo siguiente que pudo olerse fue desesperación y muerte. Es cierto, algunos dientes de león o panaderos o Asteráceas o vilanos flotando indecisos en el aire son agradables a la vista, divertidos de perseguir, pero cientos, miles de ellos al unísono atacando desde el cielo pueden ser mortales, y comprobaron serlo. La diversión cesó.

Las primeras víctimas fueron en su gran mayoría niños, que prefirieron perseguir semillas peludas con redes improvisadas en vez de oír a sus ruleras madres. Los más afortunados murieron aplastados por avalanchas infranqueables; los menos, ahogados: se reportó el escalofriante caso de una niña que tragó –o intento tragar- más de cincuenta y seis dientes de león o panaderos o Asteráceas o vilanos. Temiendo los efectos de la plaga, seguros de que no pararían de caer, todos decidieron refugiarse. Era su única opción.

Tres años de guerra lograron eliminar a casi toda la población. Las necesarísimas excursiones en busca de comida, el inevitable desplome de techos mal construidos, la súbita locura refugial, los intentos desesperados de controlar la invasión y el suicidio hicieron que aquel pueblo que antes pintaba con tonos verdes el paisaje sea hoy una asquerosa y uniforme mancha blanca en el mapa. Los pocos que todavía quedan en pie caerán en manos de los dientes de león o panaderos o Asteráceas o vilanos.


Acurrucado en el único rincón seguro del refugio, inmóvil en la oscuridad, no podrá olvidar la imagen que vio hasta que por fin sea su turno: confiando en su aspiradora, su amigo caminó tranquilo hasta el campo de batalla, donde caían dientes de león o panaderos o Asteráceas o vilanos sin parar. Esperó que las semillas lo rodearan completamente, seguro de que su arma sería la salvación para los que miraban atentos desde las ventanas, y, con una sonrisa que podría considerarse maliciosa, accionó el botón de encendido en el momento justo. Fue una lástima que hubiera olvidado enchufarla.

 
 
Candilíneo

Aunque entretenerme entre estación y estación era una de las pocas obligaciones que podía obviar sin problemas, ese día me era imposible. El tren no se movía, y no iba a hacerlo por al menos cuatro horas más: un desperfecto demasiado común había atacado sin piedad a la viejísima locomotora. El panorama era desalentadoramente aburrido. Debía esperar allí, en esa parada estéril de un pueblo que seguro ya fue abandonado, o nunca llegaría a destino a tiempo. Y nunca llegar a destino significaría menos dinero; y menos dinero significaría felicidad reducida. Recordando esto, me senté en uno de los bancos vacíos de la estación.

Desde mi perspectiva, tenia dos opciones viables. O esperaba sentado en aquel asiento el resto de las horas mientras revisaba papel y mentalmente mis futuros negocios, o me decidía por fin a investigar el tumulto –la falta de integrantes impedían considerar al grupo como una muchedumbre– que se había reunido en torno a otro de los bancos de la estación. La sola idea de mi probable reflejo en la calva del ejecutivo que necesitaba convencer me disuadió de la primera alternativa.

No recuerdo si fue un perdón, un disculpe o un con permiso lo que permitió que hacerme paso entre las otras cinco personas que rodeaban al asiento no fuera demasiado complicado. Sentado, tranquilo, apoyando sus erosionadas manos sobre un bastón adornado con piedras falsas, un anciano esperaba y hacía señas con su sombrero para que más personas se reunieran a su alrededor. Aparentemente tenía algo interesante que compartir. Tal vez fuera un genio, tal vez un estúpido, tal vez tuviera delirios de orador: cualquiera de las tres situaciones prometían al menos media hora de entretenimiento gratuito. Llegaron otros dos pasajeros varados y el viejo se aclaró la voz lo suficientemente fuerte como para que todos calláramos y por fin pudiera empezar. Me propuse escuchar su voz ronca:

Acérquense. Vengan. Veo que el tren falló otra vez. Ya no me sorprende. Todas las semanas, todos los viajes de esta compañía sufren desperfectos en mi estación. Estoy seguro de que es una simple excusa para disfrutar de mi relato. Escúchenla, y luego váyanse. Créanme: lo mejor que pueden hacer en este momento es oírme, aprender de mi desgracia, esperar a que los maquinistas solucionen el “problema” y escapar lo más rápido posible. No querrían tener que pasar ni un minuto más del necesario aquí. Este pueblo esta infestado de ignorantes, lleno de personas desagradecidas que no saben reconocer la genialidad. Lo sé por experiencia propia.

El viejo hizo una pausa para acomodar su bastón en un lugar más confortable, salivar y peinarse los pocos cabellos que aún asomaban en su sombrero. Después, prosiguió:

Soy, o al menos antes me consideraban inventor. Era mi verdadera vocación, mi pasión, lo que alimentaba mis pasos todos los días. Graduado con honores que no hace falta mencionar, me radiqué definitivamente aquí para ayudar a que el pueblo que me había visto crecer se convirtiera en un lugar habitable. Años de dedicación exclusiva a la habitabilidad me hicieron regalarles a estos desagradecidos pueblerinos inventos que, por razones de patentes y derechos de autor, no puedo revelarles con detalle. Sabrán comprender. Sería el colmo que todos ustedes se hicieran ricos a costa mía.

O bien por aburrimiento, o bien por indiferencia, o bien por incredulidad, las siete personas que acompañaban la lección se retiraron en un nuevo respiro. Yo decidí quedarme, sentarme al lado del orador. Como si nada hubiera pasado, como si nadie se hubiera escapado, como si yo no estuviera a su derecha, el anciano continuó con su relato mirando al frente:

Sólo uno de mis inventos puedo compartirles: no hay riesgo latente de plagio por la predecible falta de compradores. Si bien era y todavía es mi obra maestra, si bien mejoró la habitabilidad del pueblo en muchos por cientos, fue mi condena. Respondía a un problema que personalmente me irritaba y que a otros estoy seguro también: en mis momentos de inspiración, en aquellos instantes en que una idea finalmente tomaba forma en mi cabeza, las personas decidían molestarme. No es que lo hicieran adrede, no, claro, por supuesto. Era solamente una infalible e inevitable coincidencia repetitiva. Apenas, iluminado, abría un cajón buscando cuadernos para plasmar lo que sería mi idea más brillante, entraba la mucama, llamaban por teléfono, saludaban desde la ventana o cualquier otro etcétera que se les ocurra. El diseño de la solución, aunque tuvo que sobreponer muchas de aquellas eventualidades, podría calificarlo como minimalista: un armazón pequeño, de metal, ajustable, con una lamparita de watts variables encima, que calzaba cómodamente en cualquier cráneo humano; una vez instalado, el usuario se convertía en el feliz poseedor del único repelente de molestias existente. Cuando se deseaba ahuyentar merodeadores, la acción necesaria era la simple opresión de un interruptor en la base de la bombilla eléctrica. Viendo el resplandor, sabiendo que a su víctima se le había, literalmente, prendido la lamparita, el merodeador abandonaba sus inadvertidos fines maléficos. Era un invento perfecto, inmejorable. Tanto así, que mi en ese entonces esposa me convenció de comercializarlo en el pueblo.

Otra pausa. Por los gestos que entonces podía adivinar desde mi izquierda, la próxima parte del relato sería la decisiva. Esto era una noticia más que prometedora, considerando que la historia estaba aburriéndome sobremanera y que sentía pánico de dejar completamente solo al anciano. No quería averiguar si iba a permitir que escapara ileso. Sin mirarme, comenzó:

Ese fue el error. ¡Ese! Ese instante en que decidí vender el artefacto es el culpable de que hoy esté aquí, entre todos ustedes, contando mi desdicha. Nunca pensé que mi obra maestra fuera inestable. Tampoco que muchos niños pudieran tener interés en usarla como entretenimiento. Mucho menos que el modelo inalámbrico, equipado con una bonita y práctica lampara de aceite, podría explotar de esa forma. Debería haberlo hecho. Me habría ahorrado tantos llamados telefónicos, tantas cartas, tantos reproches, tantos años de cárcel, tantas horas contando esta historia. Si sólo... si me hubieran dejado...

Sin razón aparente, el relato cesó. Era imposible que terminara allí. Miré al orador: se había quedado completamente dormido. Por más aburrimiento, por más estupidez, por más –o menos- genialidad, había logrado distraerme el tiempo suficiente. Preferí descansar en el vagón las horas que todavía debía soportar.

Seguía durmiendo, con las manos apoyadas en el bastón, inclinado hacia adelante, con el sombrero caído, cuando por fin partimos hacía la estación correspondiente. Un halo rojo, circular, acostumbrado a llevar el peso de algo que me era imposible identificar, adornaba su cabeza. Justo encima suyo, titilaba por última vez un foco sucio, defectuoso.

 
 
Epigrafía

No es perfeccionismo: si todo pudiera ser indefinidamente perfectible, me volvería loco. Es acomodar las cosas para que cuadren en su lugar correspondiente, organizarlas de la manera adecuada; es cuidar los detalles, los pequeños fragmentos que no sobresalen, pero determinan la calidad del conjunto; es no escribir una coma de más, no dar una pincelada innecesaria, no decir una oración superflua; es conocer, siempre, el punto exacto, la medida justa que las cosas necesitan para considerarse apropiadas. Nada más.

Viviendo así, aplicando esos parámetros, logré aliviar la presión que el mundo ejercía sobre mis hombros. Sólo de esta forma pude eliminar todo lo que no terminaba de convencerme, todas las pequeñas características que perturbaban y que estoy seguro ya nadie extraña. Es fácil. Cada vez que algo me molesta, lo tomo, lo examino, y lo corrijo. Libros, fotografías, cuadros, personas: da lo mismo. Lo importante es qué, sin excepción, todo puede adecuarse hasta ser apropiado. Mi familia lo sabe, y no hace preguntas estúpidas; mis amigos lo saben, y sólo hablan cuando se creen capaces; yo lo sé, y nunca lo cuestiono.

Ya había adecuado todos los libros que descansaban en mi ahora envidiable biblioteca, corrigiendo comas, puntos, acentos, incoherencias e historias estúpidas. Ya había mejorado todas las fotografías de mis álbumes, alterando colores, moralizando expresiones y modificando contextos. Ya había limpiado todos los cuadros de las galerías aledañas a mi casa, quitando texturas, agregando tonalidades y justificando críticas. Ya había ajustado las opiniones, la ética, la moral, los valores y las creencias de los que me rodeaban. Y todo, por fin, encajaba perfectamente en su lugar. Ya no quedaban detalles a corregir. Estaba equivocado.

Mi rutina era invariable: me levantaba, tranquilo, temprano, con el tiempo suficiente para bañarme, desayunar, leer cinco noticias interesantes del diario, vestirme y llegar al trabajo a punto. Pero ese día era distinto. Algunas noches atrás, mientras dormía, había fallecido mi padre. No era su muerte lo que me alteraba sobremanera, sino el hecho de que ya no podría seguir adecuándolo y, sobre todo, que tendría que manejar hasta el cementerio para presenciar su pomposo entierro. Resignado, molestando mi rutina, odiando aquella lluvia, fui hasta el lugar, me senté en mi silla reservada y escuché sin mucha atención los discursos de varios familiares desconocidos mientras mojaba inevitablemente mi traje. Esperé a que se fueran todos, me levanté y caminé decidido hasta la lápida. Lo que vi inscrito en ella fue lo que desencadenó todo esto: Irremplazable hijo, excelente padre, destacado ciudadano. ¿Qué era eso? ¿Quién había, sin mi importantísimo consentimiento, grabado aquellas seis palabras, aquellas tres mentiras, en la piedra? No podía irme de allí sin corregir el epitafio, no podía simplemente volver a mi casa sabiendo que ahí, en ese mismo lugar, había un error esperando a ser erradicado. No lo hice. Volví a mi auto y tomé mi siesta de las cinco. Desperté gracias a la radio, a las siete, cuando ya a nadie le interesaban los cuerpos pudriéndose a metros bajo tierra. Me dirigí a la lápida y la tomé prestada hasta que estuviera lista. Compré un pequeño martillo y un certero cincel camino a casa, mientras repasaba mis clases de escultura y me entretenía recordando mis inigualables obras de arte. Sequé el auto una vez dentro del garaje, volví a planchar el traje que debía usar en días posteriores, y por fin pude detenerme a adecuar. Decidí, por mi relativamente escasa experiencia en el manejo del cincel, modificar solamente los tres adjetivos: irremplazable, excelente, destacado. No me hizo falta investigar. Sabía, estaba seguro de que no eran los correspondientes, que mi padre no había merecido esas tres palabras en ningún momento de su vida. Comportamientos desmedidos, actitudes egoístas, aventuras secretarias, aficiones alcohólicas, golpizas reiteradas, bastardos olvidados, fraudes imperdonables y etcéteras varios: todo contribuyó a que sus verdaderos adjetivos fueran otros. La mañana siguiente, barrí los escombros, escogí un lugar adecuado para mi nuevo cincel y martillo, y partí al cementerio para devolver la lápida que descansaba en el baúl. Insípido hijo, terrible padre, reprobable ciudadano, decía. Mucho mejor.

Pero no fue suficiente. Esa adecuación de adjetivos no bastó para saciar mis nuevas ansias de corrección de epitafios. Todo lo contrario: me abrió un nuevo campo de detalles adecuables. Sabía que aquel cementerio estaba lleno de errores; conocía a la mayoría de los que estaban enterrados. Era lo que faltaba. Era lo único que aún no había podido convertir en apropiado.

Ahora, por supuesto, mi rutina es distinta. Apenas: el único cambio sustancial es que en lugar de salir cronometradamente desde mi casa hasta la oficina, lo hago hasta el cementerio. Se ha transformado en mi nuevo trabajo. Todas las semanas escojo un nuevo proyecto, investigo al difunto y agrego, modifico, borro y corrijo. Hasta ahora, además de mi padre, adecué otras dos lápidas imprecisas.

La primera era pesadísima. Le pertenecía a una mujer, a una anciana que, según decían, había dedicado su vida entera a ayudar a los demás. Su lápida leía: Aquí yacen los restos mortales de Julia, amada y respetada por toda su comunidad. Que estupidez, pensé, mientras tomaba prestada la piedra. Que epitafio tan insulso, tan común, para una persona tan supuestamente amada. No tuve otra opción que investigar y adecuar. Lo que en un principio era una simple corrección de estilo, de estética, se transformó en una modificación total. Julia, tan amada, Julia tan respetada, ni siquiera se llamaba Julia: había nacido bajo el nombre de Andrea por petición de su desaparecida madre adolescente. Julia, en realidad Andrea, nunca había tenido el valor de dar a conocer su secreto, de aceptar quien realmente era. Decidí hacerlo por ella. Después de muchos llamados telefónicos y necesarios retoques, su lápida leyó: Aquí yacen los restos mortales de Andrea, tal vez Julia, antes amada y respetada por toda su comunidad. Inscribí algunas palomas a los costados, sólo para practicar mi manejo del cincel.

La segunda fue mucho más arriesgada. Sabía que meterme con la lápida de un sacerdote probablemente me prohibiría la entrada al cielo, pero cuando leí Señor, recibe a este amante de los niños con la misma devoción con que el te entrego su alma, no pude más que tomar la piedra para trabajar en ella. Conocía a aquel párroco: lo había sufrido en mis años de juventud. Todos los domingos, lo quisiera o no, debía estar en la primera fila de la iglesia de la mano de mi progenitor para memorizar las inviolables leyes mundanas. Mi padre, que casi siempre dormitaba a mi izquierda, no era el único que no merecía tal titulo. En el colegio, en los recreos, nunca escaseaban pruebas del gran amor que el sacerdote nos tenía a todos, incluyéndome. Desenterrar esos recuerdos me trajo muchas noches sin dormir, varias rutinas desorganizadas y, también, un enorme dolor de cabeza, que era agravado por mi incapacidad de corrección del epitafio. No podía, por más que pensara toda la noche, o noches, encontrar el punto exacto que tanto necesitaba. Me frustré muchísimo, hasta que pude entender el error de la inscripción. Me llevó dos minutos corregirlo: Señor, recibe a este amante de los niños con la misma devoción con que él te entregó su alma. La medida justa.

Cada vez que repongo la piedra corregida, no puedo evitar sentir, tras una enorme sensación de alivio, el mundo más tolerable, mis hombros un poco más livianos. No sería apropiado detenerme en estas tres lapidas. No: conozco perfectamente mis responsabilidades morales, sociales. Revisaré con mi cincel todas las lapidas inscritas en el cementerio. No dejaré que escape ninguna. Sólo cuando termine podré, podrán, podremos descansar en paz.

Manejando hacia el cementerio, camino al trabajo, respondo una de las contadas preguntas que todavía no había sido capaz de adecuar. Me inquietaba cada vez que tomaba prestada una piedra; distraía mis trabajos de investigación; obstaculizaba los impostergables momentos de corrección. Había encontrado soluciones tentativas, algunas más viables que otras, pero ninguna lo suficientemente apropiada. Ya no molestará más. Satisfecho, sonrío mientras imagino un preciso, sencillo e impecable De nada esculpido en la lápida.

 
 
Efigie
I

“Los comienzos de la fotografía estuvieron signados por el terror a la pérdida del alma. En cada presentación, en cada exposición que se presentaba la nueva técnica, no faltaba quien se horrorizaba al pensar que saldría de allí sin su esencia, sin su preciada condición de original. Desde su punto de vista, una vez fotografiados, inmortalizados en una imagen supuestamente eterna, ya no serían los mismos, ya no podrían creerse únicos, singulares. Sin esencia, sin alma, vagarían por el mundo como una masa de individuos acéfalos, guiada cómodamente por los pocos que en aquel momento sabían manejar los intrincados aparatos.

La enfermedad, identificada más tarde como una desviación específica de la tecnofobia, fue erradicada gracias a un tratamiento efectivo y sencillo de aplicar. El paciente era atado a una mesa vertical frente a tres cámaras estratégicamente posicionadas; especialistas se aseguraban de realizar disparos certeros y al unísono, en cuatro tandas; la víctima tecnofóbica era desatada y encerrada en un cuarto blanco, sin acolchar, el cual se inundaba con ráfagas de luz intensa cada cinco segundos; a los seis días, el paciente era dejado en libertad. Según registros hoy recuperables, no se documentaron más de una docena de casos fatales al tratamiento. Más que suficientes para declarar su carácter obligatorio, incluso preventivo.

Aquellos que pudieron probar sus terrores como verdaderos recibieron también sus correspondientes ráfagas de disparos certeros y al unísono.”

II

Desde niño me obsesiona la fotografía. Recuerdo cómo mataba horas en el patio oscuro de mi casa viendo imágenes de puntas redondeadas, cómo las coleccionaba con fervor, cómo las organizaba en cajas de zapatos especialmente preparadas. Conseguirlas era la parte fácil: solía robarlas, secuestrarlas, cada vez que tenía oportunidad de hacerlo; aceptaba donaciones, también, que no escaseaban. Lo complicado era esconderlas lo suficiente como para que mi madre no las encontrara. Nunca había podido complacerla. Siempre, por más que hubiera hecho las cosas bien, tenía algo para regañarme. Lo único que quería era que se sintiera orgullosa de su hijo, hacerla feliz por lo menos cinco minutos. Pero no. Cada vez que encontraba mis archivos, mis cajas con fotos, me las quitaba sin pensarlo. Cuando juntaba suficientes, las quemaba donde yo pudiera verlas. Sin entender la función de los papeles que ardían, solía decirme, más bien reprocharme:

¿Por qué no sos normal? ¿Qué hice para que me trates así? Todo el día mirando esas fotos, esas imágenes horribles de vaya uno a saber quién. Podrías ser como tu amigo, el de enfrente, que tan bien se porta, que tan bien le va en el colegio. Pero no, claro, no sos capaz de regalarme siquiera eso. No: preferís sentarte ahí, mirando esas fotos, embobado, como si fuera lo único importante, como si no tuvieras nada mejor que hacer con tu vida, como si no tuvieras alma. ¿Qué vas a hacer cuando seas grande, cuando no esté para cuidarte? ¿Cuándo vas a ser alguien? ¡Despertate! ¡Abrí los ojos!

Los tenía bien abiertos: examinaba cada una de las fotografías hasta el último detalle con mi lupa, intentando encontrar características mínimas que a primera vista se resistían a aparecer. Hallaba mundos de personas ocultas, risas contenidas, miradas displicentes, abrazos falsos, reuniones forzadas. No podía dejar de hacerlo: desde aquel fragmento de un libro abandonado por los dueños anteriores de la casa, sabía que dentro de cada imagen se encontraban inmortalizadas, encerradas, las almas de las víctimas fotografiadas.

Me propuse encontrar una forma para liberarlas. Pensaba que una vez identificados todos los detalles mínimos invisibles a todos, el verdadero contexto detrás de cada imagen aparecería, sus presos quedarían libres. No lo hacía para salvar las almas de las víctimas encerradas. Nada de eso: sólo para alimentar, más bien crear, la mía. Tal vez así dejaría de gritarme.

Ninguna técnica funcionó.

Comencé a comerlas al cumplir quince. Cansado de no poder comprobar mi teoría, tomé las tijeras del costurero de mi madre, que dormía, corté en pedacitos comestibles las fotos más jugosas y los saboreé uno por uno, asegurándome de no dejar escapar ni en más minúsculo fragmento de alma filosa. Me desperté al otro día con la garganta algo lastimada, pero satisfecho como nunca en mi vida. Por primera vez, me sentía algo humano. Me sentía alguien. Al fin podría complacerla.

III

Los negativos probaron ser más sabrosos y prácticos. Kilos de rollos engullidos terminaron de construir mi alma. Abandonados detrás de casas de fotografía, desmerecidos por sus empleados, regalados como llaveros, se me hicieron mucho más cómodos de encontrar y preparar. Un cuchillo, modificado por el uso, despega la primera tira del recipiente de metal; dos incisivos, algo gastados, toman el negativo por la punta y succionan, alimentándose a gusto; terminado el procedimiento, la tira es almacenada en su depósito correspondiente, rotulando la cantidad de centímetros sobrantes. Mejor imposible.

Vivo solo. Por elección: no podría compartirme con nadie. Una compañera estorbaría, necesitaría cosas, me pediría favores. Como si estas tres razones fueran poco, me obligaría a conseguir el doble de raciones diarias. Así estoy bien. Tengo un departamento pequeño, equipado con el cuarto que necesito. Los únicos muebles de la habitación son mi viejo colchón desvencijado, que alguna vez supo tener sabanas limpias, y un armario blanco, que armé y pinté yo mismo. El calificativo armario le queda realmente holgado: son sólo dos patas que se mantienen en pie por voluntad propia. Lo importante son sus cajones. Cada uno, apenas arriba de su manija, tiene una de las siete iniciales de la semana; dentro de ellos, cómodos separadores se encargan de ordenar las raciones diarias. Organizarme de cualquier otra manera sería demasiado peligroso.

Los problemas son dos.

La manutención es complicada. Para poder mantenerme vivo, completo, debo comer al menos once rollos al día –dos al desayuno, cuatro al mediodía, uno a media tarde y el resto en la cena–. Es cierto que son fáciles de conseguir, baratos, incluso gratuitos, pero apoderarme de los a veces trescientos treinta, a veces trescientos cuarenta y un rollos necesarios por mes no resulta siempre un trabajo placentero. No estoy para nada orgulloso de haber robado tantas cámaras fotográficas, pero no tengo otra opción. Si no alimento mi alma como es debido, toda mi integridad como sujeto podría derrumbarse. No soportaría volver a ser ese niño con sobrepeso, algo estúpido, que tanto decepcionaba a su madre. No otra vez. No te preocupes, mama.

No puedo ser capturado. Después de haber estudiado palabra por palabra el libro polvoriento que se desarmaba desde hacía años en mi casa, supe que nunca debía dejar que el lente me alcanzara. Que horror, que desgracia caer víctima de una fotografía, quedar instantáneo en un papel plastificado que se aconseja no manchar. Tendría que empezar la construcción desde el principio. No lo soportaría. El peligro aumenta todos los meses. No puedo darme el lujo de perder todo el trabajo que he realizado hasta ahora. Demasiado tiempo ha costado construirme sujeto como para abandonarme a la primera ocasión de foto. Prefiero esconderme, esperar la ráfaga de luz, y salir cuando es seguro; o quedarme detrás del lente para presionar yo mismo el botón de captura. Pensé muchas veces dedicarme profesionalmente a la segunda opción –el oficio de la primera creo que es inexistente–, pero el terror de capturas accidentales siempre terminó por acobardarme.

Todos los días intento calmarme, creer que los peligros son más que lejanos. Nunca lo consigo. Están empezando a perturbarme.

IV

Escapar del lente no alcanza. Cualquier cosa que refleje, que pueda reproducirme sin errores, es potencialmente peligrosa. No puedo seguir así. Siento que me ahogo, que no puedo moverme sin caer víctima del secuestro de mi alma, de mí, que tantos negativos me ha costado construir. Tengo que solucionarlo.

Me rehúso a encerrarme en mi cuarto. No me molestan la humedad, los ruidos, ni siquiera el olor. Simplemente no puedo, no quiero aceptar que podría perderme en manos de algún espejo. Pero no voy a aislarme en mi cuarto sin ventanas, lleno de rollos gastados y a ingerir: voy a enfrentar por la fuerza todo lo que se atreva a encontrarme. Palo y guante en mano, voy a salir, ahora, a destrozar cualquier cosa reflexiva. Espejos, vidrios, metales, agua, ojos, van a ser mis inevitables víctimas, y nunca más viceversa. Por fin voy a librarme de este miedo. Ya verán. No volveré a ser el de antes. Ya no podrán capturarme. Nunca más, mamá.

Antes, provisiones. Salir a despedazar cualquier elemento capaz de secuestrarme sin alimentar mi alma como debo sería una imprudencia. Es lógico que partes de mí sufran reflejos dañinos: prefiero engullir dos raciones completas ahora mismo y no lamentarme luego. Que horror.

Veintidós rollos me miran atentos, con tiras agujereadas saliéndoles de sus costados. ¿Se estarán burlando? No hace falta sentarme. Ni masticar. Sólo comer para protegerme.

V

No fue el olor lo que obligó al encargado a tocar su puerta –después de todo, ya se había acostumbrado a los fétidos aromas que subían de aquel segundo piso–. Lo que molestó su atención fue el olvido de la renta del mes, lo único que garantizaba a todos los inquilinos, sin excepción, su no expulsión a las calles. Ya había pasado una semana desde la fecha límite, y no estaba dispuesto a esperar ni media hora más para aplicar la ley. Antes de siquiera bajar y tocar su puerta, llamó a la policía, que acudió con ansias de participar en el futuro espectáculo. Golpearon la madera hueca cinco veces, acompañándolas con gritos eufóricos. Pero nada. Volvieron a golpear, esta vez con más fuerza, astillando apenas la puerta. Y tampoco. Decidieron, por fin, tirarla abajo, por el bien de la sociedad en conjunto.

Lo que vieron dentro aún hoy los sorprende. No encontraron en el departamento ningún deudor atrincherado, ningún insolente capaz de desafiar las reglas de la renta; hallaron, en cambio, un hombre pálido, extremadamente delgado, casi desnutrido, que yacía muerto, ahogado, con tiras de negativos en la boca, en un colchón casi inexistente.

La multitud que atrajo el nuevo espectáculo fue más numerosa que el anterior. Investigadores, criminólogos, y, sobre todo, periodistas, atiborraron el cuarto de costoso equipamiento para exprimir todo el jugo de la historia de la semana. Cámaras fotográficas, con luces blancas, gigantes, bañaron su cadáver de irremediable secuestro. Al día siguiente, “Confusa muerte por ahogo: la víctima se habría suicidado ingiriendo rollos de negativos”, acompañó a su primera y única instantánea en las tapas de los diarios. Inmortal después de muerto, dirían algunos.

 
 
Alérgeno

Aterrado, solo, desanimado, espera inmóvil en su cama sepia de hospital. Esta allí hace meses, y sabe que a esa hora, esos días, tiene que soportar su tratamiento. Debe hacerlo, porque es la única forma en que, al menos dentro de unos años, mejorará y podrá reintegrarse a la sociedad. Por ahora, permanecerá, por su bien, completamente aislado del mundo. Excepto esos días, a esa hora, por supuesto, cuando recibe su tratamiento.

Para amenizar su estadía, el hospital ordenó, antes de su internación, la remodelación de uno de sus mejores cuartos. Todo debía ser, por pedido del psicólogo, sepia, de maderas blandas y sin demasiados ángulos violentos. Cualquier otra configuración del espacio provocará situaciones indeseables, incontrolables, aseguró el doctor, con estudios dudosos en la mano. Las condiciones de seguridad no podían ser menos rigurosas. La más leve filtración del mundo exterior causará desastres irremediables, continuó el psicólogo, notablemente alterado, agitando los papeles mencionados. Un guardia armado, equipado con una mascara de gas, hoy se ocupa de eliminar las amenazas que osan acercarse a la puerta sellada de pino sepia.

Esa es su vida. Su único escape, controlado, son hojas cuadriculadas, de puntas redondas, del mismo color que el resto de la habitación. Al entregárselas le explicaron su función: allí debería escribir, periódicamente, sus sentimientos, dudas, inquietudes o cualquier cosa que se le ocurriera. Las hojas serían archivadas, día a día, para su posterior recopilación y devolución al paciente. No te preocupes, será nuestro secreto, dijeron, no las revisaremos. Por supuesto, lo hacían, realizando anotaciones técnicas, en imprenta, insensibles, junto a los vómitos cardíacos del estudiado. Todo por mejorar su calidad de vida. Y la del resto.

Los reportes médicos, digeridos de millones de cuadrados sepia y ordenados en forma cronológica, se reducen, a favor de la eficacia administrativa, a esto:


No entiendo por qué tanto alboroto. No me creo tan especial. ¿Qué los motiva a proveerme comida, alojamiento y seguridad, a cuidarme celosamente de cualquier intrusión exterior? Sé que mi caso es raro. Sé que no hay muchas personas alérgicas a la poesía. Pero esto es demasiado. Es exagerado. Voy a preguntarles.

CAUTELA: POSIBLES CUESTIONAMIENTOS. TOMAR MEDIDAS INMEDIATAS.


Estoy acostumbrándome. Las explicaciones a mis planteos de contención son adecuadas. Tienen razón. Después de todo, no se puede vivir sin poesía, todo se volvería sepia, como este cuarto. Los días perderían belleza, como me explicaron. No puedo arriesgarme a que sea mi culpa. Aquí estoy contento.

MEJORÍA: MANTENER CAUCIÓN. INICIAR BÚSQUEDA DE TRATAMIENTO.


Aún desconozco la razón de mi alergia. Ya no responden a mis preguntas, creo que por pura ignorancia, alegando prontas curas y medicaciones. De lo único que estoy seguro es que cada vez que leo, veo u oigo un poema, desfallezco, me ahogo, siento pánico. Es horrible. Lo peor son sus derivados: la música, cualquier cosa que rime y todo lo que esté estructurado en verso. No podía continuar de esa forma, pensando que la poesía estaba contaminada por márgenes inútiles, palabras insulsas, espacios sobrestimados, mayúsculas pretenciosas, signos superfluos, repeticiones innecesarias. Por una supuesta capacidad de transmitir colores, ambientes, sensaciones, personajes, en palabras inconexas, sin sentido. No era natural vivir así. Tengo que aprender a tolerarla. Es lo mejor. Para todos.

RECUERDOS EN DEMASÍA: COMENZAR TRATAMIENTO NO AMBULATORIO.


Es horrible. No puedo soportarlo. Tengo que escapar de aquí, tengo que lograr que me liberen, que entiendan que ya no me importa curarme, que sólo quiero vivir. Evitaré todo lo poético, lo prometo, no escucharé más la radio, no pararé en aquel bar, llevaré orejeras todo el tiempo: sé que leen estas hojas, háganme caso, por favor, ya no lo aguanto, ya no más. El tratamiento es demasiado duro. Es inhumano. Paren. Se los ruego. Haré lo que quieran, cualquier cosa, menos ese tratamiento.

RESULTADOS DESFAVORABLES: AUMENTAR INTENSIDAD DE TRATAMIENTO.


No le harán caso. No permitirán que salga hasta que haya pasado el tiempo necesario. Caso contrario, las consecuencias serán, como mínimo, trágicas: en cada esquina, en cada canción, en cada verso, caerá desfallecido, sentirá pánico, sufrirá ahogos. O, incluso, catastróficas: contagiará a los indecisos, a todos aquellos que sólo aparentan su gusto por la poesía, a todos aquellos que la leen por inercia, alegando interpretaciones vívidas en cementerios de palabras. No tomarán tal riesgo. Menos ahora, que lograron contenerlo, atraparlo, encerrarlo, aislarlo del mundo. No permitirán que no acepte, que no tolere, que no le guste, la poesía. No está bien. No es natural.

Su única opción es el tratamiento intensivo que tanto sufre. Esos días, a esa hora, es llevado a cabo en forma rigurosa, sistemática, médica: dejan pasar por la puerta de pino a un hombre de boina sepia, anteojos redondos y pantalones gastados, que trae junto a su olor particular una silla plegable y un libro indefinido, siempre cambiante. El especialista arma y acomoda la silla, se aclara la voz con un ademán exagerado, abre el libro en una página al azar y comienza a recitar el texto afortunado, ante la mirada aterrada de su paciente de turno. Hoy toca Girondo.

 
 
Bohemia

I

Era frustrante.

Excelente, perfecto, mejor imposible, solían decir, cada vez que les mostraba los pocos cuentos que mi vergüenza no se apropiaba. Tenés que leer más, practicar más, escribir más. Tenés que explotar todo esto que llevás adentro, todo lo que te deja plasmar estas cosas en el papel. Tenés que hacerlo. No lo desperdicies; nos encanta.

Intenté hacerles caso. Me mudé al barrio que me indicaron inspirador de musas, a un departamento realmente oscuro, bastante húmedo, adecuado para los que se hacen llamar escritores. Recorrí librerías de usados, comprando todo lo que me sonara familiar, todo a lo que no le faltaran hojas amarillentas o, debo admitirlo, todo lo que costara menos de los pocos billetes que solía llevar conmigo. Mudé lo mínimo indispensable: una máquina de escribir, bastante antigua, regateada en un mercado sospechoso hasta el más mínimo centavo; una resma de papel que parecía hacerse más translucida con los días; una silla y su mesa correspondiente, que venían con la máquina regateada; un colchón poco confortable; unas pocas ropas; una lámpara de luminiscencia dudosa; y mi gato blanco a rayas, que se rehusó a maullidos a hospedarse en un cómodo callejón. Lo demás vino con el departamento, cuyo precio de alquiler justificaba las goteras, los olores y, posteriormente, los gritos desesperados de los inquilinos del quinto, a veces séptimo, piso. Acomodé el colchón, la silla, su mesa, la máquina regateada, la lámpara y pasé los días siguientes leyendo de malas imprentas y páginas descoloridas. No fue muy productivo: aprendí, aquellas noches, a dolor de ojos, que los libros baratos en tiendas de usados no suelen ser los más recomendables.

La máquina regateada no fue una buena inversión. Agravando la ausencia de un manual de uso, la falta de la gran mayoría de las vocales terminó de convencerme de dejarla a un lado, conseguir una pluma y escribir a mano. Un poco más lento, desordenado e incómodo, puede ser, pero al menos de esa forma podría usar todas las letras del alfabeto. Vendí la máquina inútil y con la ganancia, mucho menor que el coste original, compré una pluma desafilada y su respectivo tintero.

Estaba todo listo. Me senté, tranquilo, relajado, en la silla frente al escritorio, y comencé a escribir historias entre mayúsculas, manchas, y puntos y aparte.

La primera fue bastante interesante. Un hombre cualquiera, en un colectivo cualquiera, escribía apurado en su cuaderno de tapas blandas. Yo lo miraba oculto desde mi asiento, adivinando las letras y números con que lastimaba sus hojas. Eran días, fechas y acciones: escribía, sin descanso, horarios precisos y detallados para llevar a cabo en los días siguientes, una especie de almanaque exagerado. A las ocho treinta, bañarse, de lunes a jueves; a las nueve menos veintiséis, desayunar, esos mismos días, dos tostadas con miel y mitad de un café con leche; a las diez, salir hacia el trabajo, siempre. Hasta llegar a destino, observaba a aquel hombre planear su vida con semanas de antelación. Caminando hacia mi casa, bordeando la plaza oscura, lamentaba no haber robado el cuaderno: me habría encantado saber, al menos un día, qué hacer de mi vida. Fin.

La segunda no terminó de convencerme. Una noche de insomnio, como muchas otras, me incitaba a mirar por la ventana, a buscar razones para no hacerlo. No lo conseguía: gritos y tres personas llevando una cuerda blanca en el medio de la calle robaban mi atención. Intentaba no mirar, intentaba evitar aquella ventana redonda, pero era imposible. La cuerda blanca me intrigaba, me llamaba desde la calle, para seguirla, para saber dónde terminaba, hacia dónde llevaba. No podía contenerme, y esperando que los tres sospechosos se fueran, salía descalzo a seguirla. Encontraba no sólo la cuerda que había visto, sino una en todas las calles de la ciudad. Me topaba con otros, como yo, que descalzos seguíamos lo que luego descubrimos eran simples ramificaciones de una cuerda enorme que cesaba en la avenida más importante de la ciudad. Llegábamos todos allí, en pijamas, somnolientos, esperando una respuesta. No nos la daban, y nos volvíamos, tristes, a nuestras camas. Los diarios no mencionaban nada la mañana siguiente. Fin

La tercera era simplemente estúpida: un nuevo colectivo, ahora vacío. Yo frente a la máquina, con las monedas en la mano, esperando recibir el boleto. No podía. Me paralizaba ante la interpelación del aparato expendedor: “indique su destino”. Intentaba comprender por qué a aquél pedazo de metal le interesaba mi futuro, pero no lograba descifrarlo. El colectivo no me esperaba. Fin.

Y ninguna más. Pude escribir sólo tres cuentos, o intentos de, sólo tres historias, o intentos de, hasta que el tintero dejó de responderme.

II

Los arañazos valieron la pena.

La escasez mental de tinta no menguó. Después de aquellos tres intentos mediocres de cuentos, no pude escribir más. Repetía el proceso, y no había caso. Por más que me sentara, tranquilo, concentrado, esperando que me atacaran las musas que me había prometido el barrio, no podía escribir nada, no pasaba nada, no salía nada.

Hasta que la conocí. Buscando otra resma manchable en el mismo mercado sospechoso, nos vimos, primero yo, después ella. Sus ojos eran perfectos, redondos, negros, penetrantes. No pude contenerme. Me acerqué a ella, nervioso, como siempre, y le pregunté su nombre. Me distraje observándola, no lo escuché, no era relevante. La invité un café, creo, tal vez un té, y hablamos por horas. Me fascinaba.

Me encontré en mi departamento, en mi asqueroso hogar, con ella al lado, desnuda. No le importaba que no hiciera nada de mi vida, que los únicos muebles que tuviera fueran el colchón en que ahora dormía, una silla sin todas sus ruedas y una mesa manchada de tinta negra. Dormía, tranquila, sabiendo que al menos por hoy había encontrado a alguien para abrazar, para tocar. Yo pensaba.

Me di cuenta. Ella podría ayudarme con sus ojos, con sus redondos, negros y perfectos ojos. Ella podría permitirme escribir otra vez.

Por fin voy a afilar mi pluma, pensaba, por fin, mientras la ataba de pies y manos donde encontraba lugares apropiados. No va a pasar nada, no te preocupes, es sólo un momento, respondía a sus uñas. Necesito que me prestes tus ojos por un tiempo, nada más, lo prometo, en serio. No te resistas. No te preocupes. Quedate quieta. Tomé la resma, la pluma a afilar, me senté donde pudiera alcanzarla; la vi, hermosa, atada, mirándome con furia con ese negro que ya no podía evitar; ahogué sus gritos con el único par de medias limpio que guardaba; respiré profundo; empecé. Introduje la pluma en el tintero izquierdo, que se resistió menos, y me propuse escribir. Funcionó. Tenía razón. Ella podía ayudarme. Continué entintando mi pluma con sus pupilas, que goteaban colores de vez en cuando. Vacié sus ojos en treinta, cuarenta frenéticas hojas amarillentas, y pude por fin terminar una historia. Era excelente, dirían ellos, estoy seguro, segurísimo. Estaba feliz.

La desaté. No se movía. Me fui a la plaza, a leer, tal vez a corregir nimiedades, y la dejé ahí. Cuando volví ya no estaba.

III

Qué oscuro.

No volví a verla. No pude volver a escribir, a crear, como lo había hecho esa noche. La busqué, sin éxito, en el mismo mercado sospechoso. Me desesperé. Tenía que encontrarla, tenía que verla al menos otra vez. No podía simplemente cesar mi búsqueda, mucho menos admitir que la había dejado escapar por querer contemplar su obra. Tuve que hacerlo.

Busqué alternativas oculares.

Humanos, primero, en el mismo lugar donde había encontrado a quien hasta hoy fue la única que supo entintar mi pluma. Ni hombres ni mujeres aceptaron mi propuesta, extrañados algunos, corriendo otros. No podía entenderlo. Lo único que les pedía era que me prestaran sus ojos por unos minutos, ni siquiera horas, solamente míseros minutos. Un solo ojo, decía, uno solo necesito. Se lo pago. Nunca aceptaban. Egoístas.

Otro tipo de mamíferos, después, donde me los cruzara. El primer obvio candidato fue mi gato blanco a rayas, que hasta ese momento no había muerto. Pupilas angostas y, sobre todo, uñas filosas no fueron suficientes para disuadirme de la idea. Ya estaba acostumbrado. Lo inmovilicé e introduje mi pluma como pude. Intenté crear en las pocas hojas que aún conservaba, pero fue en vano: plasmé puras idioteces. Seguí con algunos perros callejeros. Más cariñosos, seguramente, pero algo estúpidos. Tampoco funcionaron. Por más gato o perro vaciado, el resultado era siempre el mismo. Nada.

Basta. Estoy exhausto, cansado, harto de tanta búsqueda. No puedo depender de otros para escribir, no puedo simplemente robarles la tinta de sus ojos para usarla a mi favor. Tengo que usar la mía, la de mis propios ojos, para crear como lo hacía antes, cuando me decían que debía explotar todo lo que tenía adentro. Esto tiene que terminar. Voy a buscarme, a encontrarme, a mí mismo, ahora.

Me veo invertido en la mitad del espejo que conseguí junto a algún árbol, miro la pluma ya desafilada en mi mano y acomodo la resma en el lugar preciso. Respiro. Apunto, introduzco, entinto, escribo.

 
 
Lexicón

Insípidos, tediosos, interminables, aburridos: así eran mis días. Hasta que me lo regalaron. Desde esa noche de mi decimotercer cumpleaños, tuve en mis manos, en mi biblioteca olvidada, el libro que podría y sabría entretenerme.

El regalo envuelto en papel metálico verde era enorme, pesado, imponente. Fue el primero en llegar a mis dedos ansiosos de casi adolescente; fue el que más me decepcionó. Arranqué el papel de un tirón y lo vi por primera vez, ahí, en la mesa enmantelada, inmóvil, esperando que abriera su tapa dura. Un diccionario. Un enorme, robusto, aparentemente infinito diccionario. Y ella, esa tía que nunca veía, a la que no le importaba, se me quedo mirando, esperando que le agradeciera, que le dijera la mucha utilidad del objeto regalado. Pero no. No dije nada. Mi cara y mis ojos pensaron, enojados: ¿Un diccionario? ¿No se te ocurrió nada mejor? ¡Trece años! ¿Ni siquiera un muñeco, un auto de colección? ¡Hubiera preferido ropa! ¡Ropa! Sonrió, como buena tía que ve tan poco a su sobrino que no puede siquiera reconocer sus caras de odio. Pasada la fiesta, guardé, enojado, el aparentemente infinito libro en la biblioteca olvidada de mi cuarto. Y quedo ahí, asediado de literatura barata y revistas insulsas.

Funcionó perfecto sosteniendo hojas, nivelando mesas y guardando papeles por algunos años. La tarea engañosa de una desagradable profesora fue la culpable de que finalmente lo abriera, en la pagina veintisiete, para buscar una palabra esquiva. Achaflanar: Dar forma de chaflán a una esquina, me sugirió. No entendí. Cara, en general estrecha y larga, que resulta en un sólido cuando un plano corta una esquina o un ángulo diedro, dijo, intentando ayudarme. No pudo. Figura geométrica formada en una superficie por dos líneas que parten de un mismo punto; o también la formada en el espacio por dos superficies que parten de una misma línea, terminó. ¿Qué? Cerré el libro, bastante confundido, un poco enojado, y me fui a acostar.

No pude dormir, nunca podía, me aburría. Pensé las ocho horas reglamentarias, y finalmente entendí, por fin, que los diccionarios no son lo que la mayoría piensan, que no sirven para buscar las definiciones precisas de las palabras que los perturban. No, nada de eso. Sus reglas, redactadas en subsiguientes noches de insomnio autoinducido, que algún día espero aparezcan en las primeras páginas del libro, dicen:

1. INTRODUCCIÓN

Contrario a las creencias tradicionales, el Diccionario no es un libro de consulta, sino uno de los juegos, a veces de mesa, a veces de bolsillo, más antiguos que existen. Desvirtuada su verdadera función, es necesario reivindicarla.

2. OBJETIVO

Encontrar y posteriormente tachar la mayor cantidad de palabras posibles en el tablerolibro elegido.

3. REGLAS DE JUEGO

Se comienza eligiendo cualquier palabra del tablerolibro; se rastrean, luego, las presentes en su definición con el objetivo de eliminarlas; se procede, entonces, a buscar y tachar las palabras contenidas en las explicaciones de las nuevas tachadas, que, a su vez, contienen otras definiciones y palabras tachables. La partida finaliza cuando ya no hay relaciones posibles o al lograrse el juego perfecto, es decir, al eliminar todas las palabras presentes en el diccionario. El puntaje máximo depende de cada tablerolibro elegido, ya que cada palabra eliminada es igual a un punto. El tiempo y la cantidad de jugadores son flexibles a las necesidades particulares.

4. EXCEPCIONES

Existen contadas excepciones para las palabras tachables. Artículos, pronombres y preposiciones deben evitarse por ser, sobre todo, excesivamente frecuentes. Puede aceptarse la inclusión de alguna palabra que caiga en cualquiera de estas tres categorías, solamente en forma de comodín y en condición de último recurso. Tales comodines no serán agregados al puntaje total de palabras tachadas.

Es simple: deben buscarse palabras en el diccionario, tachar las referidas en las definiciones tachadas, tachando también las presentes en las próximas, hasta que no haya ninguna tachable. No hace falta otra explicación.

Nombrar Diccionario al redescubrimiento de la verdadera función de tales libros hubiera sido efectivo, pero demasiado cómodo. En una de mis tantas partidas del juego aún a bautizar, encontré el nombre preciso: Conjunto de las palabras y lexemas de una lengua y libro en que se contienen: Lexicón. Mejor imposible.

Dejé mis estudios tiempo después de redescubrir Lexicón. El simple hecho de atender a una institución basada en una mentira, en el uso incorrecto del diccionario, me causaba risa, asco, desprecio. Como agravante innecesario, me encontré con el odio de todos mis compañeros de grado, a quienes la idea de consultar diccionarios completamente tachados no les resultaba para nada entretenida. No era mi culpa que tuvieran libros tan jugosos. Abandoné, obviamente, aquellos lugares, para dedicarme tiempo completo a perfeccionar el descubrimiento redescubierto. Me propuse entrenarme en el arte de Lexicón, sin importarme otra cosa que lograr el juego perfecto, la partida infalible, el puntaje inalcanzable. No pararía hasta lograr tachar todas las palabras de un tablerolibro. Compré diccionarios, glosarios y, justamente, Lexicones en todas las librerías que encontré. No alcanzaron. Tuve que salir otra vez, muchas veces, a conseguir nuevos. Ya no podía parar. Ya no quiero parar.

Hoy me queda sólo un tablerolibro. Es mi última oportunidad. No puedo perder: ya no tengo ningún objeto para intercambiar, ningún mueble por vender, ningún préstamo posible en el banco. No puedo conseguir otro. Sólo tengo este diccionario, y ninguno más. No puedo fallar.

Muevo los Lexicones fallidos de mi única silla, me siento frente a la mesa especialmente enmantelada y apoyo el último, el más grande, el más difícil, junto a marcadores, resaltadores, biromes, lápices y algunos crayones. Respiro hondo, cierro los ojos, abro el tablerolibro y comienzo a tachar al azar, como es debido:

     

Cuento:
Narración breve de ficción:
Acción de narrar:
Ejercicio de la posibilidad de hacer:
Acción de ejercitar:
Practicar un arte, oficio o profesión...
Aptitud o facultad para hacer o no hacer algo...
Producir algo...
De corta extensión:
De poca duración:
Tiempo que transcurre entre el comienzo y

el fin de un proceso:
Principio, origen y raíz de algo...
Término, remate o consumación de algo...

Invención:
Cosa inventada:
Objeto inanimado:
Materia de conocimiento...

Que no da señales de vida:
Estado de actividad de los seres

orgánicos...

Tacho, tacho palabras desenfrenadamente, emocionado, feliz, sonriente, contento, analizando definiciones, eliminando pronombres, preposiciones, artículos. No paro, no paro por un día entero, ni para comer, ni para ir al baño, ni para descansar. No puedo hacer otra cosa, no quiero, podría perder la racha, no me lo perdonaría. Sigo.

Agarro el resaltador rojo, el menos gastado y tacho trementina. Y termino. Reviso cada una de las seiscientas trece páginas del tablerolibro buscando errores, palabras tachables, relaciones inexistentes, excepciones incluidas. Nada. No encuentro ninguno. Lo hice. Por fin. Terminé.

Ahora puedo dejar de obsesionarme, puedo vivir otra vez. Ahora puedo ser el de antes, el que pensaba en otras cosas además de Lexicones. Ahora puedo salir sin preocuparme en encontrar diccionarios, sin caminar kilómetros para comprarlos. Ahora, finalmente, soy libre. Ahora... ¿ahora qué?

 
 
Calígine

Una fría neblina llegaba desde la bahía atravesando los bosques…

Que libro estúpido. ¿A quien se le ocurre, realmente, empezar así su cuento? No puedo creer que esta sea mi única distracción en el largo camino que me queda hasta ella. Podría hablar con el taxista, es verdad, podríamos discutir sobre su vida, sobre como las condiciones económicas lo dejaron fuera del sistema, sobre la muerte de alguno de sus familiares o simplemente del clima. Pero no. Prefiero leer este libro cursi, aburrido, antes que escuchar la trágica y repetida historia del conductor de boina pelada. Mejor me apuro, mejor me escondo atrás de estas tapas empalagosas antes que comience su relato. Mejor así.

…Sus crines se rebelaban contra el viento, moviéndose con bailes propios, mientras galopaba con apuro aquel bosque atravesado por la fría neblina que llegaba desde la bahía. Su jinete, un alto, robusto, estoico caballero, sabía que debía apurarse: de no hacerlo, todo su esfuerzo habría sido en vano. Clavó sus espuelas en el costado del animal que siempre lo había acompañado y aceleró la marcha, preocupado por las consecuencias que podría acarrear su lentitud. Galopaba, corría, tan rápido como lo que el exhausto caballo era capaz de hacerlo. Miraba, cada tanto, hacia atrás, esperando haberlos perdido. Sabía que quienes habían querido emboscarlo no desistirían fácilmente; sabía que harían todo lo posible para atraparlo. Después de todo, era el Príncipe, el Heredero al Trono, el que algún día gobernaría con mano de Rey esas tierras, esos bosques que hoy se apuraba por galopar…

Lo cierro. No puedo seguir, no puedo soportar este libro. Es un insulto. La boina comienza a girar y la desgastada boca a masticar oraciones: tengo que volver a esconderme.

…Tenía razón en apurarse. Los cinco bandidos que habían querido emboscarlo praderas atrás aún no desistían a su importante búsqueda. No porque no quisieran, por supuesto, simplemente no podían: los Caballeros Oscuros no los habían contratado para darse por vencidos. Lo habían hecho para atrapar al Príncipe, a ese horrible Príncipe, que pretendía un futuro conveniente para todos, menos para quienes sabían aprovecharse de los más débiles. No permitirían que sucediera, nunca. Atraparían al Príncipe, lo llevarían al castillo de los Caballeros Oscuros, lo atarían a una piedra de respetable tamaño y lo tirarían en el risco más adecuado. Era un plan perfecto, infalible, o al menos eso creían. Su supuestamente horrible Príncipe se había adelantado a la emboscada gracias a una de sus decenas de admiradoras. Salieron a su persecución apenas se enteraron que los había engañado, pero ya era tarde, ya cabalgaba en su caballo de crines rebeldes atravesando los bosques inundados por la fría neblina que llegaba desde la bahía...

¡Basta! ¡Es demasiado! Cierro el libro con una mano y lo tiro en el asiento vacío con la otra. La boina, aprovechando su oportunidad, mueve la cabeza con lentitud, sonriendo y sudando, y pregunta: ¿Qué opina de la historia? ¿Vale la pena? Miro hacia afuera, intentando evitar una conversación inútil; es en vano. Entusiasmado, empieza: escribir un libro había sido uno de mis sueños pendientes. Intenté, por años, con cuentos, historias, relatos fantásticos, novelas inconclusas. Pero nada. Nadie reconocía mi estilo inigualable, mi manejo del lenguaje, mis recursos innovadores. Nadie estaba dispuesto a aceptar que yo, un taxista, podía crear como los mejores. Hasta que escribí la historia que tiene en su asiento vacío. Hoy nadie duda que es una de las joyas de la literatura universal, plagada de todo lo necesario para vender millones: ilustrada con descripciones exactas, adornada con personajes profundos, queribles. De todo lo que diferencia a los escritores mediocres de nosotros, los que realmente sabemos escribir, los que publicamos, los que vendemos. No hace falta que me responda, no hace falta que me elogie como todos los editores que se pelearon por publicar mi historia. Ya conozco su respuesta. Se la agradezco.

Me quedo callado, quieto, boquiabierto. No puedo creer que el autor de ese libro, de aquél estúpido libro, sea el mismo taxista que con su boina pelada está acercándome a ella. Es imposible. No puede ser que sea el mismo que ahora sonríe, mirando de reojo, lleno de orgullo, manejando. No puede suceder justo hoy. Parece irónico. Comparo el nombre del lomo con el impreso en la identificación del conductor: es.

No, no voy a responderle, voy a hacerle caso, voy a dejar que piense que su libro es una de las joyas de la literatura universal. No, no voy a hacerle saber la envidia que me invade, las ansias de que sea mi nombre y no el suyo el que aparece en el lomo. No, no voy a contarle que yo también intenté -que yo también intento- con cuentos, historias, relatos fantásticos, novelas inconclusas. No, tampoco que nadie reconoce mi estilo inigualable, mi manejo del lenguaje, mis recursos innovadores. No, no voy a admitir que mi sueño es el suyo. No, nunca. Basta. Ya no hace falta, ya llegué, ya casi puedo entregarme a ella.

 
 
Parasitismo

No, no puedo empezar así mi cuento. No, mejor no. Mejor me olvido. Estoy harto. Las horas corren y nadie me explica que hago aquí, encerrado, en este cuarto blanco, rayado. No tiene sentido. El cuarto tampoco: no se asoman puertas, mucho menos ventanas. Ya busqué pasadizos secretos, huecos ocultos, rincones escondidos. Y nada. No hay nada.

No, no tiene ninguna lógica. ¿Cómo explicar como entré? Lo último que recuerdo es estar acostado en la cama de siempre, en el departamento de siempre. En el lleno de humedad, en el que comprendo, todos los días, que mi vida es un asco. Que no voy a ningún lado. ¿Llegué? Llámenme estúpido, pero estoy contento. Ahora puedo descansar, soñar, caminar, pensar, mirar un cuarto que no esta consumido por telarañas, por una humedad imperante. En uno donde nadie me mira, nadie me juzga, nadie pretende nada de mí. En uno blanco, un poco rayado.

No, no funciona, voy a darle algún sentí, creo, antes de aparecer en este blanco, un golpe fuerte. Me secuestraron. Eso, me secuestraron, pensando que era alguien, que les serviría de algo. Entraron, golpearon, ataron, amordazaron y encerraron. Estoy seguro. Qué ilusos. ¿No se dieron cuenta, por mi traje roto, por mi cara de idiota, por mis ojos cerrados? Menos mal. No pueden quitármelo, no les conviene liberarme, los entregaría. Sólo lo quiero para estar, para descansar, para ser. Nada más.

No, tengo que romperlo, tengo que quedarme en mi blanco. Tengo que resistirme, no puedo dejar que me lo quiten. Es mío, sólo mío. No le serviría a nadie más. Sin él no soy nada, no soy nadie, soy el mismo de antes, el que caminaba con los ojos cerrados esperando chocarse con alguien que le ayudara. O que al menos le hablara.

No, basta, olvídense de mí. Abandónenme aquí, encerrado, contento. Déjenme con mi blanco, con mi cuarto, conmigo. Fuera.

No, no pudieron quitármelo.

 
 
Treponema pallidum

Cierto inglés, de vuelta de su saladero vadeaba este pantano a la sazón, paso a paso en un caballo algo arisco, y sin duda iba tan absorto en sus cálculos que no oyó el tropel de jinetes ni la gritería sino cuando el toro arremetía al pantano. Azoróse de repente su caballo dando un brinco al sesgo y echó a correr dejando al pobre hombre hundido media vara en el fango.

No me sorprendió recibir un mensaje de mi abuelo, ahora difunto, solicitando mi presencia inmediata en su lecho de muerte. Sus años de promiscuidad finalmente habían dado frutos: una sífilis indetectada consumía su cuerpo y mente sin tregua. Imaginé, sonriente, que el viejo inglés querría verme para hacer oficial su testamento. No porque fuera su nieto favorito o hubiéramos compartido los mejores momentos de nuestras vidas juntos. Nada de eso: todos los demás estaban -y aún están- muertos.

Mi familia me había contado todo lo que necesitaba saber sobre él años atrás. Es un viejo amargado, horrible, asqueroso, solían decirme, visiblemente perturbados. Vino a estas tierras, me repetían, sólo después de haber sido perseguido por incontables fraudes en Inglaterra, fraudes que le permitieron iniciar su estafa saladera. ¡Embarazó a tu abuela y la abandonó a su suerte!, vociferaba mi padre, siempre que recordaba a su difunta madre.

Cada uno de ellos, al morir, me obligaba a prometerle que nunca me le acercaría, que nunca le hablaría, y, sobre todo, que nunca escucharía sus historias dementes. Los consejos eran más que entendibles, teniendo en cuenta las desgracias que el viejo inglés había sabido traer a nuestra familia. Emprendí mi viaje no como una oportunidad de aprovecharme de un viejo indefenso, sino como la venganza que la memoria de los extintos portadores de mi apellido me obligaba a cometer. Era la excusa perfecta.

Partí apenas horas después de recibir el mensaje. No quise perder tiempo: cada minuto que pasaba me alejaba de la fortuna de aquel viejo pervertido. El viaje era largo, considerando el deterioro que las sucesivas guerras que terminaron por derrocar a Rosas causaron en los caminos de ripio. No me importó: utilicé el viaje para comenzar a administrar el saladero y las tierras que, sin dudas, heredaría del viejo tacaño.

Llegué a los tres días, culpa de un carruaje defectuoso y un cochero de pocas luces. Afortunadamente, el inglés estaba consciente y, mejor aún, con vida. En frente de su cama sudada esperé que hablara de la tajada del tesoro que me pertenecía. No lo hizo. En lugar de eso, comenzó, con dificultad evidente, a contarme esta historia. No tuve otra opción que escuchar.

“¡Agua, agua en todas partes! ¡En las calles, en las casas, en todas partes! ¡La inundación lo había engullido todo! Y esos horribles federales, con sus divisas punzó, con su Restaurador de las leyes, con su falta de valores. ¡Cómo los odiaba! Tanto, tanto que no podía soportarlo. Tanto, tanto que decidí aparecer yo mismo en el matadero para hacerme cargo de la situación de una vez por todas. Las cosas no podían seguir así, no podían. ¡Escaseaba la carne y lo único que hacía la gente era rezar, suspirar plegarias, entregarse a su Dios! Fui, fui montado en mi caballo de esa época, bastante manso, al matadero, para enfrentar al Juez y exigirle que repartieran entre todos nosotros, los ingleses, que moríamos de hambre, los pocos pedazos de carne que tenían. Cabalgué, armado, decidido, enojado, dispuesto a todo, al matadero. Llegué, cansado por el viaje y la falta de montura, decidido a enseñarle a aquel Juez que a los ingleses, a los hijos de la nación más poderosa, se los debía tratar con respeto, y, sobre todo, con privilegios.

¡No me dejaron! ¡Los salvajes, los asquerosos, los horribles federales se interpusieron en mi camino justo antes de que pudiera pisar el infame matadero! Los muy sucios me emboscaron y me atacaron con lo único que tenían a mano: un animal horrible, creo que un toro, que arremetió contra mi caballo y me tiró al fango, ¡al horrible fango! ¡No sólo eso! ¡No se conformaron! Pasaron, pasaron jinetes endiablados que, estoy seguro, buscaban mi cabeza, pero que pude evitar por mi reconocida agilidad de combate. Se alejaron, por supuesto, una vez que vieron con quién estaban lidiando. ¡Escaparon, los muy cobardes, justo antes de que cobrara mi venganza! No pude más que quedarme ahí, solo, humillado, gritando para mí mismo: ¡Muera la Santa Federación, Mueran los Salvajes Federales!

Por eso es que te llamo, nieto, para contarte la verdad. Esa verdad humillante que guardé por veinte años y que ahora confío porque sé que me harás caso en lo que voy a pedirte. Te conozco, no lo pensarás dos veces. Es hora de que alguien me reemplace en mi función. ¡Sal, sal y mata a todos los federales que encuentres! ¡Ve, ve y asesina a cada idiota que vista de rojo! ¡Mutila cada divisa punzó! ¡Sólo eso te pide tu abuelo! ¿Qué esperas? ¡Toma esta arma! ¡No me falles!”.

Ni fortuna, ni saladero, ni tierras: lo único que heredé de aquel viejo asqueroso fue ese relato demente. Verifiqué la orden; tomé el arma, me aseguré de tener municiones suficientes y partí en búsqueda de blancos -rojos- adecuados.

 
 
Miasma

Recuerdo el horror, el olor de ese pueblo, ahora atrás, que me obligó a mudarme, a escaparme. En un principio no noté nada extraño: gente normal, calles normales, casas normales. Todo en orden. A los pocos días me sorprendió un olor desagradable, ácido, que me acompañó por horas. Empeoró, semanas después, hasta tornarse en un hedor insoportable: agrio, fétido, asqueroso, que envolvió mi casa hasta proclamársela suya.

Las primeras veces no fueron tan graves. Algunos inciensos encendidos y flores puestas, plantadas y olidas bastaban para camuflar el desagradable aroma que comenzaba a perturbarme. Pronto todo esfuerzo fue en vano: el hedor fue agravándose hasta el punto de provocarme nauseas y, muchas veces, la clase de trastornos estomacales que estas suelen conllevar. Intenté encontrar la razón por la que había aparecido en mi casa: busqué, asco mediante, los lugares en que más se concentraba. Examiné detenidamente el pequeño jardín, los cuartos, el techo e incluso casas vecinas sin saber realmente que hacer si encontraba la fuente de mi tormento. Días de búsqueda inútiles me obligaron a atribuir el hedor al pueblo mismo y no a mi casa y sus terrenos adyacentes.

Me encerré, intentando aislarme del hedor y de las horribles personas que habitaban ese asqueroso pueblo. Cerré, trabé y soldé todas las ventanas, puertas y aberturas que permitieran su paso. Compré, en unas pocas salidas al mercado, lo necesario para sobrevivir el tiempo que hiciera falta. Me atrincheré, convencido que no podría durar para siempre, que tarde o temprano el hedor cesaría, que alguna vez me dejaría tranquilo. No lo hizo. Se filtró por las ventanas, puertas y aberturas soldadas. Comenzó a devorarlo todo. Me permitió, al menos por un tiempo, refugiarme en un cuarto, el de servicio, que estaba bastante alejado del resto de la casa. Sobreviví así, solo, entreteniéndome con las herramientas de jardinería que me habían confiado los dueños anteriores. Pensé, repetidas veces, en usarlas para terminar mi suplicio, en afilar sus hojas con mis muñecas. Lo intenté, incluso, sólo para descubrir por que este tipo de herramientas no son populares entre la gran mayoría de los suicidas. Finalmente, él decidió que mi estadía no le era conveniente. No pude más que aceptar.

Decidir que lugar se transformaría en mi nuevo hogar no fue tarea fácil. No porque las ofertas fueran tentadoras, tampoco porque tuviera muchas opciones diferentes de las cuales elegir. Nada de eso. ¿Cómo saber donde mudarme si cada pueblo que visitaba parecía idéntico al anterior? Grises, detenidos en el tiempo, infestados de bicicletas y autos que deberían haber dejado de funcionar décadas atrás. Llenos de casas y personas viejas, derruidas, intentando sobrevivir a los recuerdos de sus antiguos habitantes. ¿Cómo elegir? ¿Cómo saber, realmente, si el nuevo no tendrá un hedor propio? ¿Cómo evitar su presencia?

La cara de la única moneda en mi bolsillo decidió que éste sería mi nuevo refugio. No traje nada conmigo: él no me lo permitió. No me importa, realmente. Todo lo que quería era escapar de ese hedor que se apoderó de mi casa, de mi vida. De él. Al menos no pudo impregnarme para siempre, pienso, acostado en el piso, rodeado por algunas paredes, sus pocos enchufes y los muebles que heredé por descarte de los dueños anteriores. Te gané, estúpido, no me alcanzaste. Acá no vas a poder entrar. Gané. Sonrío, un poco, antes de quedar dormido, antes de soñar con las nauseas que creía olvidadas.

Duermo tranquilo, algunos días, cada vez menos preocupado por los posibles olores del pueblo. Vivo tranquilo, sin mucho para hacer, sin demasiadas preocupaciones; después de todo, refugiarme de él ocupaba la gran mayoría de mi tiempo. Disfruto hasta que me invade otra vez: su mismo olor, su mismo hedor aparece en mi casa. En la nueva, en la que no podía aparecer. Lo hace, con la misma intensidad, igual de agrio, igual de repugnante. No puedo entenderlo. Se suponía que aquí estaría a salvo, que viviría tranquilo después de meses de tortura fétida. Que aquí él no llegaría. Supuse mal.

No esperé que el olor volviera a echarme. Me mudé, me escapé, apenas sentí su presencia, al pueblo que la moneda supo indicarme. De todas formas, conseguir un nuevo hogar nunca me ha sido difícil. Basta con mover los cuerpos de sus dueños anteriores a un lugar donde no estorben y hacerme cargo de las cosas que olviden llevar consigo.

 
 
Daguerrotipia

Comencé a buscarlo al mudarme a esta casa. Por su ubicación propicia al chisme, historias sobre su antigua dueña no escaseaban: desde asesinatos pasionales increíblemente detallados hasta temibles locuras destructivas. El precio y las obvias comodidades de la casona pesaron más que las hipotéticas historias de aquellas señoronas. Ya no molestan: todas murieron.

La casa es enorme, pero no dejo que me intimide. Aun viviendo sola, sin siquiera mascotas, sus techos inalcanzables y escalones ruidosos no me perturban en lo más mínimo. Gracias a su discutida dueña anterior, me es inevitable sentirme acompañada por la gran cantidad muebles antiguos que la habitan. Uno de ellos, al mudarme, fue el que más me llamó la atención. Ni mármol, ni espejos, ni características destacables: opaco, pequeño, bastante frágil, con sólo dos cajones aparentemente ocultos. El segundo es el culpable de mi búsqueda. Vi, en un rincón del cajón, una extraña placa de colores apagados con la imagen de una mujer sentada, sosteniendo un libro. Irresistiblemente sepia, me miraba recelosa, sabiendo que buscaría en toda la casa hasta encontrar lo que resguardaba en el daguerrotipo. No tengo -ni tenía- nada que perder: con renta asegurada y sin acompañantes futuros, mis días se reducen a esperar el siguiente.

Decidí dedicarme exclusivamente a la búsqueda del libro. A menos que fuera para comer, dormir o saciar mis necesidades de aseo, no dejaría de interrogar cada rincón de la casa. Para asegurarme de no revisar repetidas veces los mismos lugares, me propuse eliminar, a fuerza de hacha, cada mueble, cada objeto inútil que encontrara. Cada cajón que inspecciono, cada mueble que destruyo alimenta mis ansias de encontrar su tapa, probablemente negra. Imagino una primera edición de un libro perdido; el único ejemplar de alguna obra maestra olvidada; el diario que devela los misterios de la locura destructiva de la antigua dueña de esta casa y decenas de posibilidades plausibles. Ninguna es la correcta, lo sé, pero cada errónea sabe acercarme a la verdadera.

Supo: hoy, ahora, lo tengo en mis manos. Minutos atrás, mientras, hacha mediante, examinaba delicadamente muebles probables, sentí un crujido extraño en uno de los escalones de madera. Sabiendo que podría darle fin a la búsqueda que ya consumió años de mi vida y el valor de la casa, destruí los escalones que me parecieron sospechosos. Todos. No estoy arrepentida: algunos escalones y monedas perdidas son un sacrificio mínimo comparado a lo que encontraré cuando finalmente lo abra. Sonreí, destrozando la escalera, deleitándome por las predecibles maravillas que estarían dibujadas en cada una de las hojas, párrafos, oraciones, palabras del libro. En el último escalón, el del ruido extraño, apareció, cubierto por la capa de polvo que caracteriza a los objetos de esta antigüedad.

Me siento en el sillón menos destruido de la casa, cerca de una de las pocas lámparas aún intactas y lo abro, cuidadosa de no dañar la frágil tapa marrón del libro. Por fin mis años de búsqueda terminarán, pienso, mientras hojeo las reglamentarias primeras páginas en blanco. Continúan. Paso hojas, cada vez más rápido, ansiosa por encontrar al menos una oración, una palabra, una letra. Ninguna. Desgarro el lomo, las tapas, el papel inútil. Nada.

Levanto mi hacha: aún quedan muebles por revisar.

 
 
Paridad

Numerosos ejemplos ilustran, al menos de manera parcial, mi presente condición. En Francia, un hombre asegura vivir el mismo día una y otra vez. Vocifera, en una gran cantidad de esquinas parisinas, que desde hace más de veinte años su caprichoso calendario se niega a avanzar en la dirección adecuada. Una mujer china, en su cartón de limosnas, confiesa horrorizada despertarse cada día en el anterior; su problema más grande es, por supuesto, que todas las donaciones que recibe desaparecen misteriosamente al día siguiente. Más interesante aún, estudios recientes indican que los pocos habitantes de una pequeña tribu perdida supieron vivir día a día. Mi caso no es ninguno de los tres mencionados, lo admito, pero debo reconocer se acercan bastante.

No estoy del todo seguro por qué, cómo o cuando comenzó, mucho menos cómo detenerlo: lo cierto es que, por alguna razón, vivo sólo los días impares. Me acuesto, somnoliento, esperando despertarme un cuarto, sexto u octavo; me levanto, confundido, un quinto, séptimo o noveno. Más allá de las pocas y contadas ventajas de este modo de vida, como la infalible habilidad de eludir problemas ineludibles o de evitar personas inevitables, lo único que ha sabido traerme son complicaciones como esta. Cuando termine de comentárselas, espero que comprenda que no soy el que busca.

Mi experiencia personal me ha enseñado que los días impares son los peores: lluviosos, húmedos, molestos, llenos de mosquitos, humo y otras cosas que seguramente conoce; por alguna razón que desconozco y espero me aclare, los días pares son siempre los soleados, faltos de nubes y poseedores de brisas refrescantes. Vivir de esta forma debería ser excusa más que suficiente para la complicación en que me encuentro. Parece que no lo es. Verá, he estado lidiando con este tipo de problemas toda mi vida, problemas que ni siquiera puede comenzar a imaginar. Como mi intención no es aburrirlo ni evitar que me libere, sólo le comentaré los más destacables.

En la primera complicación que recuerdo tenía unos quince años: me levanté, como siempre, un día impar, aún sin comprender del todo mi condición. Me preparé y salí apurado, perseguido por las agujas de un reloj traicionero que me recordaba en cada movimiento que, una vez más, llegaría tarde al colegio. Cuando arribé, para mi sorpresa, nadie me regañó. Ni siquiera el portero, malvado personaje, se rió de mi usual desdicha. Peor aún: nadie me habló, nadie me prestó atención, ni siquiera se atrevieron a mirarme. No es que fuera una de las personas más populares, es verdad, pero mis compañeros solían al menos saludarme. Nada, ni uno. Comencé a desesperar, intenté llamar la atención: no fuese que mi condición se hubiera agravado hasta el punto de hacerme invisible. Para mi fortuna, el problema era otro. Por lo que pude averiguar durante el día, el anterior había aparecido en el colegio no sólo a tiempo, sino completamente desnudo (exceptuando, por supuesto, la corbata reglamentaria). En posteriores instituciones, donde creí mi nombre no iba a estar manchado por imágenes sin dudas embarazosas, surgieron problemas similares. No logré conservar ni un amigo de aquellos lugares.

Otras complicaciones memorables sucedieron en muchas de mis locaciones alternativas. Cansado y acostumbrado a miradas furtivas y recelosas, decidí que la mejor forma de evitarlas era alternar hogares cuando la situación lo requiriera. Funcionó bastante bien hasta que mi alter ego par decidió tomar acciones al respecto: de manera sistemática, procedió a incendiar todos y cado uno de los hogares alternativos en los que pretendí asentarme. De repente, además de despertarme en días impares, comencé a hacerlo en las calles, dolorido y lleno de hollín. Después de muchos edificios incinerados y, créame, cientos de problemas con la ley, por fin ambos pudimos llegar a un acuerdo: él dejaría de incendiar mis casas si yo dejaba de mudarme. Aunque, por supuesto, esto no me evitó muchísimos problemas posteriores con mi par, sí me permitió evitar futuras quemaduras. Más importante, me enseñó como comunicarme con él. No es tan increíble y emocionante como me imagino piensa, una simple hoja de papel escrita alcanza. Seguramente se le ocurran otros, ahórreselos: no pasa un día en que no me recomienden métodos fascinantes de comunicación para experimentar con mi par. Las cartas funcionan. Y punto.

Mis complicaciones no terminan allí, obviamente. Podría continuar, podría contarle cómo desperté en trenes, aviones y plazas, o de cuantos trabajos fui despedido al día impar siguiente, o cuántas mujeres me odiaron sin más razones que sus probablemente justificadas caras de horror. O cuántas veces tuve que contar esta misma historia frente a uniformes similares al suyo para que me liberen de calabozos igual de malolientes. Podría hablar por horas, podría aburrirlo con mis historias impares. Prefiero no hacerlo, prefiero que entienda, que lea esta nota de mi par y comprenda que no fui yo quien cometió el horrible crimen del que me acusa. Enciérreme, está bien, pero sólo los días pares.

 
 
Post Scríptum

Le escribo esto, inmóvil, entredormido, porque de otra forma ella despertaría. No tengo otra opción: estoy harto. No puedo detenerla. Necesito su ayuda. Necesito que me libere. Que me asesine. No se preocupe por las complicaciones penales; más adelante encontrará, paso por paso, instrucciones infalibles para que goce de la desgastada característica de inimputabilidad. Desapruebo el uso de cualquier elemento contundente, cortante o lacerante: junto con las instrucciones inimputables, anexo una receta familiar de veneno efectivo, agradable al gusto y, sobre todo, sencillo de preparar. Incluyo, también, una foto. Supongo supondrá su función.

Debe preguntarse, primero, el porqué de mi pedido (si no es así, puede obviar esta sección y simplemente asesinarme). Mi mente me tiene de rehén. Suena extraño, absurdo, estúpido y otros adjetivos que seguro conocerá, pero es la verdad: no puedo controlar mi propia mente. En un principio, cuando no podía evitar tararear canciones y pensar en cosas que no hacían falta, no le di importancia. Fue en los meses siguientes, cuando perdí todo control de mis pensamientos, cuando las voces en mi cabeza ya no eran las mías, que realmente me preocupé. Traté de evitarlo, traté de detenerla: ya era tarde. No sabía quién era. ¿Quién soy? No puedo caminar, pensar, hablar, siquiera escribir por mi cuenta. Mi mente me tiene de rehén, y no puedo hacer nada para evitarlo. Es cuando duerme, cuando sueña y deja de maquinar nuevas estrategias para mantener mi reclusión que puedo librarme, al menos por unos minutos, de su vigilia. Así le redacto este favor: acostado, con los ojos entrecerrados, adivinando letras en un papel arrugado. Creo que es excusa suficiente para la falta de nitidez presente en mi caligrafía.

Debe preguntarse, además, porqué usted. Porqué, entre todos los que podría haber elegido, escogí a usted como verdugo. Deberá quedarse con la duda; lo único que puedo decirle es que, de las que me crucé en la calle, usted fue la persona cuyo bolso fue de más fácil acceso. O la que poseía la cara más capaz de cometer homicidio a pedido. Probablemente ambas razones. Sabiendo de antemano lo mucho que me costará encontrarlo y, sobre todo, lo difícil que será concentrarme lo suficiente para entregarle el pedido, le pido, por favor, que cumpla su cometido. No me obligue a obligarle.

Le indico las instrucciones infalibles que le permitirán cometer mi homicidio sin dejar rastro ni culpa alguna. Sugiero que lea con atención: no permitiré que falle. Intenté hacerlas lo más generales posible para ayudarle en otras probables circunstancias; aun así, le recuerdo que, sin excepción alguna, debo estar primero en su lista. Aclarado esto, continúo. Todos los días, aproximadamente a la una treinta, salgo de mi oficina, cruzo la calle y me alimento de lo primero que encuentro. Esto es, casi siempre, la comida de algún puesto ambulante. Sus instrucciones se resumen en estas pocas líneas: prepare la receta tóxica que anexo; consiga, de alguna forma, uno de esos puestos ambulantes; cocine, sazonando con el veneno apetecible, el alimento que le plazca. Y véndamelo, le pagaré gustoso. Eso es todo.

No dude. No intente evitar asesinarme. No voy a permitírselo. No quiere averiguar como. Suerte.

P.S. Olvide todo lo que leyó. Todo, desde el asesinato ineludible hasta la acusación de reclusión por parte de mi propia mente. Puros delirios, sobre todo esto último. A ella le debo todo lo que soy, todo lo que pueda llegar a ser. No es la primera vez que pasa: a veces, justo antes de caer dormido, no puedo controlar lo que hago. No se preocupe. Lo único que debe hacer, ahora, es tirar esta carta. De lo demás, yo sola puedo encargarme.

 
 
Lúdico

Camino, desacostumbrado, por partes de mi ciudad que creía olvidadas. Todo parece estar bañado en una capa de tenue color sepia, casi gris; todo parece inmerso en una siesta interminable. Siento casas desganadas, rendidas al peso del tiempo. Puertas que no hablan. Camino sin destino fijo, despacio, observando patrones irregulares en baldosas, grietas que se alimentan de paredes olvidadas y árboles que parecen morir en cada segundo. En sus cortezas descoloradas veo cientos de hormigas, apuradas, que desesperan por obtener un trozo del pronto arbusto. En una esquina, similar a las más de diez que pase minutos atrás, veo un bar. O un café, no estoy seguro. No desentona con el paisaje exterior: mesas, techo, piso y gente sepia. Me siento en la mesa que parece más privilegiada, dejo mi bolso y espero que me atienda el mozo petrificado en su butaca. Pasan diez minutos. Señas. Toma mi orden.

Nunca supe entretenerme de maneras innovadoras. Siempre me he valido de cuatro formas invariables, pero efectivas: rollitos y formas varias de papel, espirales de café, chasquidos entre falanges y conversaciones ajenas. Teniendo en cuenta mi locación, la falta de originalidad es justificable. Miro alrededor. De las siete mesas del bar -café-, sólo cuatro están ocupadas. No parecen muy interesantes; aun así, decido entretenerme.

En la primera, en realidad tercera, dos señoronas discuten temas que dudo valgan la pena. Escucho: El problema no es que pasen mucho tiempo juntos. Ni siquiera que se anden besuqueando por toda la casa. Ojo, me encanta que se amen. Pero… ¡la forma en que se aman! No puedo soportarlo. ¡Impúdicos! La señorona numero dos, con la misma cara de horror que la primera, responde: ¿Sabés qué pasa? ¿Sabés? La televisión, las revistas, esas cosas. Ven esas parejas telenovelescas, esos amores prefabricados y los imitan, viste, los imitan. ¿Sabés qué tenés que hacer? ¿Sabés? Enseñarle a ella, enseñarle cómo debe comportarse una señorita. Porque creeme: no lo es. No me sorprendería que se te apareciera con panza. Con la velocidad que caracteriza a las señoronas iracundas, la primera se levanta, toma su exagerado abrigo y, sin decir palabra, se retira. Apenas cruza la puerta, su compañera sonríe.

En la segunda, en realidad séptima, la secuencia se repite a la inversa. Dos muchachones, uno aparentemente más perturbado que otro, comparten medialunas. Hablan: Todavía no lo puedo creer. Me lo dijo así, de repente, en seco, sin emocionarse. ¿Qué carajo se supone que haga yo para mantener un pibe? ¿Trabajar? Ni loco. Ya sabés lo que pasó la última vez que traté: conocí a esa bruja que me encajo un pendejo. Otro no quiero. El muchachon menos perturbado responde: ¿Que querés que te diga? Vos te la buscaste; ahora aguantatela. Andá pensando cómo arreglártelas. Vos sabés como es esto: antes que nazca el pibe, vas a estar casado y con un rancho mediocre en el patio de los viejos. Uno llora; otro observa.

En la tercera, en realidad quinta, sucede algo extraño. Un hombre solo, bastante viejo, bastante gris, me mira. No lo disimula. Me estudia, investiga cada parte de mi cara, de mis ojos. Está atento a cualquiera de mis acciones. Y escribe. Toma su birome y escribe en un cuaderno verde, algo amarillento, de tapas duras, que parece lo acompaña hace ya varios años. Entiendo que es escritor; en esta parte olvidada de la ciudad suelen abundar los escritores (sobre todo los fallidos, que parecen ser mayoría). Me acerco, intrigado por su elección. Digo: ¿Por qué yo? A menos que posea una imaginación privilegiada, que su obvia profesión sin dudas requiere, me resulta difícil comprender porqué querría usarme como personaje en alguna de sus historias. Termina su sorbo de café y, cabizbajo, suspira. Responde: ¿Qué le hace pensar que todos los demás no están dentro de mi cuaderno?

 
 
Transgresiones literarias

Satisfecho, sonriente, se lanza desde la altura necesaria para cumplir su objetivo. Su carta suicida cae en mis manos despreocupadas. Leo:

Sé que esta nota no llegará a ninguno de mis familiares, todos desconocen mi existencia o prefieren ignorarla. A quien esté leyendo estas líneas, sepa que haré todo lo posible para ahorrarle tiempo de lectura innecesario. Sólo necesito que al menos una persona comprenda y justifique la mueca que mi cara refleja en el pavimento.

Soy –era– de aquellos escritores que entran en la categoría de mediocres. Cientos de cuentos, poemas, ensayos y experimentos literarios; ni dos oraciones publicadas. Sé que mi historia es trillada. Seguro hará la operación lógica: escritor mediocre más libros fallidos igual cara contra el pavimento. Acertó, no lo niego. Pero la cuenta no explica la satisfacción de mi reflejo.

Si a sus ojos aún le interesan mis insípidas líneas, paso a explicarles. Harto de recibir rechazos de editoriales que ni siquiera leían mis intentos literarios, decidí no dejarles opción. Me propuse crear todos los cuentos posibles. Fue sencillo: evitando cada una de las palabras del relato anterior, pude escribir todas las historias que el lenguaje me permitió. En total, no fueron más de seis. Siete, si me permite agregar un diálogo entre un personaje y su perro donde simplemente se enumeran aquellas palabras incompatibles con contextos anteriores. Recopiladas, las seis –siete– historias no superan las cien páginas, pero contienen todas las palabras conocidas por los diccionarios publicados hasta la fecha.

Supongo, teniendo en cuenta la proximidad de mi cara con el pavimento, deducirá que, nuevamente, ninguna editorial aceptó mi propuesta. Falló. Recibí alabos de cada una de ellas. Tanto, que mis historias totalitarias ya están en proceso de impresión; tanto, que las librerías ya preparan un lugar no tan privilegiado en su sección de “Transgresiones literarias”.

Sé que nadie comprará mi intento de originalidad. Sé que a nadie le importará, que ningún crítico se molestará en calificar mi obra con el puntaje negativo que seguro merece. Aquí es donde entra usted. Si aún está leyendo mi carta despedida, no le importará que le pida un único favor. Justifique mi sonrisa: compre mi libro.

Gente extraña, pienso. Levanto la vista, una librería. Miro a los lados, cruzo la calle, llego: cerrada.

 
 
Espadas y picas

Zutano: años de investigación, recopilación y clasificación habían dado sus frutos. El Diccionario Irrefutable de la Lengua Española ya podía olerse en papel. Los cientos de diccionarios disponibles se habían vuelto poco prácticos: todas las disciplinas debían ser unificadas en un único e irrefutable tomo. Así fue. Publicada la obra, se quemaron los diccionarios alternativos en una fogata que dicen duró semanas. El Irrefutable los reemplazó.

Fusionadas las disciplinas existentes, todos pudieron saciar sus inquietudes. Se erradicaron las dudas. Comprobada su utilidad pedagógica, el Irrefutable suplantó los libros utilizados en establecimientos escolares: no más gastos innecesarios ni definiciones ambiguas. Tanta fue la aceptación del nuevo Diccionario que incluso las iglesias reemplazaron sus desgastadas Biblias por el futuro texto sagrado. Era lógico: el Irrefutable contenía todas las religiones practicadas.

Traducido a los idiomas y dialectos conocidos, el nuevo Diccionario amplió su dominio. Se llevaron los restantes diccionarios alternativos, libros de texto y demás aberraciones inútiles a los lugares destinados para la quema: los usuarios que se apegaron a ellos fueron perseguidos por las divisiones Irrefutables de las policías correspondientes, quienes los obligaron a ceder sus libros o sufrir las mismas consecuencias que estos últimos. Ciertos escritores murieron calcinados junto a sus obras fallidas. Como era de esperar, no tardó en aparecer el Diccionario Irrefutable de las Lenguas, un único tomo que recopiló y reemplazó todas las publicaciones locales.

Los libros dejaron de existir, exceptuando, por supuesto, los que hacían referencia al Irrefutable. Las bibliotecas y librerías se transformaron en simples puntos de difusión del texto sagrado. Se prohibió la producción, impresión, trueque, venta o compra de cualquier libro diferente al Irrefutable; para evitar aberraciones, se resolvió vedar las futuras revisiones del mismo. Nada escapó la sombra irrefutable del Irrefutable. Todos contentos.

Los Editores conocieron el problema en medio de un ebrio juego de póquer: todas las ediciones del Diccionario Irrefutable de las Lenguas poseían errores en sus artículos y definiciones. No errores de puntuación u ortografía, ni siquiera de ordenamiento alfabético. Mucho más graves: cada una de las afirmaciones eran erróneas. Una falla en el proceso de impresión las había barajado sin que nadie lo notara. Era irreversible. Esto, entre otras cosas, explicó porque muchos habían comenzado, sin razón aparente, a venerar sillas, desodorantes y especificas clases de tomate.

Las definiciones erróneas se naturalizaron. La desconocida falla del Irrefutable es aceptada como única verdad y mantenida por su obvia condición de irrefutable: los practicantes del Islam consideran sagrada su tradición de volar barriletes violetas; las parteras, una vez llegado su visitante, pintan de colores sus orejas; las bicicletas se manejan en reversa; la Psicología estudia los números y las operaciones hechas con ellos, la Aritmética la actividad psíquica y la conducta humana, la Historia toma como inicio de los años la ejecución de un herrero francés acusado de pensarse más allá de su oficio y la Metafísica es un tipo de pizza. Los ejemplos son infinitos.

La prohibición irrefutable de revisiones al Irrefutable y la ausencia de referencias escritas impiden las correcciones obligadas. Los Editores consideran innecesaria su fe de erratas: aseguran que las definiciones “correctas” son sólo el producto de una partida diferente con las mismas barajas. Es su turno de repartir.

 
 
Agujas prepotentes

Arremolino mi café: aún no llegan. Saquito de azúcar. Uno más. Mejor. Cuatro veintiséis.

Supuse que sería fácil: me sentaría, como siempre, en la única mesa con privilegio a ventana, tomaría algunos sorbos de café y, segundos después, llegarían. Todo lo contrario: ya pasé cuarenta y seis minutos en la mesa frente a los baños, mi café se enfría y aún no llegan. No me atrevería a tomarlo sin ellas aquí. Nunca. Cinco doce.

Estoy viejo, un poco pelado, algo olvidadizo: hoy será la última vez. Años atrás les confié noviazgo, matrimonio, hijos, engaño, divorcio, soledad. Ya no puedo disfrutarlas: no tengo nada para confiarles. Cinco cuarenta y ocho.

Sillas inquietas: agujas prepotentes empujan personas fuera del bar. Sólo quedamos mi taza, yo, jarras vacías y sus borrachos correspondientes. Seis.

Espuma de un lado, café del otro: mi taza no escupe humo. Se abre una puerta: ¿ellas? No. Seis cincuenta y dos.

Borrachos, desmayados; taza, fría; silla, inquieta. Me levanto, enojado, harto, sintiéndome un idiota. Sonriente, el mozo nuevo pregunta: ¿medialunas?

 
 
Aficciónado

Siempre igual: abre su cuaderno de tapas duras, saca cualquier pluma y empieza. Escribe durante horas, incansable, intentando crear. Cuentos, novelas, ensayos, poemas; da lo mismo: me llama, esperanzado por la supuesta genialidad de su obra. Me da vida, cambia mi personalidad, me ubica en un ambiente mediocre. Y me deja ahí. Solo. Aburrido.

Un detective envejecido, algo arrugado, investiga el asesinato de un marido amoroso. ¿Un policial? Trillado. Un edificio viejo, húmedo, sombrío. Me siento en una oficina atiborrada de botellas de licor y manchas en la alfombra. Nada pasa. Espero varias horas hasta que decide revivir la emocionante trama en la que me tiene atrapado: entran tacos aguja, escote pronunciado y labios carmín, se acomodan en la silla destartalada frente a mi escritorio y muestran fotos comprometedoras. Tenemos un dialogo apurado, falto de signos de puntuación. Tacos, escote y labios se esfuman en el aire. Se arrugan escritorio, manchas, edificio y botellas de licor. Alimento para el cesto.

Una mansión victoriana en las afueras de una asquerosa ciudad, hogar de algún noble corrupto y su primogénita inmaculada. Un cuarto rosa, un jardín reglamentario. Yo afuera. ¿Cantando? Que estupidez. Una joven, preferentemente rubia, se asoma en el balcón de su privilegiado hogar. Grita: ya conoces la respuesta a tus cantos. Me voy. Se rasgan jardín, cuarto y mansión en tiras uniformes. Al menos terminó rápido

Un maniático suelto, recién escapado de un instituto psiquiátrico, recorre las tranquilas calles de un suburbio inesperado. Me lo cruzo. Me mata. Fin.

Recorro templos, playas, ciudades, castillos embrujados y cientos de historias inconclusas hasta que se cansa. Tacha oraciones, rompe hojas y tira el cuaderno donde piensa no lo volverá a encontrar. Espero que algún día haga lo correcto: prestarme su pluma y dejarme ser.

 
 
Jeroglíficos cursivos

Las letras habían implotado. Literalmente. Todos los países, ciudades, pueblos, barrios, casas habían decidido aislarse del resto. Sólo así mantendrían su cultura. Su lenguaje. Por décadas, siglos, se aisló a la fuerza cada uno de los idiomas existentes. Mutaron. Dejaron de existir lenguas oficiales: cada manzana, cada ciudad, cada país formó parte de un asqueroso aglomerado de dialectos. Nadie pudo escapar. Ni entenderse. Caos.

No podían continuar así: ni siquiera vecinos compartían el mismo dialecto, el mismo tono, la misma forma de entender el idioma. Habían perdido la capacidad de comunicarse. Era horrible. Debían hacer algo. Se votaron representantes, presidentes, secretarios y funcionarios para integrar el Consejo Mundial de Boicot al Dialecto.

Después de cientos de errores de interpretación entre los representantes, finalmente se tomó una decisión. El honorable Consejo Mundial de Boicot al Dialecto resuelve, con el objeto de unificar todos los idiomas conocidos y facilitar la comunicación entre pares, lo siguiente: de manera inmediata, sin excepción, se reemplazan las letras por números. Cada unidad del lenguaje es ahora una unidad numérica, determinada al azar para evitar futuras subversiones. La resolución era infalible: los dialectos y demás horribles mutaciones del lenguaje por fin podrían unificarse bajo un mismo sistema. Se perdería belleza en la escritura, puede ser, pero pocos se darían cuenta. Enmiendas adicionales ordenaron la destrucción total de cualquier papel escrito y la utilización de números romanos para las mayúsculas. Se erradicaron las letras. A nadie le molestó.

Funcionó. Aun cuando todos mantuvieron sus formas de interpretar el idioma, la escritura numeral hizo posible la añorada comunicación. Utilizando tablas numéricas, cada implicado en el intercambio de dialectos pudo traducir cada expresión, cada palabra, en pocos segundos. En un principio fue incómodo, sobre todo cuando aún no existían publicaciones dedicadas al tema. La primera, intitulada VIISeisVeintidos, agilizó el nuevo sistema clasificando e imprimiendo cada tabla existente. Pronto todos las habían memorizado; pronto todos olvidaron las letras. Todo se volvió gris. Robótico. Mecánico. Ya nadie supo como expresarse sin atenerse a las incuestionables tablas numéricas publicadas. A nadie le molestó.

Hoy nadie recuerda como escribir letras. Me dan asco. ¿Cómo pueden haber asesinado las letras? ¿Con qué derecho? Genocidas. Suerte que encontré uno de los pocos libros que sobrevivieron. Ninguno de los clásicos, por supuesto, esos fueron los primeros en caer. Tampoco un autor conocido: solamente un libro. Con letras. Sin él no estaría aquí, rogándoles ayuda. Sin él me hubiera conformado con horribles rectas numéricas. Sin él no sabría escribir.

Me lo regaló un viejo que no me interesó conocer. Letras, dijo. Son letras. Antes, bastante antes, escribíamos así. Deberías quemarlas. No le hice caso. Hojeé mi libro todos los días, por meses, intentando adivinar, traducir en números. Tardé, pero pude. Estaba seguro de no ser el único. Convencido que tal vez, lejos, en algún lugar, existían otros como yo. Otros que encontraron libros, que se maravillaron por esos jeroglíficos cursivos. Que los hojearon, algo temerosos, sin conocer del todo su significado. Estaba seguro.

Ella lo confirmó: Tenía un libro en sus manos. Con letras. No podía creerlo. Me acerqué a ella, un poco tímido, como siempre, explicándole mi odio por los números y fascinación por los jeroglíficos cursivos. Se me quedo mirando, perpleja. Un rato. Bastante largo, o al menos eso pareció. Finalmente, dijo tres palabras: ¿Sí? Me alegro. Y se fue. No me lo esperaba. Pero, realmente, ¿Qué esperaba? ¿Qué llorara de la emoción, echándose a mis brazos por haberme encontrado? ¿Júbilo? Qué estúpido.

No me importó. Ahora sabía: existían otros como yo, interesados en esos firuletes no numéricos. Gracias a ella decidí buscarlos; gracias a ella los encontré. Fue relativamente sencillo: publiqué avisos escritos con letras en todos los diarios que tuve a mi alcance. ¿Entiende este mensaje? 4893-7622. En principio no funcionó: mi teléfono podía traducirse en expresiones algo soeces. Tuve éxito al incluir mi dirección.

Aparecieron cuatro. No eran muchos, pero bastaban. Con ellos formé el único opuesto al Consejo Mundial de Boicot al Dialecto. En principio sólo nos limitamos a escribir, intentar poemas, pequeños cuentos. Cada tanto, en alguna de esas largas noches entre papeles y cursivas, algún texto valía la pena. Pasado el fervor inicial, lo revisábamos, halagábamos y posteriormente enmarcábamos. No colgábamos cuadros muy seguido, lo admito, pero los tres que poblaron las paredes eran hermosos. Ninguno era mío. Decidimos formalizar nuestro grupo de “escritores”. Lo llamamos Consejo Mundial de Promoción del Dialecto, por supuesto. En realidad no era tan Mundial, lo sé, éramos cinco. Necesitábamos que el nombre impresionara, especialmente si ansiábamos reestablecer el orden. No sería fácil, teniendo en cuenta que los números reinaban desde hacía décadas. Que todos estaban acostumbrados. Que ya nadie sabía escribir en letras curvilíneas. No podíamos aceptar que las tablas numéricas continuaran sometiendo el alfabeto.

No lo hicimos: practicamos por años, aprendiendo a dibujar los firuletes reglamentarios y puntitos accesorios. No estábamos del todo seguros que letra correspondía a cada número, no teníamos referencias, pero decidimos ordenar el alfabeto a nuestro gusto. Estoy seguro que nos acercamos bastante. Después de algunos debates, comenzó con las más bonitas: s, u, o, e, b; y terminó con las violentas: z, x, w, y, k. ¿En el medio? El resto. Los números podían acentuarse, así que aplicamos las mismas reglas a las letras. Los signos de puntuación fueron más complicados: sabíamos que había muchos, los reconocíamos, pero no sabíamos como utilizarlos. A falta de referencias, al igual que el orden del alfabeto, decidimos reglamentar las letras a gusto. Incluso inventamos algunos, como el puntoparéntesis o la interrogación y coma, que sentimos hacían falta en el sistema. Quedamos satisfechos: habíamos recuperado las letras perdidas. No festejamos demasiado: seguimos buscando futuros integrantes del Consejo.

¡Letras!, grité, mientras todos aún se cuestionaban por qué los habíamos reunido allí. ¡Letras!, repetí. Silencio. No entendían. Procedí a explicarles: los integrantes del Consejo Mundial de Promoción del Dialecto, nosotros cinco, los llamamos aquí porque entendemos estudian Números. Según fuentes confiables, varios diarios amarillentos de otra época, su carrera era antes llamada Letras. Sí. Estudiaban estos símbolos, hoy considerados jeroglíficos cursivos. Los analizaban, construían, derrumbaban. Embellecían. Como me imagino sabrán, ya no: el hoy respetado Consejo Mundial de Boicot al Dialecto fue quien se los expropió. Se los arrancó de los ojos, manos, y no hicieron nada para evitarlo. ¡Nada! Pueden redimirse. Los invitamos, alentamos, exigimos que se nos unan, que nos ayuden a derrocar a los números. ¿Qué dicen? Nadie respondió, excepto cinco numerados. No eran muchos, pero alcanzaban. Al menos en ese momento. Luego de enseñarles el orden correcto de las letras, normas de caligrafía adecuadas y reglas generales de construcción literal, fuimos diez. El Consejo Mundial de Promoción del Dialecto seguía sin ser Mundial, ni siquiera Local, pero habíamos avanzado.

Nuestras reuniones se tornaron interesantes. Comenzamos a producir más, mejores textos. Comenzaron, en realidad, porque yo dejé de intentarlo: era obvio que no tenía talento. Al no perder tiempo en la producción de intentos, pude concentrarme en comprender un poco mejor mis amados jeroglíficos cursivos. La biblioteca del Consejo creció. Bastante. Los nuevos miembros trajeron consigo no sólo libros de la ciencia oculta de la gramática, sino también uno de los responsables de mi actual formación académica. Era amarillo, con algunas estrellas esporádicas en la tapa. Además de tonto a la vista, era útil: tenía ejercicios. Con letras. Aunque estaban resueltos con crayones morados y manchados con temperas, no me importó. Logró enseñarme todo lo que no había podido inferir de los libros que habíamos rescatado. Por fin estábamos mejorando.

El Consejo continuó creciendo. Para mal. La gran cantidad de miembros que llegó a integrarlo desvirtuó mi idea original. Poco a poco, nos fuimos convirtiendo en una humilde escuela de letras y no en un Consejo Mundial, poderoso, capaz de derrocar a los números. No tardé en tomar las decisiones correctas: para evitar desviaciones, prohibí la enseñanza de idiomas, eché a los inútiles y establecí estrictas reglas de producción literaria. La cantidad de miembros se redujo a la mitad: a la mitad que valía la pena.

El resto abandonó el Consejo Mundial de Promoción del Dialecto pocos meses después. Argumentaron prepotencia, abuso del poder de mi parte. Exageraron. Pura envidia. Después de todo, sólo reescribí sus textos en base a mis conocimientos. Deberían haberme agradecido: sin mi no hubieran podido dibujar ni una simple S. No lo hicieron. Por su obstinación nunca llegamos a nada; por sus caprichos nunca cambiamos nada. Es su culpa que los números continúen reinando.

Nada funcionó. Ni funcionará. No me importa. Lo único que necesito es mi tragedia escrita con letras en un pedazo de cartón y un vaso de plástico para sus limosnas.

 
 
NumeralAsteriscoSiete

Recién escapados de diversas instituciones psiquiátricas, varios locos no tanto decidieron fundar su pueblo soñado. Lejos. Según sus cálculos, así podrían disfrutar de una tranquilidad antes inalcanzable. Por fin los locos serían los de afuera, pensaron, mientras se sacaban las lenguas mutuamente. Así fue. Locos no tanto de incontables loqueros, hospitales, internados y demás instituciones similares poblaron y se instalaron cómodamente en el nuevo paraíso a pocos meses de su inauguración.

No tardaron en organizarse: decidieron votar un consejo anual para debatir y resolver los principales problemas del pueblo. Los resultados de las elecciones fueron obvios, teniendo en cuenta que sólo un partido se presentó a votaciones. El de los locos no tanto, por supuesto. El primer problema del Consejo de locos no tanto fue el nombre del pueblo. Los debates no fueron acalorados, sobre todo porque la mayoría de los consejeros dormían en sus bancas. Por unanimidad, se decidió que el nuevo hogar de los locos no tanto se llamara NumeralAsteriscoSiete. Pegadizo, compuesto, abreviable: era perfecto.

Motivados por su éxito, los sectores extremistas prohibieron los giros. En su momento sonó un poco extraño, casi loco, pero existieron razones. ¿Lógicas? No tanto. Imponiendo caminatas en línea recta y construcción de casas unas al lado de otras, el Consejo de locos no tanto logró que nadie volviera a extraviarse. Ni esquinas ni curvas, dijeron, intentando no pestañear. Así fue. La consecuencia inesperada fue la abolición de la policía, cuyo trabajo de localizar calles y ayudar a personas perdidas no tuvo demasiado éxito en NumeralAstericoSiete. Con los sectores conservadores reducidos a escombros, continuaron dictando leyes para lo que llamaron “el bien de todos”. De un día para otro, las únicas mascotas aceptables fueron los tucanes. Ni gatos, ni perros, ni cotorras: tucanes. No pierden pelo, no ladran y son bonitos a la vista, explicaron, dibujando dados en las paredes. Todos compraron tucanes.

El paraíso lo fue sólo por algún tiempo. Cegado de poder, el Consejo de locos no tanto continuó promulgando leyes para el bienestar general. Entre comillas. Ejemplos: abolición de escaleras, culto al tomate, prohibición de saltos. La constitución de NumeralAsteriscoSiete engordó. Mucho. Ya no entraba en los cajones. La dividieron en tomos, pero tampoco. No hubo caso. A nadie le importó.

Lo peor estaba aún por llegar. De repente, sin previo aviso, se construyeron enormes edificios a los costados del pueblo. Las inscripciones doradas de sus entradas decían exactamente lo mismo: “Institución especializada, dedicada a aislar a aquellos que se muestren en contra de las normas de convivencia”. Eran grises, tristes, con ventanas cuadradas. Nadie se preocupó. No tardaron en llenarse. Cada extraviado, cada saltimbanqui, cada propietario de perro, gato o cotorra fue privado de su libertad sin derecho a juicio. La principal y única calle de NumeralAsteriscoSiete comenzó a flaquear.

Pronto no hubo más locos no tanto en NumeralAsteriscoSiete. Todos fueron encerrados, aislados, en diferentes tipos de cuartos acolchados. Lo más afortunados tuvieron los de colores; los menos, paredes de concreto. El Consejo fue disuelto por falta de integrantes. Nuevos habitantes poblaron la única calle del pueblo, trayendo perros y curvas consigo. Todos comenzaron a saltar, construir escaleras, comer tomates y cazar tucanes sin miedo a represalias. Ya no importaba, no había peligro: los locos estaban encerrados.

Ya estamos planeando escapar.

 
 
Patología

Estoy en un lugar al que no pertenezco. Rodeado de inestables, infestado de incompletos. No merezco estar aquí. Las marcas en mi pared anuncian siete años robados. Internado.

Estoy aquí por lo que me gusta llamar exceso de creatividad. Ellos piensan diferente. Demencia, explican. Puntos de vista, argumento. Reclusión, ordenan. Los odio. Por ellos, hoy mis días se reducen a cuatro paredes acolchadas. Por una enfermedad que no existe.

No importa. Logré acostumbrarme a un sólo punto de vista: complazco a mis captores, aprovecho el exceso creativo. Escapo desde mi rincón. Adivinando letras en los barrotes de mi ventana, atrapándolas, escribiendo oraciones. Investigando colores debajo de mi puerta, mezclándolos, redecorando mis cuatro paredes. Inventando objetos en mi cuarto vacío, alimentando mi sed de sombras. En siete años, llevo cincuenta tomos abarrotados, cientos de capas de pintura y un estomago lleno de grises extravagantes. No los comparto con nadie, no entenderían. Mucho menos con ellos.

El tiempo libre me permitió descubrir que no soy el único aquí. Que estoy rodeado de locos. De verdaderos locos.

Enfrente, un cuarto acolchado sin letras, tonos ni sombras. Escritor de vocación, su problema es de los más graves: devoró tantos libros, ensayos y diccionarios que no puede interpretar otra cosa que la realidad. Conoce tantos sinónimos, antónimos, reglas y excepciones para ellas que sólo puede ver las cosas por lo que son. No por lo que siente por ellas. Lo compadezco. Literal, lo bauticé desde mi cuarto.

A la izquierda, un cuarto compartido. Hermanos, puedo adivinar desde mis barrotes. Problemas opuestos, complementarios. El mayor, esponja: absorbe, asimila discursos sin discriminar. No tiene opinión propia. Vacío, balbucea. El menor, pared: no admite opiniones ajenas. Evita los fallidos pasos de su hermano, no quiere caer al vacío. Pero no puede caer, ya está dentro. Ambos permanecen inmóviles, cada uno en su rincón. Es lógico: corren riesgo de contagio.

¿A la derecha? Un pasillo.

Hoy no importan. Hoy escapo de todos. De ellos. Hoy, después de siete años. Hoy es el día. Están complacidos con mi progreso: no más demencia, no más puntos de vista. Ilusos. Si sólo vieran los colores en mi pared, los libros que llevo escritos, las sombras que esperan ser devoradas. Me encerrarían de por vida. Suerte que no las comparto.

Pero aún no puedo irme. Antes, debo redecorar por última vez mis seis paredes (en ocasiones especiales como ésta, el techo y el piso cuentan) y vomitar algunas sombras. Más importante: ordenar mis notas atiborradas. No vaya a ser que el próximo inquilino sepa leer barrotes y vea este desastre. O peor: que no encuentre un mensaje de bienvenida. Un simple “Suerte”. Ojala encuentre sus propias formas de entretenimiento en los años robados.

Listo mi equipaje, mi puerta habla después de años de silencio. Hermoso tono de voz. Me levanto, aún encandilado por la explosión de colores en mi habitación. Ya no hay tiempo para redecorar. Salgo apurado, temiendo quedar cautivo otra vez. Desinteresados, mis captores me felicitan, recomiendan y hasta prescriben. No importan, ya quedaron atrás. Salgo por la puerta principal y quedo paralizado. Tantas son las letras, tantas las sombras. Millones de colores me golpean en simultáneo, devolviéndome la realidad que siete años me negaron. Cierro los ojos. Respiro. Me recupero de la paliza. Persigo el único colectivo que conoce el camino hacia mi hogar. Agitado, lo alcanzo y descanso mis ojos en el asiento. Por primera vez en años, me siento vivo. Estoy vivo. Sonrío.

Abro la puerta de mi casa, me cuesta creerlo. Acostumbrado a vivir entre diarias gamas de colores, mi hogar me resulta sombrío, muerto. Asqueroso, grisáceo. ¿Qué importa? Quito las cortinas, subo las persianas, abro las ventanas. Redecoro. Llego por fin a casa.

Paso mis días en el cuarto más cómodo. En el más colorido. Las rejas de mi ventana, alfabeto para mis lienzos. Para mis paredes. Ya nadie me dice que hacer. No tengo captores. No convivo con una enfermedad que no existe. Sólo con mis compañeros de piso.

Enfrente, el más amplio. Bibliotecario, necesita todo el lugar disponible para sus libros. Para sus interminables tomos de tapa dura. Pasa sus tardes sentado en el mismo sillón, cigarro en mano, releyendo una y otra vez los mismos textos. Desde hace veinte años. Buscando las mismas palabras en sus incansables diccionarios. En sus enciclopedias. Necesita saber. Creerse mejor. Nunca sale, no puede abandonar su misión: explicar lo que lo rodea. Hasta si mismo. Textual, lo bauticé desde mi cuarto.

A la izquierda, hogar compartido. Una mirada penetrante, decidida. Sabia. Afectada por la erosión de los años, no admite imágenes brillantes. Sólo las acostumbradas a sus viejos anteojos. Otra mirada, dulce, inocente. Inteligente. Propensa a observar más de lo que puede comprender. A aceptar todas las imágenes impresas. Cada una en un extremo de la mesa, pelean constantemente. Nunca un guiño.

¿A la derecha? Un ascensor.

Hay algo que no concuerda. ¿Otra vez rodeado de inestables? De pronto me doy cuenta: no me dieron el alta, me trasladaron a un internado más grande. A uno peor. Aquí hay paredes de concreto.

 
 
Mortal antes de vivo

Lo escribí casi sin darme cuenta, en clases de matemáticas. Entre dos tediosas horas de axiomas, teoremas y vaya uno a saber qué cosa, cuajé el aburrimiento con unas pocas líneas narrativas. Para mi sorpresa, tomó la forma de cuento, se dejó ser y quedó atrapado en una de mis hojas cuadriculadas. Estaba maravillado. Nunca había hecho nada similar, ni siquiera podía comprender los temas de la materia siguiente: lengua, y a veces literatura. Pero allí estaba. Plasmado, creo que se dice. Y ahí quedó.

Mortal antes de vivo, mi creación, quedó encerrada entre tapas duras y cuadraditos color mate por dos años. Nos reencontramos cuando por fin terminé el colegio, mientras seleccionaba no muy cuidadosamente cuadernos para incinerar. Por alguna razón, tal vez intuición, tal vez suerte, resucité aquel engendro. Estaba igual que la última vez, escrito con letras tumbadas, apretadas, apuradas, cuidadosas de no ser descubiertas por la diabólica profesora de matemáticas. Y me miraba fijo. Lo tuve en mis manos un buen rato, feliz de haber salvado el único cuento que recordaba escribir. La principal evidencia que me permitía creer que tal vez, bien en el fondo, podía ser algo más. Trascender, creo que se dice. Y lo dejé en mi escritorio.

Toparme con el anuncio fue pura casualidad. Primer Concurso de Escritura Creativa, decía. Irónico que premien la creatividad con un llamado así de insulso, pensé, mientras decidía enviar la única carta que nunca debería haber escrito. No perdí tiempo: en menos de diez minutos, ajusté mi creación a las ridículas y casi irreverentes bases del concurso. Podrá participar cualquier persona entre dieciséis y veintisiete años, exceptuando aquellos nacidos en los meses de octubre, noviembre, julio, enero y años bisiestos. No se aceptarán obras de autores cuyos nombres comiencen con A, D o W. Los trabajos deberán ser originales, inéditos, individuales, únicos, no premiados, escritos en castellano y/o español moderno. Se entregarán por decuplicado (original y nueve copias) y serán enviados por correo certificado. La extensión no será inferior a tres folios tamaño A7 con interlineado uno punto uno y fuente Estrangelo Edessa cuerpo diecisiete. Premio no hay. Después de pegar y recortar algunas hojas, imprimí, encarpeté, plastifiqué y posteriormente envié Mortal antes de vivo a la dirección indicada. Y me olvidé al día siguiente.

Pasaron algunos meses, de ésos entre otoño e invierno. Bastante húmedos, genocidas de hojas. Y llegó una carta blanca, de sobre pequeño, sin rasgos destacables. La abrí sin cuidado de un costado, un poco desganado por el viento gris que entró junto a la puerta. Casi desfallezco. Decía así: Por la presente e insulsa carta, felicitamoslo por ser el único e irrepetible ganador del Primer Concurso de Escritura Creativa. Le devolvemos su cuento. Premio no hay. En algunas de las diez copias hay manchas de café, salsa, mermelada y comida china. Límpielas. No podía creerlo. Después de limpiar las copias, llamé a todos mis conocidos, grité a los no tanto, me encargué personalmente de ser la envidia de todos. Empezaron a calificarme de varias maneras, pero tres oraciones las resumían de forma impecable: él, poseedor de tanto talento; él, especial, inalcanzable; él, escritor. Yo.

Así fue como decidí dejar mi emocionante carrera de contador y mis estudios en matemáticas avanzadas para lanzarme como escritor profesional. No uno cualquiera, de los que ganan millones con unos pocos libros. Con mi talento sería sencillo. Siguiendo algunas instrucciones universales podría escribir uno de esos libros que venden. Los pasos a seguir los había conseguido semanas atrás en una revista de consultorio, no me quedó otro remedio que memorizarlas. Número uno, no se esfuerce. No utilice oraciones en voz pasiva, complicadas o extensas, confunden al lector adinerado. El título debe ser largo y fácil de recordar (Ejemplo: “El misterio del código asesino”). Número dos, plantee una historia amplia y llevadera. Amplia para que el lector adinerado sienta que está leyendo literatura; llevadera para que no abandone su obra en el baño a mitad del prólogo. Número tres, sea polémico. Si no tiene fundamentos, mejor: no hace falta que el lector adinerado entienda, sólo que mantenga el sentimiento de la segunda regla. Llegaban hasta ahí, si mal no recuerdo.

Acompañado por mi inconmensurable talento y las infalibles reglas mencionadas, comencé mi segundo cuento. En una hoja cuadriculada, por supuesto. Los polígonos dibujados se llenaron rápido de curvas, puntos y algunas rayas horizontales. Escribía cada letra como si fuera la ultima, garabateando los firuletes reglamentarios y adornando acentos necesarios. Las palabras fluyeron sin parar por unas horas, hasta que sucedió: no supe como continuar, como retomar mi cuento después de terminar la introducción. De repente, punto final. Frustrado, abandoné por un tiempo mi segunda creación. Y empecé la tercera. Y la cuarta. Quinta, octava. No hubo caso: no pude escribir más allá de una introducción impecable. No podía creerlo.

Convencido de mi habilidad narrativa, decidí dejar de lado la frustración introductoria escribiendo los finales de mis siete cuentos. Y lo hice. Al igual que las primeras letras, las últimas fluyeron sin problema alguno. Los terminé a pocas horas de comenzar. Extasiado por mi éxito, tiré las hojas que no reflejaban mi maestría en escritura: decidí centrarme en el séptimo, que tenía una introducción atrapante y un final inesperado. Era más o menos así: Otra vez espero que me saquen de este lugar. Todas las semanas lo mismo: cumplo mi objetivo, limpio la escena y espero que llegue el auto indicado. Pero esta vez es diferente. Llevo dos horas esperando. Extraño, nunca se retrasa tanto. (…) El juicio duró poco. Por suerte el mayordomo es siempre el primer sospechoso. Espero que la silla eléctrica no le sea muy incómoda. Introducción, desenlace, sólo faltaba el nudo.

Desde el viernes intento anudar mi séptimo cuento. Ya es domingo, y todavía no pasó nada. Ni una oración, ni una letra, ni un polígono color mate garabateado. No hay caso. Tengo todas las herramientas: cientos de hojas cuadriculadas, biromes de repuesto, reglas infalibles y un talento inconmensurable. No debería estar sucediendo, tendría que poder unir sin problemas el atrapante comienzo con el inesperado cierre. No importa, confío en mi talento. Ya verán, la inspiración me golpeará en la cara antes que el reloj marque las siete. Ya verán.

Esperé otros dos días. Nada. Los cientos de cuadraditos, las biromes, las reglas y mi talento quedaron abandonados en mi escritorio, esperando. Yo me cansé: volví a mis estudios, regresé al trabajo de contador. Otra vez de traje y corbata, empiezo a creer que fui elegido único e irrepetible ganador del Primer Concurso de Escritura Creativa por falta de participantes.

 
 
Foto velada

Tranquilo, pequeño, como era, solía observar los objetos desde un ángulo diferente al de mis conocidos. Ni noventa ni ciento ochenta, treinta y siete. ¿Por qué un ángulo agudo e insignificante? Como voy a saberlo, era sólo un niño. Desde allí, un árbol no era un árbol. Al observarlo desde mi ángulo privado, tronco, hojas y raíces sucumbían ante la metamorfosis que mis ojos les obligaban a realizar. Nada demasiado drástico. De tronco trozos, de ramas ranas, de raíces risas. ¿Hojas? Ya eran hojas. Con el tiempo me di cuenta que no todos observaban treinta y siete. Me sentí especial, único. Me encantó. Aún hoy me reconforta saber que no soy parte de los demás. Horrible termino, demás. De más. No gracias.

Me encanta la fotografía, no las fotos. Suena extraño, lo sé, lo reconozco. No es mi culpa: ninguna cámara fotográfica soporta mi ángulo privado. Fallan, no capturan el momento en que los objetos dejan de ser. Son inútiles. Y caras, por lo visto. ¿La solución? extremadamente cómoda y fácil de descubrir. Sucedió así: un día, observando trozos, giré la vista. Cerca, en el banco mejor ubicado, una pareja gritaba palabras. De esas que no pueden retractarse. Decidí intentarlo, ¿Por qué no? Acomodé mi lente, ajusté el ángulo y click, pestañeé. Fue increíble. No esperaba semejante cambio: ella lloraba, desconsolada, intentando recuperar al que ahora reía despreocupado. Me cercioré con otra pareja. Reían, besaban, amaban. En apariencia. Repetí el proceso: acomodé, ajusté, click, pestañeé. Me costó creerlo: insultaban, golpeaban, odiaban. En realidad. Al sentarme, abrumado, agitado, me di cuenta: desde el ángulo adecuado, con el lente correcto, las personas se dejan ver desnudas, reales. Desde ese día en adelante, supe que no necesito cámaras. Basta con mirar el objeto deseado desde el ángulo indicado, pestañear, y listo. La verdadera imagen no escapa a mi lente. Click.

Rollo tras rollo, capturo todo lo que mi teleobjetivo privado me permite. Paso semanas en el mismo lugar, investigando reacciones, desenmascarando personas. Sonrisas que no son, amores que tampoco. Arrogancias abundantes, autoestimas inexistentes. Cuanto esconden los demás, pienso. Día tras día, de tres a siete, descubro tanto sobre tantos.

El reloj aproxima la hora de salida. Guardo mi equipo, satisfecho: fue un día productivo. Mentiras, falacias, engaños. Lo de siempre. Me levanto, camino, tomo el colectivo y me siento. Llego a casa, duermo unas horas. Despierto, me baño y sucede. Me encuentro paralizado frente al espejo, solo, en el cuarto más húmedo de la casa. No puedo resistirme. Desempaco. Acomodo mi lente, ajusto en treinta y siete. Sin flash, no hace falta. Click. Foto velada. Pruebo otra vez. Click. Sobreexpuesta.

 
 
Inmortal después de muerto